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El pequeño juez y la gran empresa


Se llama Thomas Penfield Jackson. No es tan famoso como Bill Gates, pero su nombre no será olvidado. Al poner el punto final, el viernes 5 de noviembre de 1999, a sus conclusiones de 207 páginas, redactadas, sin duda, utilizando el sistema Windows, el juez Jackson entró en la historia. Ha declarado culpable a Microsoft, la firma emblemática de los años 90, la empresa símbolo del éxito de la economía norteamericana, la firma que encarna la inmensa creatividad y dominación de EEUU en el ámbito de la alta tecnología.
La filosofía de las conclusiones del juez Jackson es un recuerdo de las reglas fundamentales del sistema, que valen tanto en el dominio de la alta tecnología como en el de la aeronáutica, el material de oficina o cualquier otro: el Estado es el garante de la competencia, al mismo tiempo que garantiza la innovación. De esa forma, este precedente no sólo debe favorecer a la economía norteamericana sino también a millones de consumidores.
Justificada la satisfacción de la Procuradora de Justicia, Janet Reno: "Hoy es un gran día para América, porque reafirma el derecho de los consumidores a elegir". No es triunfalismo, sino la reafirmación del principio que está en la base del sistema económico norteamericano: las empresas son libres de proponerse las máximas ganancias para los accionistas, sin obligaciones sociales, pero ninguna debe violar las reglas de la competencia. El libre mercado es un valor absoluto, y en cuanto tal ha de situarse antes de cualquier interés. Por eso ha de ser defendido, incluso, contra el derecho de propiedad del hombre más rico del mundo, Bill Gates; contra los intereses de la bolsa y de millones de inversores; y contra un éxito empresarial símbolo de la eficiencia tecnológica. Esta es la lección que el Gobierno de EEUU ha dado y la que todos debemos aprender.
Hay que decir que el dictamen del juez Jackson no es todavía un fallo judicial contra el que se pueda recurrir, sino que se limita a constatar una "Declaración de hechos" acerca de la posición de Microsoft en el mercado de los navegadores informáticos para entrar en Internet. Lo que es indudable es que, al dar la razón el juez al Gobierno norteamericano, y al tratarse sólo de una "sentencia preliminar", lo que se está haciendo es invitar a Gates a negociar con el Departamento de Justicia para llegar a un acuerdo, so pena de arriesgarse a una sentencia dentro de dos años que pueda ser mucho peor que el peor acuerdo.
¿Por qué un acuerdo? Si asumimos que este juicio ya está costando al contribuyente norteamericano una fortuna, y que la "sentencia preliminar" concluye que Microsoft con su "Explorer" está en una posición monopolística frente a sus competidores, principalmente hacia "Navigator" de Netscape, y que eso va en contra de la libre competencia y los intereses de los consumidores, entonces Microsoft debe reconocer la avasalladora victoria del Gobierno. En otras palabras, en el interés común de ambas partes, es mejor alcanzar una solución. Pero, ¿se rendirá Gates? Si perdiera, la broma podría costarle desde una fragmentación forzosa del gigante Microsoft en varias pequeñas empresas hasta multas cuantiosas y otras medidas antimonopolio. Asunto enormemente complejo, pero no es el primero. IBM vivió una década a la sombra de los tribunales hasta que en 1982 se cerró a su favor un caso pionero en el análisis de las prácticas monopolísticas dentro del sector emergente de las nuevas tecnologías.
La persecución de las prácticas monopolísticas ha tenido vaivenes en EEUU. Dos casos famosos son la disgregación de la Standard Oil, en 1911, en 33 compañías; y el nacimiento de las siete "Baby Bells", en 1983, como consecuencia de la separación forzosa de AT&T. Pero, recientemente, las agencias de competencia (Comisión Federal de Comercio y Departamento de Justicia) se han mostrado mucho más activas en la persecución de estas conductas, principalmente en las industrias de alta tecnología, donde su peso específico en el desarrollo de la actividad economía es muy significativo.
De cualquier forma, los análisis de la "Declaración de hechos" coinciden en que Microsoft tiene todas las papeletas para ser condenada por violar la legislación antitrust de los EEUU. A partir de ahora, el calendario de este complejo e histórico caso incluye un período de alegaciones de las partes entre el 6 de diciembre y el 31 de enero. Después el juez tendrá que decidir la culpabilidad del imperio informático acumulado por Gates desde 1975.
Con el pequeño juez Jackson respaldando casi todas las posiciones del Departamento de Justicia, es de esperar que a partir de ese momento el Gobierno sea mucho más agresivo en no aceptar pretensiones propuestas por Microsoft. Antes de esta presión añadida, la empresa podría haber salido mejor parada en los términos de un acuerdo extrajudicial.
Complicando más las cosas, una vez el juez Jackson termine de condenar a Microsoft, otras empresas del sector podrán demandar mucho más fácilmente a Bill Gates sin tener que demostrar su poder de monopolio. Los rivales se limitarán a citar esta primera y decisiva sentencia. En consecuencia, por los vientos que soplan, nuestra opinión es que Microsoft no se tiene que concentrar más en demostrar su inocencia sino en limitar el previsible castigo que se le viene encima, y no faltarán quienes al darle en los talones a este monstruo empresarial les produzca una enorme satisfacción.

101 años de Panamá América

 
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