default

¿El periodista nace o se hace?


¿El periodista nace o se hace? ¿Existe la libertad de prensa y de expresión? ¿Se respetan integralmente los derechos del Hombre? ¿Un periodista debe comprometerse con la sociedad? ¿Qué es la Etica? ¿Cuál es el papel del periodista en la sociedad? ¿Periodismo o relaciones públicas? ¿El periodismo es una profesión como cualquier otra? ¿El periodismo es una técnica? ¿Libertad de empresa o de prensa? ¿A quién se debe el periodista en primera y última instancia? ¿El editor, director o el dueño tienen la última palabra para publicar? ¿Qué es el amarillismo? ¿La libertad de expresión es absoluta? ¿Libertad, libertinaje, responsabilidad, coraje, justicia, impunidad del silencio? ¿Es posible el chantaje en una profesión de tanta responsabilidad e impacto social? Las interrogantes como moscardón zumbando en las horas cruciales del amanecer de los pichones de futuros periodistas y no hay puntos cardinales para quien ingresa con vocación a este oficio que es técnica, perfección y entrega continua. Estas fueron algunas de las preguntas que se hizo mi generación en las aulas universitarias, donde se cuestionaba la palabra cuestión. Eramos invencibles, dispuestos como los mosqueteros y el Quijote a deshacer entuertos. Los molinos de vientos eran meros trucos publicitarios del Manco de Lepanto, un tal Miguel de Cervantes y Saavedra, ante nuestros ímpetus de caballeros indomables, lanza en ristre y en el anca de la palabra, nuestra Dulcinea del Toboso. Recién comenzaba la televisión y éramos un poco menos pervertidos, más lectores que televidentes, más imaginación que polución pornográfica, contaminante, mucho más atención a la profundidad que a la superficie.
El periodismo nacía del corazón y brotaba por los poros. Piel y sentimientos, y las lecturas sartreamas, por citar a unos de los gurús que nos puso turnios los ojos de la imaginación y de la reflexión en nuestra juventud, y desde luego, toda la poesía en prosa y en poesía. El tábano socrático estaba en las mil y una lecturas, la observación y análisis de la cotidianidad de la vida y los hechos, en el pulso de la sociedad, en el buen olfato, oído y vista, como atención permanente al río de Heráclito, y a todos los vicios de un aprendizaje constante. Con estos cimientos construimos en alguna medida las perspectivas de una profesión estigmatizada por el romanticismo, la pobreza y un éxito circunstancial, y casi siempre cuestionado.
Se asomaba en ese entonces, el esnobismo parecido al protagonismo que es exhibicionismo y que deriva en el angosto camino de la superficialidad, ruta inevitable hacia lo pueril, chabacano y a la perversa página amarilla. Es una parte de la Caja de Pandora del periodismo que viviríamos. La otra escena, se encargaría el destino, los hechos, las circunstancias y la endemoniada evolución de la profesión, que no cesa de alimentarse con la última tecnología y pareciera insaciable de esos conocimientos técnicos. Antropófoga de su rico pasado, como pocas, la técnica periodística no podrá soslayar el camino de la ética, del certero arpón de la palabra, de la investigación acuciosa de los antecedentes, hechos y menos, evitar la formación integral, humanista, científica, del periodista.
Décadas después, el insomnio informativo, verdadero desvelo por la verdad y las libertades, públicas y privadas, tiempo de teletipos y de imprentas, de buceo por las bibliotecas de Gutemberg y de la vida, y siempre la palabra impresa medida con la vara de los hechos, ese intangible permanente del periodismo de todos los tiempos, más allá de toda tecnología deslumbrante.
La Aldea Global de Mc Luhan comenzaba a ser una pesadilla, el espectacular universo de una nueva dinámica, pero poco o nada creíamos de estas profecías, hoy pálidas realidades venidas a menos por una insaciable tecnología y digitalización del mundo que nos rodea. Fantástico nos dirían los viejos soñadores, los que nos llevaron a un nuevo puerto, quienes nos inventaron y recrearon el mundo con la palabra y la imaginación. Viejos profetas del pasado en este futuro que no cesa y se hace pedazos a cada instante en una nave lanzada al infinito. Un poco más allá nos dice cada nueva esquina, como si agonizara el presente junto a la fugaz estrella, o en la tibia mano de un niño que la empaña como una piedra o la abre como una rosa.
La palabra es una hoja en un papel de diario que se la lleva el viento: Pobre Guttemberg. Aguanta casi todo con una tinta que aún nos mancha las manos. Su letra, a veces muerta, debiera expandirse como el olor de la primavera en el espíritu del lector.
Pero debemos partir de la base, reconocer siempre, los del oficio, que los hechos son porfiados, y debemos de analizarlos, estudiarlos, medirnos en su justa dimensión; ni más ni menos. El periodista se hace pulgada a pulgada, sin ninguna duda. Nace igualmente con la vocación de quien no puede vivir sin oxígeno. La palabra lo convoca como el tañido a la campana.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América