El PNUD y la democracia latinoamericana
Al final de la década de los 70 se inicia en América Latina lo que se ha dado en llamar una ola democrática que fue transformando gobiernos autoritarios en democracias. En 1977, los líderes militares en Ecuador anunciaron su deseo de retirarse de la política y dos años más tarde se celebraron elecciones para nombrar a un civil al frente del gobierno. Alrededor de la misma fecha, Perú dio pasos similares, Bolivia y Honduras lo hicieron en 1982, Argentina en 1983, Uruguay, El Salvador y Brasil un año más tarde y Guatemala en 1985. Siguieron Chile, Panamá, Nicaragua y Haití.
Este movimiento contagioso provocó que, mientras en 1974 ocho de cada diez países suramericanos tenían gobiernos dictatoriales, en 1990, nueve de cada diez habían adoptado la democracia. El régimen político de las libertades y los derechos fue creando poco a poco un ambiente de paz y optimismo en la región a medida que las elecciones honestas y periódicas para escoger gobernantes pasaban a jugar un importante papel dentro de la vida de estas naciones.
Desde entonces son pocos los países que han retrocedido en este camino, pero el peligro siempre se mantiene latente. A través de la historia de la humanidad han sido muchos los casos de naciones que regresan a formas de gobierno brutales y totalitarias. Mussolini cambió la frágil y corrupta democracia italiana por un gobierno dictatorial y Hitler se encargó de hacer lo mismo en Alemania.
En Latinoamérica no estamos exentos de este riesgo. Con nuestras democracias convive un pesimismo incubado en la inconformidad por la pobreza y el desempleo en grandes grupos de la población que no encuentran respuestas a sus necesidades, a pesar de haber escogido la forma de gobierno que debe dar el poder al pueblo y para el pueblo.
Por esto se hace indispensable mejorar los canales de participación ciudadana más allá de la simple emisión del voto, lo que significa que exista igualdad de oportunidades para todos y que los gobiernos no respondan a los intereses mezquinos de grupos de presión sino a la búsqueda del bien común.
Con este objetivo, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, acaba de presentar a la opinión pública un Informe sobre la Democracia en América Latina donde ofrece dos instrumentos de medida que permiten evaluar el avance hacia formas más perfectas de democracia. Uno de ellos tiene que ver con la garantía de procesos electorales más libres y el otro con formas de participación ciudadana más equitativas. Gracias al PNUD, de ahora en adelante cuando nos referimos a los avances democráticos no solamente tendremos que referirnos a simples mejoras en el proceso electoral donde se refleje el poder del pueblo, sino también a mejores mecanismos de participación ciudadana para que de manera eficaz y equitativa se ejerza ese poder.
Este movimiento contagioso provocó que, mientras en 1974 ocho de cada diez países suramericanos tenían gobiernos dictatoriales, en 1990, nueve de cada diez habían adoptado la democracia. El régimen político de las libertades y los derechos fue creando poco a poco un ambiente de paz y optimismo en la región a medida que las elecciones honestas y periódicas para escoger gobernantes pasaban a jugar un importante papel dentro de la vida de estas naciones.
Desde entonces son pocos los países que han retrocedido en este camino, pero el peligro siempre se mantiene latente. A través de la historia de la humanidad han sido muchos los casos de naciones que regresan a formas de gobierno brutales y totalitarias. Mussolini cambió la frágil y corrupta democracia italiana por un gobierno dictatorial y Hitler se encargó de hacer lo mismo en Alemania.
En Latinoamérica no estamos exentos de este riesgo. Con nuestras democracias convive un pesimismo incubado en la inconformidad por la pobreza y el desempleo en grandes grupos de la población que no encuentran respuestas a sus necesidades, a pesar de haber escogido la forma de gobierno que debe dar el poder al pueblo y para el pueblo.
Por esto se hace indispensable mejorar los canales de participación ciudadana más allá de la simple emisión del voto, lo que significa que exista igualdad de oportunidades para todos y que los gobiernos no respondan a los intereses mezquinos de grupos de presión sino a la búsqueda del bien común.
Con este objetivo, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, acaba de presentar a la opinión pública un Informe sobre la Democracia en América Latina donde ofrece dos instrumentos de medida que permiten evaluar el avance hacia formas más perfectas de democracia. Uno de ellos tiene que ver con la garantía de procesos electorales más libres y el otro con formas de participación ciudadana más equitativas. Gracias al PNUD, de ahora en adelante cuando nos referimos a los avances democráticos no solamente tendremos que referirnos a simples mejoras en el proceso electoral donde se refleje el poder del pueblo, sino también a mejores mecanismos de participación ciudadana para que de manera eficaz y equitativa se ejerza ese poder.