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El poder de la palabra "Rayo"


Desde hace más de cien años, debió quedar claro que palabra y cosa no es lo mismo. En el mundo real, la palabra silla no tiene nada que ver con el objeto de cuatro patas que se usa para sentarse. Es apenas un signo que nos provoca una imagen mental.
Los salvajes no sabían esto hace miles de años, y por eso unían el nombre a la cosa. Para ellos poder nombrar un objeto era tanto como poseerlo, era tomar control sobre él y su "magia". También le huían a palabras terribles, innombrables.
Algo de esa concepción primitiva nos llegó por herencia al siglo XXI, y de ahí que hoy le temamos a ciertas palabras, porque su sola mención provoca efectos que nos asustan.
Todavía mucha gente cree que hay expresiones lingüísticas que abarcan y transforman la realidad. Un exorcismo no es más que la recitación de ciertas palabras "poderosas" en contra de un demonio. La palabra "abracadabra" genera una fabulosa fascinación difícil de negar. Hay vocablos o frases que tienen tal poder en la vida real, es decir, más allá de su existencia como un simple signo, que se convierten en verdaderos misiles. Por eso las maldiciones no se dicen, se "lanzan".
En Panamá, una palabra con esa fuerza de misil es la palabra "Rayo".
Muchos empresarios, banqueros, políticos y otra gente con influencias le temen. No quieren que se pronuncie. Mucho menos que en los periódicos aparezca junto a su apellido o su empresa. Rayo, el innombrable. Ahora nadie sabe quién era. Nunca lo conocieron. Ni a él ni a ninguno de sus testaferros (esta es otra palabra terrible). Todos reniegan, y lanzan maldiciones contra los periodistas que publicamos notas sobre las relaciones que el narco debió hacer aquí para consolidar su imperio mafioso.
Rayo, palabra mágica, que provoca náuseas y reacciones gatopardistas en la gente. Gente que ahora sufre de una amnesia táctica y quiere convencer al país de que Pablo Joaquín Rayo Montaño jugó con cartas que nadie le ayudó a marcar.

101 años de Panamá América

 
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