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El poder sobre la justicia


Hace tres años, o sea en marzo de 1997, me correspondió experimentar el inicio de todo un proceso penal en mi contra y por las connotaciones tan particulares que adornaron este caso, he estimado saludable compartir estas experiencias con quienes aprecian la relación entre el poder político y la injusticia. Frente a esta evaluación, debo en primera instancia, declarar de la manera más clara, enfática e inequívoca, que en todo momento se le dio un manejo responsable, serio y formal a los fondos operativos de la Embajada de Panamá en Tokio, Japón, durante el desempeño de mi gestión al frente de esa misión diplomática.
Los cargos que se me imputaron, con gran saña y de mala fe, como producto de investigaciones parciales y apresuradas, pudieron ser atendidas con una participación directa y activa de todas las partes, sin la necesidad inmediata de acciones extremas como lo fue la detención preventiva y las medidas cautelares decretadas contra mi persona. Ese debió ser el propósito de la Contraloría General de la República, cuando por medio de una nota formal, me solicitaron ciertas informaciones sobre el caso, indicando que contaba con quince días plazo para dar respuestas, no obstante, fui detenido una semana antes de cumplirse dicho término.
Señalo que las investigaciones fueron parciales y apresuradas, porque siendo funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, la Cancillería no fue consultada, ni se le solicitó información alguna sobre el tema, previa mi detención. La velocidad que se le inyectó a las acciones legales para lograr el objetivo de crear un expediente y formularme los cargos ya conocidos, difícilmente encuentra caso similar en los antecedentes jurídicos y penales de nuestro país. A todo esto, dejo constancia de que brindé mi total colaboración a las autoridades competentes, a fin de que se aclarase esta injusta situación, sin interponer ninguno de los recursos legales que la ley permite, plenamente convencido de que la verdad me acompañaba y de que no había cometido delito alguno.
La apresurada, intensa y morbosa publicidad que se le dio a este caso, sobrepasó los limites informativos del diario que hacer nacional, llegando a constituirse en noticia internacional. A más de querer dañar mi imagen, esto lastimó a Panamá, porque ha dejado el sabor desagradable de una ofensa injustificada en contra de un ciudadano que colaboró por dejar el nombre de esta patria en la historia política del hemisferio como creador del Grupo de Contadora, hoy Grupo de Río y honrado con las más altas condecoraciones de los gobiernos de España, Argentina, Venezuela y Japón.
Las experiencias acumuladas durante mi vida profesional, sumadas a las honrosas distinciones de las cuales he sido objeto en las actividades empresariales y políticas, entre las cuales me permito destacar la presidencia del Sindicato de Industriales y del Consejo Nacional de la Empresa Privada, el haber ocupado posiciones de jerarquía en el Consejo Municipal del Distrito Capital, mi designación como Ministro de Estado en dos ocasiones y Embajador ante los gobiernos de los Estados Unidos de América y del Japón, son de por sí solas, las credenciales claras y fehacientes, de un ciudadano de respeto y de comprobada honestidad.
Consciente que lo actuado por parte de las autoridades no era necesario, no era justo y no es el trato que merecen los panameños, me queda la preocupación y la responsabilidad ciudadana de trabajar arduamente para que este régimen de persecución no lo sufran otros compatriotas. Consideré, seriamente, el interponer las acciones judiciales contra el Estado Panameño por los daños y por los perjuicios morales y económico que me han causado. Sin embargo, aprecio que el éxito de esta demanda solamente castigará los recursos económicos de nuestra nación, en detrimento de una sociedad muy necesitada. No puedo actuar en contra de los fondos del Estado cuando los mismos deben de ser destinados para erradicar el hambre, la miseria y la ignorancia de nuestra población.
Aun cuando las acciones en mi contra no pueden ser calificadas como nada menos que una infamia, esta vivencia del pasado ha solidificado mi moral y ha enriquecido mi carácter, sintiéndome hoy más humano y más fuerte que nunca. Mucho conciudadanos, mis amigos y mis familiares, me dieron el respaldo y al apoyo que jamás hubiese imaginado recibir, ni en los momentos más exitosos de mi vida pública, empresarial o privada. Por otro lado, también sé y puede apreciar que otros se festinaron con el mal ajeno. En apego a los principios de mis creencias religiosas trataré de eliminar el resentimiento de mis vocablos y concentraré todo mi esfuerzo, dedicación y responsabilidad en atender el presente para mejorar mi futuro y el de mi querida patria.

101 años de Panamá América

 
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