El problema de la basura
En los primeros años de la República, eran los norteamericanos quienes recogían la basura en las ciudades terminales de Panamá y Colón. Dicen las crónicas y cuentan nuestros abuelos que la capital nunca lució tan limpia.
Años más tarde, quizás como resultado de algún convenio canalero que, reiteraba nuestra condición soberana, Panamá asumió la responsabilidad de recoger su basura. Allí mismo empezó el desastre.
Durante décadas, las deficiencias del servicio, en contraste con el que prestaban los norteamericanos, fue ejemplo, favorito de quienes gustaban de contratar las cualidades de uno y otro. Y no eran pocos que hicieran efectiva nuestra incapacidad para atender el problema de la basura a la posibilidad de manejar bien el Canal.
No fue por falta de empeño, porque lo intentamos todo, desde patronatos privados, hasta la prestación del servicio por el IDAAN; desde la municipalización hasta la creación de una dirección autónoma. Todo fue inútil, la ciudad continuaba siendo un asco perenne.
Por los años sesenta vino una empresa japonesa que ofreció encargarse gratuitamente del servicio, a cambio de los derechos de propiedad y explotación de la basura. Alguien visualizó entonces algún negocio en ello y empezó a exigir pagos y contraprestaciones que terminaron espantando a los orientales. A partir de entonces los problemas siguieron y se adjudicaron a medida que crecía la urbe, haciéndose más extensa.
Nilson Espino, lo hizo bien en su momento. Combinaba una especie de mística de trabajo con disciplina militar. Los carros recolectores y sus operarios recorrían las calles de la ciudad al ritmo de cantos de un pelotón en pleno entrenamiento.
A Espino lo enviaron al Ente Regulador y desde entonces pasó a mejores y la basura a peores.
Cuando se trasladó el vertedero desde Panamá Viejo a Patacón, se pensó en sacar de una ciudad en expansión, a un centro contaminante.
Pero no se pensó que la metrópoli presionaría también hacia el norte, con el reciente Corredor, volviendo al punto de partida.
El reciente incendio de los desechos en Patacón, que inundó de humo nauseabundo la capital, nos hizo recordar que persiste el mismo problema de inicios de la República.
La tecnología existe. Sólo en cuestión de meter recursos al problema. Hay que volver a la fórmula japonesa de los años 60. Una empresa privada debe encargarse de prestar el servicio y cobrarse en parte con los mismos desechos reciclándolos, produciendo energía y dándoles un tratamiento moderno.
Años más tarde, quizás como resultado de algún convenio canalero que, reiteraba nuestra condición soberana, Panamá asumió la responsabilidad de recoger su basura. Allí mismo empezó el desastre.
Durante décadas, las deficiencias del servicio, en contraste con el que prestaban los norteamericanos, fue ejemplo, favorito de quienes gustaban de contratar las cualidades de uno y otro. Y no eran pocos que hicieran efectiva nuestra incapacidad para atender el problema de la basura a la posibilidad de manejar bien el Canal.
No fue por falta de empeño, porque lo intentamos todo, desde patronatos privados, hasta la prestación del servicio por el IDAAN; desde la municipalización hasta la creación de una dirección autónoma. Todo fue inútil, la ciudad continuaba siendo un asco perenne.
Por los años sesenta vino una empresa japonesa que ofreció encargarse gratuitamente del servicio, a cambio de los derechos de propiedad y explotación de la basura. Alguien visualizó entonces algún negocio en ello y empezó a exigir pagos y contraprestaciones que terminaron espantando a los orientales. A partir de entonces los problemas siguieron y se adjudicaron a medida que crecía la urbe, haciéndose más extensa.
Nilson Espino, lo hizo bien en su momento. Combinaba una especie de mística de trabajo con disciplina militar. Los carros recolectores y sus operarios recorrían las calles de la ciudad al ritmo de cantos de un pelotón en pleno entrenamiento.
A Espino lo enviaron al Ente Regulador y desde entonces pasó a mejores y la basura a peores.
Cuando se trasladó el vertedero desde Panamá Viejo a Patacón, se pensó en sacar de una ciudad en expansión, a un centro contaminante.
Pero no se pensó que la metrópoli presionaría también hacia el norte, con el reciente Corredor, volviendo al punto de partida.
El reciente incendio de los desechos en Patacón, que inundó de humo nauseabundo la capital, nos hizo recordar que persiste el mismo problema de inicios de la República.
La tecnología existe. Sólo en cuestión de meter recursos al problema. Hay que volver a la fórmula japonesa de los años 60. Una empresa privada debe encargarse de prestar el servicio y cobrarse en parte con los mismos desechos reciclándolos, produciendo energía y dándoles un tratamiento moderno.