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El problema de la delincuencia juvenil


Se llama delincuente juvenil al adolescente de un sexo o del otro cuya conducta se desvía de los códigos imperantes en la sociedad. Sin embargo, no se puede dividir arbitrariamente la población adolescente en delincuentes y los que no lo son, ya que cada joven -igual que casi todos los adultos- incurre una que otra vez en actos que podrían considerarse delictivos.
Hay grandes variaciones individuales en ese respecto, siendo el caso de mayor seriedad según aumenta la frecuencia y la magnitud del comportamiento reprochable.
A la vez que constituye un grave mal social, la delincuencia juvenil es un serio problema personal, ya que la conducta indeseable es un síntoma de desajuste en el individuo que no puede satisfacer razonablemente sus necesidades de una manera socialmente aceptable.
Son muchísima las faltas que caben dentro de la calificación de delincuencia juvenil. Las más frecuentes son robo, mentira, truhanería, vagabundeo, destrucción de la propiedad ajena, delitos sexuales, homicidio, asalto a mano armada, etc.
Entre los muchos factores que influyen en la delincuencia juvenil, tenemos, por ejemplo, los factores relacionados con la herencia (demencia, mentalidad defectuosa, agresividad, etc.), los relacionados con el hogar (pobreza y hacinamiento, hogar destruido por muerte, separación, divorcio, encarcelamiento de uno de los padres o de ambos, rechazo, indiferencia y abandono en el trato del hijo por los padres), y los relacionados con la escuela (trabajo deficiente en la escuela, disgusto hacia ésta, etc.).
Las deficiencias económicas y educativas del ambiente guarda íntima relación con la frecuencia de los actos delictivos. El hacinamiento, la falta de oportunidades para la recreación estimulante y saludable, los malos ejemplos de adultos y amistades, son condiciones desfavorables en el adiestramiento moral.
Hay pruebas que indican que a medida que aumenta la distancia respecto a los barrios bajos, disminuye gradualmente la frecuencia de la delincuencia juvenil. El ambiente pobre, tanto en el aspecto económico como en el educativo, no proporciona satisfacciones razonables para las necesidades básicas del niño y del joven.
La inadecuación del hogar se refleja en la insatisfacción de las necesidades fundamentales de los hijos.
La deficiencia económica se traduce en mala salud y desnutrición, factores que, a su vez, contribuyen a impulsar al niño y al joven a una conducta reprobable.
El hogar destruido es, en la gran mayoría de los casos, la culminación de una prolongada serie de sucesos desagradables y perjudiciales para el desarrollo del niño y del joven.
No debe entenderse, sin embargo, que todos los niños y jóvenes procedentes de hogares destrozados serán algún día delincuentes. La calidad de las relaciones humanas en el hogar es un factor fundamental en el desarrollo del individuo.
La frecuencia de las rencillas y discordias entre los miembros de la familia se refleja en las actitudes y los ajustes emocionales de los hijos.
El delincuente juvenil es por regla general un individuo que ha fracasado en el desarrollo de lazos emocionales deseables en la familia y que demuestra poco cariño hacia sus padres.
No debe pasar inadvertida la influencia de los amigos y compañeros. En muchas ocasiones el factor desencadenante de la conducta delictiva es el deseo de lograr la aprobación de los compañeros. Así el temor de ser considerado cobarde por los demás empuja a muchos adolescentes a ejecutar actos reprochables.
Es dable observar que los delitos son a menudo cometidos por grupos de tres o más individuos.
Los desajustes emocionales representan un alto porcentaje en la conducta delictiva de los adolescentes. Estos pueden manifestarse como hostilidad y resentimiento hacia otras personas y la sociedad en general.
Hay muchas pruebas que demuestran que el grupo delincuente alberga más preocupaciones, ansiedades y características emocionales infantiles que el grupo que no es delincuente.
Hasta cierto punto la delincuencia puede considerarse un medio de descargar las tensiones que generan la frustración y los conflictos emocionales.
El niño o el joven cuyo hogar es inadecuado, debido a la pobreza, la disciplina severa, el rechazo y otras condiciones frustratarias, puede rebelarse contra las normas morales; y es que, fundamentalmente, la delincuencia es una forma de rebeldía, representa una reacción agresiva contra las frustraciones.

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