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El problema del transporte (II)


En el momento que un pasajero aborda un bus contrae un contrato, en el cual él debe pagar su pasaje y el busero debe llevarlo con dignidad a su destino.

El hecho de que el empresario, chofer o palanca, conduzca o sea dueño de un bus, no indica que puede hacer lo que se le antoje con la vida de los pasajeros. Digo esto, porque he sido testigo de muchos incidentes donde el conductor al recibir una reclamación de un pasajero por una infracción, estos dicen que el bus es suyo, y lo manda a coger un taxi o a bajarse. Esto, de por sí, ya es una falta del conductor. Los conductores demuestran esta mentalidad cuando:

Hacen regatas para demostrar sus habilidades u osadías en el volante.

Atormentan a sus pasajeros con música estridente y vulgar.

El pasajero debe exigir respeto ya que no se les está dando un servicio gratis.

En una ocasión, viajaba en un bus de la ruta Panamá- Frontera. En mi viaje a la ciudad, el ayudante amablemente preguntó a los clientes si querían descansar o ver películas. Pero a mi regreso, siendo ya tarde de la noche, el asistente del bus arbitrariamente encendió el aparato. Yo sí le hice ver su desatino, pero porque unos pasajeros ebrios le gritaron que prendiera la televisión la dejó encendida perjudicando al resto de los pasajeros que viajaban en el expreso, para llegar temprano y descansados a sus destinos y realizar sus diligencias en la mañana.

Cuando le volví a reclamar, argumentó que lo corregí en público y que no podía quedar mal con los que le pidieron la película. Primeramente, violaron una norma de no cargar pasajeros ebrios y segundo irrespetaron a la mayoría de los pasajeros.

Los transportistas de esta clase en vez de ser tan sensibles a la crítica constructiva, debieron recibir cursos de relaciones humanas y atención al público, o cambiar de trabajo.

En esto también incurren los taxistas que no quieren llevar a los pasajeros. En una ocasión en la capital le solicité parada aproximadamente a 10 de ellos para que me transportaran a Los Andes, pues iba a una reunión y ninguno quiso llevarme. Uno se pregunta: ¿Cómo se puede vivir en un país así? ¿Qué piensan estos transportistas? ¿El taxi es una unidad de paseo sólo para carreras cortas y cómodas?

¿Entienden la naturaleza de su trabajo? o, ¿Tendrán vocación para ese trabajo?

¿Qué hay de aquellos transportistas que creen que el bus o el taxi es una discoteca y traen esa música vulgar y estridente a todo volumen? Acaso no entienden que cuando un pasajero va para su trabajo necesita tranquilidad o cuando regresa cansado, también necesita paz para llegar a su hogar y terminar de concretar sus responsabilidades familiares. Definitivamente, el Gobierno de turno debe darse a la tarea ardua y constante de educar y hacer conciencia en los conductores. Y el que no desea someterse a esta educación no debe entrar en este trabajo. En el episodio que les conté al inicio de este artículo, me preguntaba, ¿por qué tantas tragedias? En cuanto a las normas estrictas que ponen las autoridades de tránsito los conductores no las aprenden ni escarmientan. El problema del transporte es una enfermedad crónica que necesita años y firmeza, colaboración en todos los sectores involucrados para ser resueltos.

En su euforia tras el volante arriesgan su propia libertad. Ya que algunos han sido procesados por la Ley y, aún así, siguen cometiendo infracciones, olvidando la ley divina que dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas, este es el principal mandamiento”.

Y el segundo es semejante: “Amaras a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que este” (Mr12: 30-31).

101 años de Panamá América

 
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