El problema escolar aumenta
La juventud es la época del crecimiento y del movimiento. Es la primavera del hombre. Entra el joven en el mundo y pone de manifiesto su vida bajo múltiples formas. Donde ha sido debidamente cuidado por sus padres, si no están divorciados o separados, y que ha llenado su alma con un elevado concepto de la dignidad personal y de la estimación humana, tiene que mantener el honor de ellos y no hacer cosa alguna de que pudieran sonrojarse si lo viesen. Deberá conservar viva una profunda gratitud por aquellas personas que le han transmitido una reputación sin mancha que representa años de trabajo y de buena conducta. Las virtudes de sus generosos trabajos son una imagen de los muertos; lo que conserva brillante su honor, lo mismo en las familias que en los hombres, es la inmutable perseverancia. Pero si el espíritu y el corazón del joven no han sido cultivados, y no aparecen retoños de esperanza, miramos hacia su virilidad con desaliento y con desesperación.
Las palabras y los ejemplos siempre vuelven a los jóvenes, y los influyen para el bien lo mismo que para el mal. Porque nada, ni siquiera una palabra o un ejemplo es olvidado o perdido jamás. No podemos cometer un agravio sin que le siga un castigo bien cerca de sus talones. Cuando quebrantamos una ley de eterna justicia, repercute por todo el mundo. Las palabras y las acciones podrán ser consideradas como cosas ligeras; sin embargo, no son provisionales sino eternas. Una palabra vana o mala nunca muere. Por ello, San Mateo dijo: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado".
Las malas acciones y los malos ejemplos tienen la misma resurrección. Nunca mueren, sino que siempre influyen. Se transmiten como una herencia. Así, pues, toda palabra, pensamiento y hecho, tiene su influencia sobre el destino del hombre. Toda vida, bien o mal empleada, lleva consigo un largo séquito de consecuencias que se extiende a través de generaciones no nacidas aún. Es imperioso recordar que el joven entra en la vida con alegría y entusiasmo. Ante él está el mundo esmaltado, como una lejana perspectiva dorada por el sol. Pero el tiempo calma su entusiasmo, al contemplar tragedias, falta de alimento, soledad al no poder estar con su padre o con su madre cuando existen discrepancias conyugales. Madura en edad y su corazón se puede tornar hostil. El pasado siempre estará presente.
El joven no vive para sí sólo, sino para el bien de los demás, tanto como para el propio. La esfera del deber es infinita. Existe en todas las condiciones de vida. No podemos escoger el ser ricos o pobres, ser felices o desgraciados; pero nos corresponde cumplir con el deber que nos rodea por todas partes. Su obediencia es a toda costa y riesgo; es la esencia de la vida civilizada. "¿Queréis ser grande? Principia, entonces, por ser pequeño", decía San Agustín. La mejor clase de deber se realiza en secreto, y fuera de la vista de la sociedad. Es cuando cada joven decide por sus actos la voz de su conciencia. Lastimosamente hemos apreciado por reportajes de la televisión escenas de riña entre jóvenes con maestros; niños que captan para toda la eternidad, cuando uno de sus progenitores agrede a un profesor. El ejemplo constituye uno de los instrumentos más poderosos, aunque enseña sin palabras, y los escolares están aprendiendo por la vista, impresiones que pueden modificar negativamente su carácter para siempre. De ahí, la importancia de la educación doméstica; que forma el carácter de los futuros ciudadanos de Panamá y de esa fuente, sea pura o turbia, nacen los hábitos, los principios y las máximas que gobiernan la vida pública, lo mismo que la privada. La nación sale de las habitaciones de los niños pequeños. La misma opinión pública no es en su mayor parte, sino lo que se desarrolla en el hogar doméstico, y la mejor filantropía sale de allí. Así es que el carácter de los padres está repetido incesantemente en sus hijos; y los actos de afección, disciplina, laboriosidad y dominio sobre sí mismo, que diariamente sirven de ejemplo, viven y obran en los jóvenes.
Desafortunadamente se incrementan los fracasos escolares, porque las familias se desintegran y el Código de la Familia ha convertido en rivales a hijos contra progenitores, pudiendo un escolar denunciar al que le dio la vida, cuando antes la disciplina, el cariño y el respeto eran estandartes sagrados en Panamá. Hoy día la moral es paulatinamente consumida por narcóticos, mala alimentación y jóvenes que se prostituyen para comer o sencillamente por falta de amor familiar. Una vida bien empleada, un carácter sostenido con rectitud, es un legado de gran valor para nuestros hijos y para la sociedad; porque es la lección más elocuente de la virtud, y el reproche más severo contra el vicio, mientras que sigue siendo fuente inagotable de la mejor riqueza.
Las palabras y los ejemplos siempre vuelven a los jóvenes, y los influyen para el bien lo mismo que para el mal. Porque nada, ni siquiera una palabra o un ejemplo es olvidado o perdido jamás. No podemos cometer un agravio sin que le siga un castigo bien cerca de sus talones. Cuando quebrantamos una ley de eterna justicia, repercute por todo el mundo. Las palabras y las acciones podrán ser consideradas como cosas ligeras; sin embargo, no son provisionales sino eternas. Una palabra vana o mala nunca muere. Por ello, San Mateo dijo: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado".
Las malas acciones y los malos ejemplos tienen la misma resurrección. Nunca mueren, sino que siempre influyen. Se transmiten como una herencia. Así, pues, toda palabra, pensamiento y hecho, tiene su influencia sobre el destino del hombre. Toda vida, bien o mal empleada, lleva consigo un largo séquito de consecuencias que se extiende a través de generaciones no nacidas aún. Es imperioso recordar que el joven entra en la vida con alegría y entusiasmo. Ante él está el mundo esmaltado, como una lejana perspectiva dorada por el sol. Pero el tiempo calma su entusiasmo, al contemplar tragedias, falta de alimento, soledad al no poder estar con su padre o con su madre cuando existen discrepancias conyugales. Madura en edad y su corazón se puede tornar hostil. El pasado siempre estará presente.
El joven no vive para sí sólo, sino para el bien de los demás, tanto como para el propio. La esfera del deber es infinita. Existe en todas las condiciones de vida. No podemos escoger el ser ricos o pobres, ser felices o desgraciados; pero nos corresponde cumplir con el deber que nos rodea por todas partes. Su obediencia es a toda costa y riesgo; es la esencia de la vida civilizada. "¿Queréis ser grande? Principia, entonces, por ser pequeño", decía San Agustín. La mejor clase de deber se realiza en secreto, y fuera de la vista de la sociedad. Es cuando cada joven decide por sus actos la voz de su conciencia. Lastimosamente hemos apreciado por reportajes de la televisión escenas de riña entre jóvenes con maestros; niños que captan para toda la eternidad, cuando uno de sus progenitores agrede a un profesor. El ejemplo constituye uno de los instrumentos más poderosos, aunque enseña sin palabras, y los escolares están aprendiendo por la vista, impresiones que pueden modificar negativamente su carácter para siempre. De ahí, la importancia de la educación doméstica; que forma el carácter de los futuros ciudadanos de Panamá y de esa fuente, sea pura o turbia, nacen los hábitos, los principios y las máximas que gobiernan la vida pública, lo mismo que la privada. La nación sale de las habitaciones de los niños pequeños. La misma opinión pública no es en su mayor parte, sino lo que se desarrolla en el hogar doméstico, y la mejor filantropía sale de allí. Así es que el carácter de los padres está repetido incesantemente en sus hijos; y los actos de afección, disciplina, laboriosidad y dominio sobre sí mismo, que diariamente sirven de ejemplo, viven y obran en los jóvenes.
Desafortunadamente se incrementan los fracasos escolares, porque las familias se desintegran y el Código de la Familia ha convertido en rivales a hijos contra progenitores, pudiendo un escolar denunciar al que le dio la vida, cuando antes la disciplina, el cariño y el respeto eran estandartes sagrados en Panamá. Hoy día la moral es paulatinamente consumida por narcóticos, mala alimentación y jóvenes que se prostituyen para comer o sencillamente por falta de amor familiar. Una vida bien empleada, un carácter sostenido con rectitud, es un legado de gran valor para nuestros hijos y para la sociedad; porque es la lección más elocuente de la virtud, y el reproche más severo contra el vicio, mientras que sigue siendo fuente inagotable de la mejor riqueza.