El Quijote y los políticos de las manchas
Don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), "El Manco de Lepanto", publicó en 1605 la primera parte de su clásica obra, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y en 1615, apareció la segunda parte del Quijote. En la última página de su inmortal obra escribió don Miguel el propósito de su libro: "No ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería".
Pero, hablando del CEMIS, y del nombramiento de los magistrados, acaso o han sido disparatados todos los lances, perogrulladas, chabacanerías, y hasta amenazas proferidas de una y de otra parte, que hemos visto y escuchado los panameños en torno a los sonados casos de sobornos y extorsiones, en donde los protagonistas han sido los legisladores panameños y funcionarios del Ministerio Público con el procurador, José Antonio Sossa; y su secretario, Cristóbal Arboleda, quienes en esta parodia representan a don Quijote y a su escudero Sancho, respectivamente.
Porque lo que allí, -el Palacio Legislativo-, está ocurriendo no es más que una comedia, esto es, una farsa acompañada de historietas preñadas de aventuras de caballerías en las que participan, además de los principales personajes, don Quijote y Sancho, los monstruos y leones, la carreta de la Corte de la Muerte, los caballeros del Bosque, etc. En efecto, cuando don Quijote pretendió enfrentarse a los que iban disfrazados en la Carreta de la Muerte,- que no eran otra cosa que recitantes (legisladores) de la compañía de Angulo el Malo -, para exigirles que se despojaran de sus vestiduras (inmunidad parlamentaria), "al ver Sancho el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio y a toda prisa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo": ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos. De manera que en tal forma y por tales medios, el diálogo y la conversación, los recitantes que viajaban en tales carretas (los parlamentarios), no cedieron ante los requerimientos del Quijote, esto es, de despojarse de sus disfraces (inmunidad).
Tal como lo expresa don Miguel, -- Quítesele a vuesa merced eso de la imaginación - replicó Sancho ( Arboleda) - y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes (legisladores), que es gente favorecida (por su inmunidad). Recitante he visto yo estar preso por dos muertes, y salir libre y sin costas. Sepa vuestra merced que como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquéllos de las compañías reales (gobierno) y de título (legisladores, ministros, magistrados), que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
Una vez más don Quijote no atendió los consejos de su escudero Sancho, y regresó, en esta ocasión al propio Gran Teatro en donde moran los recitantes (Palacio Legislativo) para pedirles nuevamente que se despojaran de sus armaduras (inmunidades), pero luego de la refriega, al ver Sancho a su amo tendido en el suelo y quejándose por la paliza recibida, se escabulló hasta llegar al lugar preciso de los acontecimientos, se acercó a él y lo levantó sobre sus hombros poniendo pie en polvoroza; detrás le siguió Rocinante, que por estar en la parte superior del Gran Teatro, sufrió serias quemaduras en sus cascos delanteros estando en el lugar preciso en donde se produjo un conato de incendio causado, según comentarios que se dieron en los pasillos del Gran Teatro, por algunos escuderos de los recitantes.
Refiriéndose a la aventura de la Carreta de la Muerte, también a la refriega en el Gran Teatro - don Quijote respondió a Sancho -, si tú, Sancho, me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintas alas de Cupido; que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes - respondió Sancho Panza - fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata. Así es verdad - replicó don Quijote -; porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que la componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¡no has visto tú representar alguna comedia donde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acaba la comedia y desnudándose de los vestidos della (inmunidades), quedan todos los recitantes iguales.
Sí, he visto - respondió Sancho. Pues lo mesmo - dijo don Quijote (a su salida del Gran Teatro)- acontece en la comedia y trato deste mundo donde unos hacen los emperadores (presidentes de la república, del Legislativo, de la Corte Suprema), otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se puedan introducir en una comedia, pero en llegado el fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas (inmunidad, riquezas, y títulos) que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
En conclusión, porque el soborno, no importa dónde, ni cuándo se haya cometido, fue y seguirá siendo un delito grave, más si es cometido por caballeros, príncipes, y emperadores como lo señala don Quijote, y peor si ha sido cometido por quienes dicen ser hidalgos, miembros de un parlamento, puesto que ello constituye también un escarnio, una deshonra para el país y para el pueblo que los ha elegido para prestar el servicio de hacer leyes que beneficien a la sociedad.
Pero, hablando del CEMIS, y del nombramiento de los magistrados, acaso o han sido disparatados todos los lances, perogrulladas, chabacanerías, y hasta amenazas proferidas de una y de otra parte, que hemos visto y escuchado los panameños en torno a los sonados casos de sobornos y extorsiones, en donde los protagonistas han sido los legisladores panameños y funcionarios del Ministerio Público con el procurador, José Antonio Sossa; y su secretario, Cristóbal Arboleda, quienes en esta parodia representan a don Quijote y a su escudero Sancho, respectivamente.
Porque lo que allí, -el Palacio Legislativo-, está ocurriendo no es más que una comedia, esto es, una farsa acompañada de historietas preñadas de aventuras de caballerías en las que participan, además de los principales personajes, don Quijote y Sancho, los monstruos y leones, la carreta de la Corte de la Muerte, los caballeros del Bosque, etc. En efecto, cuando don Quijote pretendió enfrentarse a los que iban disfrazados en la Carreta de la Muerte,- que no eran otra cosa que recitantes (legisladores) de la compañía de Angulo el Malo -, para exigirles que se despojaran de sus vestiduras (inmunidad parlamentaria), "al ver Sancho el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio y a toda prisa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo": ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos. De manera que en tal forma y por tales medios, el diálogo y la conversación, los recitantes que viajaban en tales carretas (los parlamentarios), no cedieron ante los requerimientos del Quijote, esto es, de despojarse de sus disfraces (inmunidad).
Tal como lo expresa don Miguel, -- Quítesele a vuesa merced eso de la imaginación - replicó Sancho ( Arboleda) - y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes (legisladores), que es gente favorecida (por su inmunidad). Recitante he visto yo estar preso por dos muertes, y salir libre y sin costas. Sepa vuestra merced que como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquéllos de las compañías reales (gobierno) y de título (legisladores, ministros, magistrados), que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
Una vez más don Quijote no atendió los consejos de su escudero Sancho, y regresó, en esta ocasión al propio Gran Teatro en donde moran los recitantes (Palacio Legislativo) para pedirles nuevamente que se despojaran de sus armaduras (inmunidades), pero luego de la refriega, al ver Sancho a su amo tendido en el suelo y quejándose por la paliza recibida, se escabulló hasta llegar al lugar preciso de los acontecimientos, se acercó a él y lo levantó sobre sus hombros poniendo pie en polvoroza; detrás le siguió Rocinante, que por estar en la parte superior del Gran Teatro, sufrió serias quemaduras en sus cascos delanteros estando en el lugar preciso en donde se produjo un conato de incendio causado, según comentarios que se dieron en los pasillos del Gran Teatro, por algunos escuderos de los recitantes.
Refiriéndose a la aventura de la Carreta de la Muerte, también a la refriega en el Gran Teatro - don Quijote respondió a Sancho -, si tú, Sancho, me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintas alas de Cupido; que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes - respondió Sancho Panza - fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata. Así es verdad - replicó don Quijote -; porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que la componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¡no has visto tú representar alguna comedia donde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acaba la comedia y desnudándose de los vestidos della (inmunidades), quedan todos los recitantes iguales.
Sí, he visto - respondió Sancho. Pues lo mesmo - dijo don Quijote (a su salida del Gran Teatro)- acontece en la comedia y trato deste mundo donde unos hacen los emperadores (presidentes de la república, del Legislativo, de la Corte Suprema), otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se puedan introducir en una comedia, pero en llegado el fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas (inmunidad, riquezas, y títulos) que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
En conclusión, porque el soborno, no importa dónde, ni cuándo se haya cometido, fue y seguirá siendo un delito grave, más si es cometido por caballeros, príncipes, y emperadores como lo señala don Quijote, y peor si ha sido cometido por quienes dicen ser hidalgos, miembros de un parlamento, puesto que ello constituye también un escarnio, una deshonra para el país y para el pueblo que los ha elegido para prestar el servicio de hacer leyes que beneficien a la sociedad.