El regalo de los políticos en esta Navidad
La corrupción es una de las principales causas de las crisis por la que atraviesan los partidos políticos en casi todo el mundo. El fenómeno no distingue entre naciones ricas y países pobres. Sólo hay que citar el caso de dos líderes republicanos en el Congreso de Estados Unidos, Tom Delay y Bill Fritz, para comprobar que en todas partes los políticos están cosechando bofetadas morales producto de prácticas corruptas. Todo apunta a que ese mal seguirá creciendo. Es que la corrupción se ha convertido en una enfermedad moral que está carcomiendo las instituciones, socavando la democracia e incrementando la pobreza y la marginalidad. Pero los partidos políticos parecieran vivir de espaldas a la realidad o tratan de desconocer el desprestigio en el que están sumidos por la alarmante pérdida de confianza por parte de la ciudadanía.
La baja calificación social que reciben está relacionada también con su escaso rendimiento y pobre desempeño. Cada día la medición ciudadana exige mayor calidad institucional y probidad en sus dirigentes. La imagen de enfrentamiento y acusaciones mutuas que proyectan las agrupaciones políticas, además de sus cuestionadas formas de financiamiento, la falta de transparencia en el nombramiento y las elecciones de los dirigentes, arrojan mayores sombras sobre los políticos.
Hay que advertir que actualmente existe una mayor exigencia por parte de los ciudadanos hacia sus representantes. Lo que antes se veía con resignación, como el comportamiento antiético, la falta de transparencia en la conducta y la rendición de cuentas, son seguidos con atención y cada vez más son objeto de la condena pública. Sin embargo, la alternativa a los partidos políticos, como promueve y financia Estados Unidos no es la llamada sociedad civil, ni cierta prensa seudomoralista. Tampoco lo es el sector empresarial y sus agrupaciones vociferantes. Ni la una ni el otro son dechados de virtud. En muchos casos, sino en la mayoría, poseen sus propias agendas e intereses ocultos. El comportamiento autista y las prácticas corruptas de la clase política no deben contrarrestarse con la consigna "que se vayan todos". Esa es una expresión del más puro nihilismo, cuyo exponente más reciente fue el peruano Abimael Guzmán y su Sendero Luminoso.
Carecer de partidos confiables pone en riesgo los procesos de gestación de gobiernos y autoridades en los que no puede confiarse, con los peligros que trae consigo la ingobernabilidad. Junto con la puesta en marcha de mecanismos de control efectivo de las prácticas corruptas de los políticos, sería saludable la promoción y construcción de partidos que sean verdaderos canales para la formación de mejores dirigentes, que merezcan el reconocimiento social y no el repudio ciudadano. Todo esto obliga a una profunda reflexión. Sería conveniente para el futuro de la clase política panameña preocuparse seriamente por mejorar las reglas de su comportamiento frente a una ciudadanía que los observa y los juzgará oportunamente.
En estos tiempos de libre mercado y de integración comercial, hay que evaluar también el verdadero significado de una democracia que provoca una severa crisis de representatividad. Esto es así, porque quienes gobiernan, legislan o administran justicia sólo son una élite reducida. Se han hecho esfuerzos, que hay que reconocer, pero todavía la mayoría de la sociedad no decide, está totalmente al margen. En esto los políticos tienen un enorme papel que jugar. Deben incorporar a las mayorías sociales al proceso de toma de decisiones.
La sociedad panameña debe configurarse por una pluralidad de fuerzas sociales y políticas que converjan hacia el centro de un régimen de pluralismo moderado. Hay que construir una nación en la que los ciudadanos respeten el patrimonio común de las instituciones del Estado y en la que los partidos políticos, con el concurso de la sociedad organizada, regulen las diferencias mediante la deliberación y el consenso. La democracia pluralista se basa en la razón del compromiso, las responsabilidades compartidas y el respeto a la legalidad.
En estos días de Navidad los políticos deberían pensar en los tiempos que están por delante e iniciar un proceso de reforma hacia conductas éticas, si desean que otras generaciones no reproduzcan su misma escala de antivalores. Es hora de poner los cimientos para que Panamá construya un futuro de reconciliación, de paz social y de desarrollo sostenido. Hay que pacificar los espíritus y renovar constantemente los procesos de diálogo y revalorización de los vínculos de solidaridad y fraternidad sobre los cuales se edifican las naciones. El Panamá del mañana deberá ser obra de todos.
La baja calificación social que reciben está relacionada también con su escaso rendimiento y pobre desempeño. Cada día la medición ciudadana exige mayor calidad institucional y probidad en sus dirigentes. La imagen de enfrentamiento y acusaciones mutuas que proyectan las agrupaciones políticas, además de sus cuestionadas formas de financiamiento, la falta de transparencia en el nombramiento y las elecciones de los dirigentes, arrojan mayores sombras sobre los políticos.
Hay que advertir que actualmente existe una mayor exigencia por parte de los ciudadanos hacia sus representantes. Lo que antes se veía con resignación, como el comportamiento antiético, la falta de transparencia en la conducta y la rendición de cuentas, son seguidos con atención y cada vez más son objeto de la condena pública. Sin embargo, la alternativa a los partidos políticos, como promueve y financia Estados Unidos no es la llamada sociedad civil, ni cierta prensa seudomoralista. Tampoco lo es el sector empresarial y sus agrupaciones vociferantes. Ni la una ni el otro son dechados de virtud. En muchos casos, sino en la mayoría, poseen sus propias agendas e intereses ocultos. El comportamiento autista y las prácticas corruptas de la clase política no deben contrarrestarse con la consigna "que se vayan todos". Esa es una expresión del más puro nihilismo, cuyo exponente más reciente fue el peruano Abimael Guzmán y su Sendero Luminoso.
Carecer de partidos confiables pone en riesgo los procesos de gestación de gobiernos y autoridades en los que no puede confiarse, con los peligros que trae consigo la ingobernabilidad. Junto con la puesta en marcha de mecanismos de control efectivo de las prácticas corruptas de los políticos, sería saludable la promoción y construcción de partidos que sean verdaderos canales para la formación de mejores dirigentes, que merezcan el reconocimiento social y no el repudio ciudadano. Todo esto obliga a una profunda reflexión. Sería conveniente para el futuro de la clase política panameña preocuparse seriamente por mejorar las reglas de su comportamiento frente a una ciudadanía que los observa y los juzgará oportunamente.
En estos tiempos de libre mercado y de integración comercial, hay que evaluar también el verdadero significado de una democracia que provoca una severa crisis de representatividad. Esto es así, porque quienes gobiernan, legislan o administran justicia sólo son una élite reducida. Se han hecho esfuerzos, que hay que reconocer, pero todavía la mayoría de la sociedad no decide, está totalmente al margen. En esto los políticos tienen un enorme papel que jugar. Deben incorporar a las mayorías sociales al proceso de toma de decisiones.
La sociedad panameña debe configurarse por una pluralidad de fuerzas sociales y políticas que converjan hacia el centro de un régimen de pluralismo moderado. Hay que construir una nación en la que los ciudadanos respeten el patrimonio común de las instituciones del Estado y en la que los partidos políticos, con el concurso de la sociedad organizada, regulen las diferencias mediante la deliberación y el consenso. La democracia pluralista se basa en la razón del compromiso, las responsabilidades compartidas y el respeto a la legalidad.
En estos días de Navidad los políticos deberían pensar en los tiempos que están por delante e iniciar un proceso de reforma hacia conductas éticas, si desean que otras generaciones no reproduzcan su misma escala de antivalores. Es hora de poner los cimientos para que Panamá construya un futuro de reconciliación, de paz social y de desarrollo sostenido. Hay que pacificar los espíritus y renovar constantemente los procesos de diálogo y revalorización de los vínculos de solidaridad y fraternidad sobre los cuales se edifican las naciones. El Panamá del mañana deberá ser obra de todos.