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El regalo del Niño Dios


CELEBRAMOS HOY el nacimiento de Cristo, en medio de la polémica, aparentemente ajena, de si hemos de decir "feliz Navidad" o "felices fiestas", la cual tiene lugar en Estados Unidos. Los comerciantes, en su deseo de forzar a una apertura de criterios, alegan que ellos tienen que abrirse a todas las culturas; mientras otros sectores, sostienen que no deben desnaturalizarse las raíces de estas fechas, donde yacen los cimientos de la cultura occidental.
Posiblemente se nos hable de Mesopotania y Grecia, en vano esfuerzo por remontar los orígenes de Occidente, como conglomerado cultural que, en un momento dado, se extiende a América. No negamos el aporte de esas civilizaciones, ni de otras. Pero el hecho es que no es sino hasta el advenimiento del cristianismo cuando nace el verdadero aglutinante de esa multitud entonces amorfa de pueblos, cada uno con su propio idioma, cultura y religión que vivía en Occidente.
Es obvio que la espada del imperio romano y sus siglos de dominación fue fundamental; pero sin el critianismo, gran parte de su legado se habría perdido y diluido tras su caída. Roma desapareció tras la presión de los pueblos que sojuzgó y sus propios vicios, pero de sus cenizas emergió Occidente a la sombra de una religión y filosofía común, la que nos dejara aquel hombre cuyo nacimiento hoy conmemoramos.
¿Dónde radica la magia aglutinante del cristianismo? En su universalidad. Bajo su amplio manto dio cabida a todos los pueblos y a todos los seres humanos, en su más amplia diversidad. Aquel niño, una vez hecho adulto, nos dejó una religión, que acogió como suya el Imperio y después quienes lo sucedieron tras su caída, hasta la misma Rusia de los Zares. Y esa religión enseña que todos somos hijos de un Dios único; que debemos amar a propios y extraños, a amigos y enemigos; que ante El, todos somos iguales -amos y esclavos, negros y blancos, ricos y pobres, pese a nuestras diferencias.
A partir de ese momento, los antiguos pueblos y naciones que vivieron por siglos a la sombra del Imperio, aún cuando volvieran después su espada y cañones muchas veces, unos contra otros, y renegaran de su legado, consciente o inconscientemente quedaron para siempre bajo una sola religión y una sola creencia común que los identifica como universalidad cultural, pese a los cismas y variantes. El cristianismo fue el regalo que nos dejó aquel niño ese día.

101 años de Panamá América

 
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