El régimen cubano ante la visita del Papa
En los días posteriores a la visita del Papa a Cuba, circularon unas décimas bajo el título "¡Qué confusión!". Comenzaba jocosamente así: "Amigos, ¡qué confusión!,/ qué confusión hay formada!./ Yo no entiendo nada/ de "Santa Revolución",/ patriotismo,... religión,.../ ya aquí no se sabe bien/ si aplaudir a Dios o a quién,/ y ya no sé de esta suerte/si hay que decir "patria o muerte"/ o debo decir "amén"." Esta confusión parece haber caracterizado a toda la sociedad cubana, incluso a los cuadros del Partido Comunista Cubano, ante la visita de su Santidad Juan Pablo II, como lo reconoció Castro después de la visita en su discurso del 2 de febrero.
Analicemos algunos hechos. Es verdad que el Papa fue invitado por los Obispos de Cuba. Pero no es menos verdad que no hubiera podido venir si en su entrevista en el Vaticano, el presidente Fidel Castro no hubiera hecho suya la invitación. Es verdad que el pueblo cubano, después de largos años de penurias y limitaciones, estaba ansioso de recibir con entusiasmo al "mensajero de la verdad y de la esperanza". Pero no es menos verdad que la invitación del presidente Castro a asistir a la misa en La Habana, su anuncio inesperado: "Yo también estaré en esa misa junto al pueblo", y su imprevista asistencia a la Universidad de La Habana, donde el Papa disertó sobre el Padre Félix Verela ante la intelectualidad del régimen y la católica, dieron una garantía máxima de que se podría asistir con seguridad y tranquilidad. Es verdad que la Iglesia pudo contactar a cientos de miles de cubanos en la preparación de la visita, que por primera vez el único diario y órgano del Partido publicó un mensaje del Papa y que los Obispos tuvieron acceso a la televisión. Pero no es menos verdad que bajo el régimen cubano eso sólo fue posible por decisión de las más altas autoridades del Estado. Es verdad, como dijo el presidente Castro que Cuba fue puesta "durante casi una semana... con millones de personas en la calle, en manos del Papa, en manos de miles de periodistas". Pero no es menos verdad que los cubanos lograron que todo fuera "espontáneo, natural, respetuoso, decente".
Aun dentro de las restricciones constitucionales, jurídicas y de hecho del régimen, se dio un acontecimiento sin precedentes, el ejercicio colectivo del pueblo cubano en su conjunto de la libertad de conciencia. Fue a la misa quien quiso y no fue quien no quiso. Ya el 13 de diciembre en su clausura del Parlamento, el presidente Castro dio su versión de la relación entre la revolución y los creyentes. Afirmó que "la Revolución no tiene que reprocharse nada", pero admitió que había sido necesario reformar dos artículos de la Constitución en 1992 para eliminar "una forma de expresión que pareciera discriminatoria o pareciera antirreligiosa". De hecho se tuvo que modificar en 1991 el Estatuto del Partido para permitir el ingreso de creyentes y en 1992 la Constitución para que el Estado estuviera definido no como ateo, sino como laico. Presión y discriminación fueron realidades históricas que no se pueden negar. Durante la visita del Papa cesaron y el pueblo lo festejó.
Dada la trascendencia de la visita, el 16 de enero, cinco días antes de su inicio, Castro habló durante seis horas por televisión, hasta las 3 de la madrugada, vinculando las elecciones del 11 de enero, democráticamente sin significación, a la visita. Afirmó que "todos los compañeros de la dirección de nuestro Partido" habían apoyado la decisión de acoger la visita sin "la más mínima discrepancia". Sin embargo, reveló serias resistencias al declarar: "asumo toda la responsabilidad ante aquellos que puedan albergar el más mínimo temor de que actuemos de esa forma". Para convencer a los resistentes señaló la coincidencia del Papa como crítico del neoliberalismo y propulsor de "la globalización de la solidaridad", especialmente después del fin del campo socialista, con sus propias posiciones. Luego, criticó los errores históricos de la Unión Soviética e interpretó la actuación del Papa, quien a su juicio no habría sido el responsable de la desaparición del socialismo en Polonia. Sería más bien hoy en día "uno de los más grandes dolores de cabeza" del imperialismo y "el abanderado número uno... contra la deuda externa".
No cabe así la menor duda que el presidente Castro sintió la necesidad de transmitir reiterada y ampliamente su versión ideológica y política de la visita. Cuando recibió al Papa en Rancho Boyeros, expuso su visión de la historia inequívocamente. Destacó que millones de indios y negros "fueron exterminados" durante la conquista y la colonización europeas, que Cuba sufrió "un holocausto" en los campos de concentración durante la lucha por su independencia de España, que Estados Unidos intenta "un genocidio" contra la Revolución Cubana y que el mundo actual está marcado por "injusticia, desigualdad, pobreza... corrupción generalizada, drogas, vicios y un consumismo enajenante que se impone como modelo idílico a todos los pueblos". Además, mencionó su experiencia en colegios católicos que caracterizó por la discriminación religiosa y racial. Por otra parte elogió al Papa por sus declaraciones sobre el caso de Galileo, la Inquisición, las Cruzadas y "tantos prejuicios y anatemas". Por último, afirmó que "si alguna vez han surgido dificultades (con los creyentes), no ha sido nunca culpa de la Revolución" y presentó con orgullo una Cuba con menos desigualdades e injusticias sociales "que cualquier otro país del mundo que Su Santidad haya visitado".
Entre esta visión ideológica unilateral y la acción de acoger al principal dirigente religioso de nuestro tiempo con gestos repetidos de delicadeza y empatía hacia su persona y en condiciones de amplitud, se dio una alta tensión. Ella representó por parte del régimen cubano un ejercicio consumado de política, pero posiblemente representó también un ejercicio acuciante de discernimiento en la propia conciencia de Castro. El Papa no apostó a una imposible repetición de la humillación de Enrique IV por Gregorio VII en Canossa, sino a un posible toque de la gracia divina .
Castro subrayó su preferencia por la relación con el Vaticano más que con la Iglesia cubana, y su admiración por la personalidad extraordinaria del Papa más que por la Iglesia como comunidad inmersa en la historia. Pero a través del encuentro personal se produjo inevitablemente el contacto entre las dos instituciones y la relación internacional entre La Habana y Roma implicó necesariamente una interacción entre las dos dimensiones de la vida nacional de Cuba, el Estado y la Iglesia. Entre ambas medió un pueblo que englobó, con su alegría esperanzada, estas dos realidades en una compleja y singular vivencia.
Cuando se despidieron en el aeropuerto, Castro repitió temas duros de su primer discurso, pero admitió al final: "Me conmueve el esfuerzo que Su Santidad realiza por un mundo más justo". Y se dejó llevar por la expresión papal "globalización de la solidaridad" a esbozar la utopía de un mundo donde se viviría "con plena dignidad moral y material, en verdadera libertad" y del cual la evangelización y el ecumenismo podrían formar parte. La mirada de Castro se tornó así la dureza de un pasado de lucha hacia el entusiasmo de un futuro de esperanza nueva.
La última décima sobre la confusión reza así: "Al parecer se va en pos/ de conformar un glorioso/ socialismo religioso/ mezclado bien de los dos./ ¡Viva el "compañero" Dios!/ Porque aunque nunca lo vemos, todos, todos lo queremos/ y el cielo nos será fiel;/ ¡que viva "Santo" Fidel/ ¡"Papa" o Muerte, ¡Venceremos!.
Todos esperamos que de esa confusión salga un nuevo futuro para Cuba, tal que la pensó Varela y la soñó Martí.
En un próximo artículo analizaré la postura de la Iglesia cubana en esta situación.
Analicemos algunos hechos. Es verdad que el Papa fue invitado por los Obispos de Cuba. Pero no es menos verdad que no hubiera podido venir si en su entrevista en el Vaticano, el presidente Fidel Castro no hubiera hecho suya la invitación. Es verdad que el pueblo cubano, después de largos años de penurias y limitaciones, estaba ansioso de recibir con entusiasmo al "mensajero de la verdad y de la esperanza". Pero no es menos verdad que la invitación del presidente Castro a asistir a la misa en La Habana, su anuncio inesperado: "Yo también estaré en esa misa junto al pueblo", y su imprevista asistencia a la Universidad de La Habana, donde el Papa disertó sobre el Padre Félix Verela ante la intelectualidad del régimen y la católica, dieron una garantía máxima de que se podría asistir con seguridad y tranquilidad. Es verdad que la Iglesia pudo contactar a cientos de miles de cubanos en la preparación de la visita, que por primera vez el único diario y órgano del Partido publicó un mensaje del Papa y que los Obispos tuvieron acceso a la televisión. Pero no es menos verdad que bajo el régimen cubano eso sólo fue posible por decisión de las más altas autoridades del Estado. Es verdad, como dijo el presidente Castro que Cuba fue puesta "durante casi una semana... con millones de personas en la calle, en manos del Papa, en manos de miles de periodistas". Pero no es menos verdad que los cubanos lograron que todo fuera "espontáneo, natural, respetuoso, decente".
Aun dentro de las restricciones constitucionales, jurídicas y de hecho del régimen, se dio un acontecimiento sin precedentes, el ejercicio colectivo del pueblo cubano en su conjunto de la libertad de conciencia. Fue a la misa quien quiso y no fue quien no quiso. Ya el 13 de diciembre en su clausura del Parlamento, el presidente Castro dio su versión de la relación entre la revolución y los creyentes. Afirmó que "la Revolución no tiene que reprocharse nada", pero admitió que había sido necesario reformar dos artículos de la Constitución en 1992 para eliminar "una forma de expresión que pareciera discriminatoria o pareciera antirreligiosa". De hecho se tuvo que modificar en 1991 el Estatuto del Partido para permitir el ingreso de creyentes y en 1992 la Constitución para que el Estado estuviera definido no como ateo, sino como laico. Presión y discriminación fueron realidades históricas que no se pueden negar. Durante la visita del Papa cesaron y el pueblo lo festejó.
Dada la trascendencia de la visita, el 16 de enero, cinco días antes de su inicio, Castro habló durante seis horas por televisión, hasta las 3 de la madrugada, vinculando las elecciones del 11 de enero, democráticamente sin significación, a la visita. Afirmó que "todos los compañeros de la dirección de nuestro Partido" habían apoyado la decisión de acoger la visita sin "la más mínima discrepancia". Sin embargo, reveló serias resistencias al declarar: "asumo toda la responsabilidad ante aquellos que puedan albergar el más mínimo temor de que actuemos de esa forma". Para convencer a los resistentes señaló la coincidencia del Papa como crítico del neoliberalismo y propulsor de "la globalización de la solidaridad", especialmente después del fin del campo socialista, con sus propias posiciones. Luego, criticó los errores históricos de la Unión Soviética e interpretó la actuación del Papa, quien a su juicio no habría sido el responsable de la desaparición del socialismo en Polonia. Sería más bien hoy en día "uno de los más grandes dolores de cabeza" del imperialismo y "el abanderado número uno... contra la deuda externa".
No cabe así la menor duda que el presidente Castro sintió la necesidad de transmitir reiterada y ampliamente su versión ideológica y política de la visita. Cuando recibió al Papa en Rancho Boyeros, expuso su visión de la historia inequívocamente. Destacó que millones de indios y negros "fueron exterminados" durante la conquista y la colonización europeas, que Cuba sufrió "un holocausto" en los campos de concentración durante la lucha por su independencia de España, que Estados Unidos intenta "un genocidio" contra la Revolución Cubana y que el mundo actual está marcado por "injusticia, desigualdad, pobreza... corrupción generalizada, drogas, vicios y un consumismo enajenante que se impone como modelo idílico a todos los pueblos". Además, mencionó su experiencia en colegios católicos que caracterizó por la discriminación religiosa y racial. Por otra parte elogió al Papa por sus declaraciones sobre el caso de Galileo, la Inquisición, las Cruzadas y "tantos prejuicios y anatemas". Por último, afirmó que "si alguna vez han surgido dificultades (con los creyentes), no ha sido nunca culpa de la Revolución" y presentó con orgullo una Cuba con menos desigualdades e injusticias sociales "que cualquier otro país del mundo que Su Santidad haya visitado".
Entre esta visión ideológica unilateral y la acción de acoger al principal dirigente religioso de nuestro tiempo con gestos repetidos de delicadeza y empatía hacia su persona y en condiciones de amplitud, se dio una alta tensión. Ella representó por parte del régimen cubano un ejercicio consumado de política, pero posiblemente representó también un ejercicio acuciante de discernimiento en la propia conciencia de Castro. El Papa no apostó a una imposible repetición de la humillación de Enrique IV por Gregorio VII en Canossa, sino a un posible toque de la gracia divina .
Castro subrayó su preferencia por la relación con el Vaticano más que con la Iglesia cubana, y su admiración por la personalidad extraordinaria del Papa más que por la Iglesia como comunidad inmersa en la historia. Pero a través del encuentro personal se produjo inevitablemente el contacto entre las dos instituciones y la relación internacional entre La Habana y Roma implicó necesariamente una interacción entre las dos dimensiones de la vida nacional de Cuba, el Estado y la Iglesia. Entre ambas medió un pueblo que englobó, con su alegría esperanzada, estas dos realidades en una compleja y singular vivencia.
Cuando se despidieron en el aeropuerto, Castro repitió temas duros de su primer discurso, pero admitió al final: "Me conmueve el esfuerzo que Su Santidad realiza por un mundo más justo". Y se dejó llevar por la expresión papal "globalización de la solidaridad" a esbozar la utopía de un mundo donde se viviría "con plena dignidad moral y material, en verdadera libertad" y del cual la evangelización y el ecumenismo podrían formar parte. La mirada de Castro se tornó así la dureza de un pasado de lucha hacia el entusiasmo de un futuro de esperanza nueva.
La última décima sobre la confusión reza así: "Al parecer se va en pos/ de conformar un glorioso/ socialismo religioso/ mezclado bien de los dos./ ¡Viva el "compañero" Dios!/ Porque aunque nunca lo vemos, todos, todos lo queremos/ y el cielo nos será fiel;/ ¡que viva "Santo" Fidel/ ¡"Papa" o Muerte, ¡Venceremos!.
Todos esperamos que de esa confusión salga un nuevo futuro para Cuba, tal que la pensó Varela y la soñó Martí.
En un próximo artículo analizaré la postura de la Iglesia cubana en esta situación.