El Renacimiento de la OEA
La pregunta "¿Para qué sirve la OEA?", tiene vieja data. La Organización de los Estados Americanos, creada mediante la Carta de Bogotá de 1948 nació, al igual que su predecesor en tiempo, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, también y más conocido por su sigla, TIAR, en el entorno de una época matizada por las secuelas de la postguerra. La lectura de sus principios rectores y de los objetivos descritos en la Carta de la OEA, al confrontarlos con la realidad presente, después de transcurridos 53 años desde su aprobación, hacen inevitable reconocer que para cumplirlos todavía hay por delante una tarea de proporciones gigantescas.
La OEA fue concebida para proyectarse en dos dimensiones básicas: la promoción y defensa de la democracia y la cooperación para el desarrollo. En la promoción y defensa de la democracia nunca fue particularmente exitosa. Por demasiados años en su seno convivieron las dictaduras y las democracias.
Por sus pasadas actuaciones en el campo de la promoción y defensa de la democracia no hay mucho margen para felicitar a la OEA. Pero la circunstancia de que hoy, con excepción de una, todas las naciones del continente americano tengan regímenes democráticos, ha creado un nuevo marco para que la organización revise su papel y pueda concentrarse en sus fines esenciales, liberada de las limitaciones que le imponían socios indeseables.
Pero ¿acaso la organización ha incrementado su efectividad en la misma medida en que ha aumentado el número de los regímenes democráticos en América? Lamentablemente, no.
La reciente aprobación en la ciudad de Lima de la Carta Democrática ha dado un nuevo impulso al papel que la OEA debe cumplir en la promoción y defensa de la democracia. Este instrumento, por su comprensividad y actualización, constituye un adecuado marco político y jurídico para todas las acciones que desarrollará la OEA para contribuir a cimentar la cultura democrática en el continente.
Teniendo en cuenta que la vigencia de la democracia es base fundamental y necesaria para poder construir el desarrollo sostenible, la organización, luego de aprobar su carta de navegación para consolidarla como el sistema de gobierno para las Américas, tenía como tarea inmediata concentrarse en redefinir su agenda social y complementar la Carta Democrática con una Carta Social de alcances comparables. Pero los trágicos sucesos del pasado 11 de septiembre han forzado un replanteamiento de prioridades y el tema de la seguridad ha vuelto a cobrar vigencia y urgencia. Y, al menos temporalmente, ha pospuesto tanto el desarrollo de la Carta Democrática como la discusión de la Carta Social.
La agenda de la OEA para los meses venideros se conformará con tres temas principales: la lucha contra el terrorismo y la seguridad hemisférica, el seguimiento de la Carta Democrática, y la revisión de la agenda social. Y como objetivo de más largo plazo también estará la reestructuración de la organización para adecuarla a las nuevas realidades que vive el continente, principalmente marcada por las directrices emanadas de las Cumbres de las Américas y por los acontecimientos que hemos vivido recientemente.
Nuestra máxima organización continental ha vuelto a cobrar protagonismo por los nuevos retos que debe enfrentar y puede estar al borde de un renacimiento que le restituya valor a los ojos de la opinión pública de sus países miembros.
La OEA fue concebida para proyectarse en dos dimensiones básicas: la promoción y defensa de la democracia y la cooperación para el desarrollo. En la promoción y defensa de la democracia nunca fue particularmente exitosa. Por demasiados años en su seno convivieron las dictaduras y las democracias.
Por sus pasadas actuaciones en el campo de la promoción y defensa de la democracia no hay mucho margen para felicitar a la OEA. Pero la circunstancia de que hoy, con excepción de una, todas las naciones del continente americano tengan regímenes democráticos, ha creado un nuevo marco para que la organización revise su papel y pueda concentrarse en sus fines esenciales, liberada de las limitaciones que le imponían socios indeseables.
Pero ¿acaso la organización ha incrementado su efectividad en la misma medida en que ha aumentado el número de los regímenes democráticos en América? Lamentablemente, no.
La reciente aprobación en la ciudad de Lima de la Carta Democrática ha dado un nuevo impulso al papel que la OEA debe cumplir en la promoción y defensa de la democracia. Este instrumento, por su comprensividad y actualización, constituye un adecuado marco político y jurídico para todas las acciones que desarrollará la OEA para contribuir a cimentar la cultura democrática en el continente.
Teniendo en cuenta que la vigencia de la democracia es base fundamental y necesaria para poder construir el desarrollo sostenible, la organización, luego de aprobar su carta de navegación para consolidarla como el sistema de gobierno para las Américas, tenía como tarea inmediata concentrarse en redefinir su agenda social y complementar la Carta Democrática con una Carta Social de alcances comparables. Pero los trágicos sucesos del pasado 11 de septiembre han forzado un replanteamiento de prioridades y el tema de la seguridad ha vuelto a cobrar vigencia y urgencia. Y, al menos temporalmente, ha pospuesto tanto el desarrollo de la Carta Democrática como la discusión de la Carta Social.
La agenda de la OEA para los meses venideros se conformará con tres temas principales: la lucha contra el terrorismo y la seguridad hemisférica, el seguimiento de la Carta Democrática, y la revisión de la agenda social. Y como objetivo de más largo plazo también estará la reestructuración de la organización para adecuarla a las nuevas realidades que vive el continente, principalmente marcada por las directrices emanadas de las Cumbres de las Américas y por los acontecimientos que hemos vivido recientemente.
Nuestra máxima organización continental ha vuelto a cobrar protagonismo por los nuevos retos que debe enfrentar y puede estar al borde de un renacimiento que le restituya valor a los ojos de la opinión pública de sus países miembros.