El respeto al derecho ajeno...
Benito Juárez, célebre estadista mexicano del siglo XIX, de raza india pura, llegó a ocupar la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de su país. En 1861 fue elegido presidente de la República y reelegido en 1867 y en 1871. Murió en el ejercicio de sus funciones. A él se debe la sentencia secular: "El respeto al derecho ajeno es la paz". En los países europeos y en las universidades americanas es usual escuchar esta sentencia como norma de derecho. Por lo visto, la presidenta Moscoso desconoce el sentido y alcance de lo dicho por Juárez. Atrincherada en lo que ella considera "su derecho" que, mediante decreto de junio de 2003, falto de moral y antidemocrático, violatorio del artículo 130 de la Constitución Nacional, dictó el Tribunal Electoral, favoreciendo su participación en campaña política las 24 horas del día, si así lo desea, a favor de la nómina presidencial oficialista y de los candidatos de su Partido Arnulfista. ¡Y qué importa el derecho ajeno!
Para los panameños y panameñas medianamente ilustrados, un elemento clave en la concepción del intelectual es una sensibilidad moral extraordinaria desarrollada, una preocupación por los valores morales y sus implicaciones socio-políticas. Por lo tanto, los intelectuales auténticos (de los que carece el desgobierno mireyista), se caracterizan por comprometerse sólidamente con los valores y en expresarlos con fuerza. Se supone que los impulsos morales y las posiciones políticas de los intelectuales van juntos, no tanto por propio interés, sino por fines elevados. A propósito, José Ingenieros nos dice: "El sentimiento de una obligación moral no es categoría lógica ni mandato divino; existe como producto de la convivencia y engendra sanciones efectivas en la conciencia social. La vida en común exige la aceptación del deber por cada individuo y el respeto de sus derechos por toda la sociedad; en la medida en que se armonizan la individual y lo social, condicionándose recíprocamente, la solidaridad reemplaza al antagonismo y la cooperación a la lucha". La ocasión convida a insistir en lo dicho. Quien, como presidente, convierte la función pública en un pretexto para satisfacer sus caprichos, en un trampolín para sus menguadas ambiciones, en un instrumento para su enriquecimiento ilícito o en un laboratorio de deshonestas maquinaciones en las que son ingredientes fatales el nepotismo, el favoritismo, la prebenda, el peculado y el soborno, burla el mandato conferido y traiciona la confianza prodigada, incurriendo en un delito de lesa dignidad patriótica. Quien ocupa o quien ocupe este alto cargo con espíritu desaprensivo, pensando sólo en la retribución material o en las ventanas personales o politiqueras que el mismo puede proporcionar, interpreta equivocadamente la función y usurpa un sitio que está reservado para un semejante mejor dotado y más útil en el terreno del orden general.
La autoridad del presidente de la República debe ejercerse por virtud de valores intelectuales, morales y espirituales. Su poder no puede ampararse en los fueros de la demagogia populachera ni en la magia del caudillismo. Aquellas prácticas nefastas del pasado, no tienen cabida en el presente y futuro de la Nación.
Como una contribución a la formación integral y en razón del proceso de la educación permanente, recomendamos a la señora presidenta las lecturas sobre enseñanza moral del Dr. José Ingenieros y del Dr. Justo Arosemena.
Para los panameños y panameñas medianamente ilustrados, un elemento clave en la concepción del intelectual es una sensibilidad moral extraordinaria desarrollada, una preocupación por los valores morales y sus implicaciones socio-políticas. Por lo tanto, los intelectuales auténticos (de los que carece el desgobierno mireyista), se caracterizan por comprometerse sólidamente con los valores y en expresarlos con fuerza. Se supone que los impulsos morales y las posiciones políticas de los intelectuales van juntos, no tanto por propio interés, sino por fines elevados. A propósito, José Ingenieros nos dice: "El sentimiento de una obligación moral no es categoría lógica ni mandato divino; existe como producto de la convivencia y engendra sanciones efectivas en la conciencia social. La vida en común exige la aceptación del deber por cada individuo y el respeto de sus derechos por toda la sociedad; en la medida en que se armonizan la individual y lo social, condicionándose recíprocamente, la solidaridad reemplaza al antagonismo y la cooperación a la lucha". La ocasión convida a insistir en lo dicho. Quien, como presidente, convierte la función pública en un pretexto para satisfacer sus caprichos, en un trampolín para sus menguadas ambiciones, en un instrumento para su enriquecimiento ilícito o en un laboratorio de deshonestas maquinaciones en las que son ingredientes fatales el nepotismo, el favoritismo, la prebenda, el peculado y el soborno, burla el mandato conferido y traiciona la confianza prodigada, incurriendo en un delito de lesa dignidad patriótica. Quien ocupa o quien ocupe este alto cargo con espíritu desaprensivo, pensando sólo en la retribución material o en las ventanas personales o politiqueras que el mismo puede proporcionar, interpreta equivocadamente la función y usurpa un sitio que está reservado para un semejante mejor dotado y más útil en el terreno del orden general.
La autoridad del presidente de la República debe ejercerse por virtud de valores intelectuales, morales y espirituales. Su poder no puede ampararse en los fueros de la demagogia populachera ni en la magia del caudillismo. Aquellas prácticas nefastas del pasado, no tienen cabida en el presente y futuro de la Nación.
Como una contribución a la formación integral y en razón del proceso de la educación permanente, recomendamos a la señora presidenta las lecturas sobre enseñanza moral del Dr. José Ingenieros y del Dr. Justo Arosemena.