El retorno de los brujos
Aprovecharse de las debilidades humanas o de las desventajas intelectuales de las personas es un acto de mala fe. Pero si esto mismo lo realizan religiosos con el aval de las instituciones a las que pertenecen, el hecho se transforma en crimen. El derecho a la vida en salud, esto es, en el disfrute del bienestar físico, psíquico y social, está protegido por las leyes y las instituciones y por la conciencia humana desde el devenir del desarrollo evolutivo de la humanidad.
Hace muy poco la Iglesia Católica Romana, en la voz de su máxima autoridad, afirmó que el demonio, en todas sus variedades de representación simbólica o de sus distintos nombres, es sólo una alegoría o una metáfora para designar la conducta malévola. Me resulta extraño y sumamente irritante que en 2,100 años de existencia la iglesia romana y la panameña hayan retrocedido a los tiempos primitivos cuando las catástrofes o las enfermedades y la tendencia criminal se le atribuían a espíritus malignos.
Los ritos de purificación por el fuego, la tortura o el exorcismo teatral son tan viejos como la humanidad y los brujos, chamanes o hechiceros se aprovechaban de tales situaciones para ejercer su dominio basados en el temor. Parece que nada ha cambiado desde entonces.
En Arquetipos e inconsciente colectivo Carl Jung afirma que tanto los procesos mentales conscientes como los inconscientes tienen una interconexión limitada, hecho que caracteriza la disociabilidad de la mente humana. Base para la formación de fenómenos de doble personalidad o de producción de ensoñamientos, delirios o alucinaciones, que se exacerban en las diferentes psicopatologías tan demonizadas hoy como ayer.
En la actualidad, el concepto de religiosidad tiene un significado más vasto y está ligado al poder económico, político y psicológico (M. Harris). Los antropólogos creen que los ritos están ligados a una experiencia religiosa emocional extraordinaria que causa asombro o temor y que sería la causa primitiva del instinto de lo sagrado, aquello que calma o alivia la causa primaria de aquella experiencia religiosa.
Según Harris, la organización de las creencias se pueden dividir en cultos individualistas, chamánicos, comunitarios y eclesiásticos. Este último ejercido por profesionales burocráticos que monopolizan la celebración de los ritos. Normalmente las burocracias eclesiásticas están estrechamente vinculadas con los poderes terrenales. Tal como sucede en la disociabilidad de la mente, al parecer, la de nuestra sociedad se halla dividida entre el boom del progreso y el retorno de los brujos.
Nuestras autoridades deben poner coto a esta manipulación psicológica de nuestro pueblo tan venenosa para la salud mental como lo ha sido el dietilenglicol para el cuerpo. Las autoridades tienen la obligación constitucional de preservar primero la salud y el bienestar del pueblo, y después la libertad de cultos dentro de los parámetros que los separan de la brujería y demás creencias manipuladoras y pornográficas que se aprovechan de la inocencia y credibilidad de la gente.