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El robo nuestro de cada día


En cuatro meses me robaron, primero, los dos espejos retrovisores y, segundo, la rueda de repuesto de mi automóvil. Después me rompieron un cristal con el ánimo inconfesable de robar en su interior. Unos días antes había desaparecido mi abrigo. En el mercado negro logré conseguir los repuestos, más baratos, igualitos a los míos, tanto que parecían ser los míos. A él llegué después de no encontrarlos en el formal.
Un amigo fascistón me dijo que había tenido suerte, que a otros les quitan directamente el auto completo. Además, me interrogó: "¿No has visto cómo a los choferes de micros los asaltan a diario y hasta sale el espectáculo en la televisión? ¿Y qué me dices de los robos hasta con violación de gente bien, en pisos altos de los edificios? ¿Y los impuestos hurtones que suben sistemáticamente desde que gobierna la Concertación?"
¡Ya, córtala con tu discurso político!, le dije. Tienes que pensar positivo, como yo, que estoy considerando comprar otro auto más chico, con repuestos más baratos y bajo gasto de bencina, para ahorrar y contaminar menos. En una de ésas hasta dejo de manejar y comienzo a trasladarme en bus, como quieren nuestros gobernantes que, al parecer, se creen los únicos con derecho a conducir autos. Ellos no contaminan -en verdad, lo hacen sus choferes-, no les roban y, si ocurriera, ahí está el "gasto social".
Tratando de pensar positivo, como sugiere una de las 47 campañas oficiales que pagamos todos, me dije: soy un privilegiado. Muevo mi auto entre tres estacionamientos privados y seguros, mientras los demás andan desprotegidos. Me desplazo sólo por barrios de los mejores y no me roban ni asaltan al ingresar a media tarde en la población, como ocurre con muchos conciudadanos. Tampoco me han cartereado en el bus o en el centro. Y no me han birlado el auto, como a otros. ¡Además, infeliz, agradece a Dios por todo lo que te ha dado y por estar vivo y con salud! Es lo que hice el último domingo, pero hoy es martes.
En Chile roban y asaltan como nunca antes. Ni como cuando había más de 20 por ciento de desempleo. Porque por ahí no va la explicación. Lo que ocurre es que la Concertación relajó las leyes y ahora el crimen es muy rentable. Bien se sabe que los delincuentes, como profesionales que son, actúan en forma muy racional. Y si el malandrín es sorprendido, no tiene problema alguno en ocultar lo hurtado frente a la policía y, con gran soltura, mostrará su cédula de identidad, seguramente falsa, y se alejará muy suelto de cuerpo, dejando a la víctima sumida en la más profunda incredulidad. Incluso se percibe un ambiente de desquite social con los que tienen algo para robarles.
Los impuestos no van a las funciones de seguridad y justicia porque se prefiere destinarlos a "gasto social", es decir, a programas inútiles, a inspectores, a burocracia y a protegernos de todo, menos de lo que importa. La policía, dedicada a la inútil guerra contra la droga y a multar a los que conducen, descuida el crimen tradicional, que es el único verdadero.
Es el viejo socialismo, que agranda el parasitaje estatal y gasta en regulaciones y decenas de programas y organismos inútiles, en lugar de invertir en justicia, seguridad, resguardo de la propiedad, de la ley y los contratos, para que los chilenos trabajen y creen con libertad.
(c)* Profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile. www.aipenet.com

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