El rostro de Carondas
El secuestro es un delito, en cualquier parte del mundo, intolerable. Se trata de una acción ilícita que rompe todos los esquemas de la civilidad humana. El camino o recorrido criminal de la acción se inicia en etiquetar, por parte de una delincuencia organizada, auténticas asociaciones ilícitas para la generación de delitos, la vida de hombres, mujeres y hasta de niños, con altos precios o costos y exigiendo la paga o entrega de cuantiosas sumas de dineros, en la generalidad de los casos, y ello a cambio de preservarles el derecho primigenio que es la vida.
La palabra secuestro, su sentido y alcance, es sinónimo de desastre, de caos y la misma entraña una inversión total de los valores supremos que alientan e inspiran a toda sociedad o expresión de civilidad humana.
Los secuestradores son personas pusilánimes, almas genuflexas, míseras, en quienes se ausenta el aprecio o estima por el valor vida, paz, familia, hijos, trabajo, sacrificios, esfuerzos y toda expresión de concordia societaria les es irrelevante, absolutamente indiferente. Instrumentalizan a hombres y mujeres de bien, de economías relevantes, de labores constantes, y que de una u otra manera, en base a sus esfuerzos y méritos, arduos trabajos, o ya sea por herencia o destino de la vida, han amasado fortunas, para arrancar de ellos, aplicando la ley del menor esfuerzo, sumas de dinero, muchas veces, inconsignables por parte de familiares y amigos.
La amenaza del secuestrador siempre es una: causar daños o estragos irreversibles, dando prioridad al mayor de ellos: acabar con la vida por ellos victimizada.
El secuestro germina allí en donde la seguridad escasea; se desarrollo allí en donde la tierra de la discordia constituye suelo abonado para que germine y fructifique el desasosiego doméstico y por ello nuestras calles y avenidas, aún nuestras propias casas, se convierten en sitios de incertidumbre, inestabilidad e inseguridad para los ciudadanos. Mensajeros de la muerte son los secuestradores; Carontes que buscan, afanosamente, debajo de la lengua de los secuestrados, la paga que traduce un viaje por la laguna Estigia; ellos son seres humanos sin alma porque la han entregado al señor de lo tenebroso.
Los aliados de los secuestradores son, del mismo modo, espíritus genuflexos; siguen la suerte de lo principal. Lo peor, que estos aliados, coautores, cómplices, también se encuentren dentro de los propios estamentos que por Estado y por Ley están llamados a brindar seguridad a todos cuanto vivimos en este terruño patrio; que por Constitución deben proteger la vida, honra y bienes de nacionales y transeúntes. ¡Que miembros de la Policía Nacional estén inmersos en olas del macrocrimen!, suena insólito, ¡pero sucede!
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