El salario del maestro
Hace cuatro años señalábamos en un artículo (sobre el salario del maestro), lo siguiente: “Acerca de la labor del maestro se han formado muchos prejuicios (tanto en el pasado como en el presente), y tal vez el mismo maestro, sin pensarlo, ha contribuido a formar esos prejuicios”. Entonces los gremios docentes luchaban, como lo hacen hoy, por un aumento de salario. Ahora bien, es el maestro quien debe convencer a todo el mundo de que su labor vale: debe procurar hacerse “pagar bien” y no cometer el error de alegar un desinterés que no siente. ¡Pero sus métodos deben ser distintos a los del comerciante!
El maestro debe imponerse al público por la nobleza y eficacia de su labor. Una cosa es pensar tan sólo en el dinero y otra muy distinta es pensar que sin un salario adecuado es imposible llevar a cabo la labor que se ejecuta. En esto se distingue precisamente el profesional del que no lo es. Mientras el maestro enseña, así como el médico mientras receta, no debe estar pensando en el dinero. Todo su espíritu, todas sus energías, todo el acervo de sus conocimientos deben estar concentrados en todo momento en la labor que ejecuta, sin atención alguna al número de dólares que habrá de cobrar.
En verdad, el maestro debe ganar suficiente dinero para vivir con decencia y decoro, si su labor ha de ser todo lo que de ella se espera. ¡Los tiempos del maestro tradicional, muerto de hambre y raído, han pasado para siempre! Sin arrogancia, sin pedantería, pero con el sentimiento noble y sincero de su importancia, el maestro debe hablar de sus derechos en el mismo tono en que habla de sus deberes, y luchar porque aquellos les sean reconocidos, en la seguridad de que si él se sitúa en el terreno de la dignidad profesional, ninguna crítica justa podrá alcanzarlo.
El hecho de que el Estado se muestre más bien renuente a reconocer honorarios proporcionales a la importancia y trascendencia de su labor, no da derecho al maestro para rebajar las normas de su labor profesional, ni siquiera para quejarse de su profesión. ¿No le gusta, porque está mal remunerada? Abandónela pero no la desacredite. En lugar de mirar con desagrado las exigencias que para su ejercicio se presentan: exámenes frecuentes, normas elevadas de conducta, decencia en el hablar y en el vestir, sobriedad, discreción, etc., considérelas el maestro como una prueba de excelencia de su profesión. ¿Pueden todos llenar estos requisitos? Si todos los hombres y mujeres pudieran, ¿valdría la pena ser maestro o maestra?
Si el maestro procede así, dignamente, persuadido en su interior de que no es un cualquiera, de que en el ejemplo de su conducta se moldean las futuras generaciones; de que merece respeto y consideración del género humano, pero que, al mismo tiempo, es demasiado digno para suplicarlos, y mucho más para llorarlos; y tiene fe, por el contrario, en que procediendo con firmeza y dignidad, la humanidad le hará amplia justicia, puede estar seguro de que ella vendrá, pero no por ningún otro camino que el de la rectitud y el honor.