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El Sao Paulo urbanístico



Conocer en su integridad la capital industrial y comercial de Brasil no es fácil. Sao Paulo es una ciudad inmensa en superficie y en habitantes, tanto que ha absorbido a otras más pequeñas de su periferia. Nadie sabe hoy a ciencia cierta cuántas personas viven en ella; pero cifras conservadoras hablan de 20 millones de almas, y algunos de 40 millones. Puede ser la segunda o tercera ciudad más poblada del planeta.
Las noticias la proyectan como un desordenado complejo urbanístico e industrial, preñado de problemas sociales, contaminación y delincuencia. Tal vez lo sea, pero por lo general, uno no nota sino el encanto de sus ordenados contrastes. Muchos se quejan de los "bandidos"; pero dicen que cuando aparecen, llega la Policía, disparando primero y preguntando después. Lo demás, aseguran, es asunto de hospital, enterradores y abogados.
Para empezar, uno se sorprende de encontrar extensos y numerosos barrios residenciales, compuestos por amplios parques arbolados cercados, anchas avenidas y aceras, pasos peatonales en forma de arco, vigilancia por doquier y fastuosas mansiones de al menos siglo y medio, en excelentes condiciones de mantenimiento, que ostentan una elegancia sin par. En medio de esos regios barrios residenciales, a nadie se le ocurre autorizar o construir un rascacielos; y si bien el comercio ha invadido algunas de sus zonas, tal se desarrolla en los mismos elegantes edificios, cuyas remodelaciones siguen y armonizan a la perfección con la arquitectura de antaño.
En los corazones comerciales hay edificios muy altos, tan apiñados como en Paitilla, sólo que las vías son anchísimas, tanto que algunas tienen hasta nueve carriles. Los pasos peatonales arqueados permiten que personas en bicicleta, sillas de ruedas y ancianos puedan usarlos sin mayor esfuerzo.
El transporte público está a cargo de un servicio de metro subterráneo y de grandes buses cuadrados Mercedes Benz, en la superficie, todos nuevos, de fabricación local, de sobria apariencia, dotados de cinco puertas para su ágil ingreso y desalojo. En las paradas todos guardan estricta fila sin invadir el carril vecino. Ninguno anda fuera de ruta. Nadie pita ni hay música estridente ni ruido. No se nota contaminación, pues los vehículos andan simultáneamente con gas, etanol y gasolina, pudiendo elegir entre cualquiera de los tres con sólo apretar un botón. Los taxis son de color negro y amarillo a dos tonos, manejados por conductores corteses y de buen aspecto.

101 años de Panamá América

 
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