El secuestro de la democracia
Cada día que pasa me convenzo más de que el país camina hacia una gran explosión social. ¿Cuándo? No lo sabemos. No hay que dominar las ciencias sociales para darse cuenta que en la fenomología social panameña se vienen sucediendo hechos y actos que se reiteran generando un clima que viene dando cuenta de un desgaste de nuestras instituciones jurídico-políticas y en la cual también se encuentran sumergidas tradicionales nomenclaturas que se autodefinen como conductora y dirigente de los diversos componentes de la sociedad civil.
El cuadro descrito genera lo que en la ciencia política se denomina un vacío de liderazgo y conducción. El sistema jurídico-político en su totalidad ya no funciona como el instrumental que hace posible el funcionamiento coherente y armonioso de la formación social panameña. El contexto descrito eventualmente pudiera ser catastrófico, sobre todo cuando al o en el nivel de la superestructura política y jurídica se produce un atrofiamiento del Estado de derecho-constitucional que da cuenta de lo que Nicos Poulantza denominaba el fenómeno de la legalidad permanentemente, perforada de ilegalidad o sencillamente la de un derecho instrumentalizado para despropósito que al final terminan enervando la democracia y en tal crisis la legitimidad de sus actores. Como diría Jurgen Habermas "un derecho en tal situación no sería derecho".
El tema de la corrupción de las legislaturas y del manejo de la administración y la parsimonia judicial centrados en enfoques o intereses particularizados por encima de lo que son propósitos nacionales y propios de un Estado constitucional democrático y de derecho perfila lo que brillantemente el maestro y politólogo Rene Zavaleta Mercado describía como el fenómeno del Estado prebendario, que subsiste y funciona sustentado en los arreglos y compromisos de naturaleza prebendarias. En un Estado de esta naturaleza, el mismo pierde referencia con la sociedad. Es un Estado que construye equilibrios frágiles y es por eso que ante la mínima insatisfacción de los compromisos acordados produce sacudimiento de toda la vida institucional del país. Evidentemente, cuando el país llega a este estado de situaciones, de algún lugar tendrán que aparecer los resortes o factores de poder ordenadores de la democracia. En esta perspectiva, los demócratas panameños tenemos la responsabilidad y el desafío de hacer valer lo que la Constitución, en su artículo 2, señala y describe como el verdadero poder de los poderes: el pueblo panameño.
No olvidemos que la democracia es opinión deliberativa permanente traducida en acción de poder comunicante y rectificadora de la mala gestión y conducción del todo estatal. ¡Salvemos a la democracia de sus secuestradores!
El cuadro descrito genera lo que en la ciencia política se denomina un vacío de liderazgo y conducción. El sistema jurídico-político en su totalidad ya no funciona como el instrumental que hace posible el funcionamiento coherente y armonioso de la formación social panameña. El contexto descrito eventualmente pudiera ser catastrófico, sobre todo cuando al o en el nivel de la superestructura política y jurídica se produce un atrofiamiento del Estado de derecho-constitucional que da cuenta de lo que Nicos Poulantza denominaba el fenómeno de la legalidad permanentemente, perforada de ilegalidad o sencillamente la de un derecho instrumentalizado para despropósito que al final terminan enervando la democracia y en tal crisis la legitimidad de sus actores. Como diría Jurgen Habermas "un derecho en tal situación no sería derecho".
El tema de la corrupción de las legislaturas y del manejo de la administración y la parsimonia judicial centrados en enfoques o intereses particularizados por encima de lo que son propósitos nacionales y propios de un Estado constitucional democrático y de derecho perfila lo que brillantemente el maestro y politólogo Rene Zavaleta Mercado describía como el fenómeno del Estado prebendario, que subsiste y funciona sustentado en los arreglos y compromisos de naturaleza prebendarias. En un Estado de esta naturaleza, el mismo pierde referencia con la sociedad. Es un Estado que construye equilibrios frágiles y es por eso que ante la mínima insatisfacción de los compromisos acordados produce sacudimiento de toda la vida institucional del país. Evidentemente, cuando el país llega a este estado de situaciones, de algún lugar tendrán que aparecer los resortes o factores de poder ordenadores de la democracia. En esta perspectiva, los demócratas panameños tenemos la responsabilidad y el desafío de hacer valer lo que la Constitución, en su artículo 2, señala y describe como el verdadero poder de los poderes: el pueblo panameño.
No olvidemos que la democracia es opinión deliberativa permanente traducida en acción de poder comunicante y rectificadora de la mala gestión y conducción del todo estatal. ¡Salvemos a la democracia de sus secuestradores!