El Seguro Social en el centro del debate y las opciones salvajes
LA LUCHA POR EL poder está en la agenda de todas las organizaciones, y quienes lo buscan, inclusive con buenas intenciones, aprovechan cualquier debate relacionado con los problemas sociales para encumbrarse o sacar ventajas personales en vez de consensos y soluciones colectivas.
En todo debate público participan personalidades con patologías definidas: oportunistas, mesiánicas, disrítmicas, fantasiosas, traumatizadas, exhibicionistas, violentas y hasta criminales, fáciles de identificar por sus estereotipos. Las más peligrosas son las oportunistas, mesiánicas o fantasiosas, porque su fondo irracional es difícil de percibir (incluso por ellos mismos) y por una población acostumbrada a escuchar y ser manipulada.
Oportunistas y mesiánicos coinciden, aun cuando sus agendas sean diferentes. Pero se los puede identificar. Los oportunistas generalmente empiezan como dirigentes sindicales, después evolucionan como diputados o ministros y, por último, se transforman en millonarios. El propósito sine qua non de los mesiánicos, en cambio, es la destrucción del Estado y del sistema de vida vigente.
Las cúpulas del capitalismo salvaje y del sindicalismo salvaje actúan como caras de la misma moneda. El denominador común de ambas propuestas es el salvajismo. El poder de las cúpulas del capitalismo salvaje se basa en el control de la sociedad global y esperan con optimismo, en este caso, la falta de consensos para privatizar, después de su quiebra, la Caja del Seguro Social (CSS). El sindicalismo salvaje está dispuesto a sacrificar lo que haya que sacrificar, en este caso, el Seguro Social, con el objeto de levantar sobre sus cenizas "la nueva sociedad".
Esta coincidencia de resultados convierte a las cúpulas salvajes capitalistas y sindicales, con propósitos opuestos, en cómplices sistémicos.
El poder de las cúpulas del sindicalismo salvaje se basa en la apatía de sus respectivas clientelas a través de un discurso de ataques y reclamos a los gobernantes de turno.
Las clientelas, manipuladas e ingenuas confían en quienes hablan más duro y reclaman más, o simplemente descargan en sus "dirigentes" las responsabilidades gremiales, lo que provoca en muchas ocasiones el triunfo de la barbarie sobre la inteligencia.
La pregunta es: ¿quién se beneficiaría si el Seguro Social no fortalece el fondo de ahorros e inversiones indispensable para salvar sus programas y constituirse en uno de los fundamentos del desarrollo humano sostenible, tal y como lo entienden hoy los países pobres y dependientes en su tránsito al Primer Mundo? Sin suda, el beneficiado será el capitalismo salvaje.
Fácil sería dejar las cosas como están. Pero, si eso ocurriera, el Seguro Social, solidario desaparecería, la capitalización privada sustituiría a la capitalización colectiva, el capitalismo salvaje incrementaría su poder, los pobres empobrecerían aún más y el sindicalismo salvaje, con lágrimas de cocodrilo, volvería a fracasar en su intento de levantar sobre las cenizas del capitalismo un mundo mejor.
Cierto: otro mundo es posible. En Porto Alegre y otros escenarios se debaten las opciones de una nueva sociedad refractaria al capitalismo salvaje o neoliberalismo. Pero la inteligencia mundial descarta toda posibilidad de construirla destruyendo el ahorro y la riqueza nacional. Por el contrario, esa acumulación debe servir de fundamento a la construcción de la nueva sociedad.
En todo debate público participan personalidades con patologías definidas: oportunistas, mesiánicas, disrítmicas, fantasiosas, traumatizadas, exhibicionistas, violentas y hasta criminales, fáciles de identificar por sus estereotipos. Las más peligrosas son las oportunistas, mesiánicas o fantasiosas, porque su fondo irracional es difícil de percibir (incluso por ellos mismos) y por una población acostumbrada a escuchar y ser manipulada.
Oportunistas y mesiánicos coinciden, aun cuando sus agendas sean diferentes. Pero se los puede identificar. Los oportunistas generalmente empiezan como dirigentes sindicales, después evolucionan como diputados o ministros y, por último, se transforman en millonarios. El propósito sine qua non de los mesiánicos, en cambio, es la destrucción del Estado y del sistema de vida vigente.
Las cúpulas del capitalismo salvaje y del sindicalismo salvaje actúan como caras de la misma moneda. El denominador común de ambas propuestas es el salvajismo. El poder de las cúpulas del capitalismo salvaje se basa en el control de la sociedad global y esperan con optimismo, en este caso, la falta de consensos para privatizar, después de su quiebra, la Caja del Seguro Social (CSS). El sindicalismo salvaje está dispuesto a sacrificar lo que haya que sacrificar, en este caso, el Seguro Social, con el objeto de levantar sobre sus cenizas "la nueva sociedad".
Esta coincidencia de resultados convierte a las cúpulas salvajes capitalistas y sindicales, con propósitos opuestos, en cómplices sistémicos.
El poder de las cúpulas del sindicalismo salvaje se basa en la apatía de sus respectivas clientelas a través de un discurso de ataques y reclamos a los gobernantes de turno.
Las clientelas, manipuladas e ingenuas confían en quienes hablan más duro y reclaman más, o simplemente descargan en sus "dirigentes" las responsabilidades gremiales, lo que provoca en muchas ocasiones el triunfo de la barbarie sobre la inteligencia.
La pregunta es: ¿quién se beneficiaría si el Seguro Social no fortalece el fondo de ahorros e inversiones indispensable para salvar sus programas y constituirse en uno de los fundamentos del desarrollo humano sostenible, tal y como lo entienden hoy los países pobres y dependientes en su tránsito al Primer Mundo? Sin suda, el beneficiado será el capitalismo salvaje.
Fácil sería dejar las cosas como están. Pero, si eso ocurriera, el Seguro Social, solidario desaparecería, la capitalización privada sustituiría a la capitalización colectiva, el capitalismo salvaje incrementaría su poder, los pobres empobrecerían aún más y el sindicalismo salvaje, con lágrimas de cocodrilo, volvería a fracasar en su intento de levantar sobre las cenizas del capitalismo un mundo mejor.
Cierto: otro mundo es posible. En Porto Alegre y otros escenarios se debaten las opciones de una nueva sociedad refractaria al capitalismo salvaje o neoliberalismo. Pero la inteligencia mundial descarta toda posibilidad de construirla destruyendo el ahorro y la riqueza nacional. Por el contrario, esa acumulación debe servir de fundamento a la construcción de la nueva sociedad.