El Seguro Social: ¿Nuevamente los más pobres?
NO HAY QUE ser clarividente para saber que en tema de las reformas a la Caja de Seguro Social, de un lado, estarán los trabajadores y aquellos profesionales que tengan el coraje de caminar junto a ellos y, del otro, el gobierno y los sectores empresariales que, por haber adelantado posiciones coincidentes, terminarán hermanados y remando en la misma dirección.
Por los avances que "han comenzado a filtrarse" las "medidas salvadoras" sólo afectarán a los asalariados. Si se aumentan las edades de jubilación, la cantidad de cuotas o su monto, en poco o nada se afectarían los dueños de empresas. Ellos no tienen problema para "mantener sus empleos" después de los 57 ó 62 años que ahora se exigen para la jubilación. Tampoco tienen problema para cotizar 5 ó 10 años más si el número de cuotas se aumenta a 240 o 300. Y en cuanto al aumento de la cuota patronal, aunque al inicio pudieran desplegarse en aspavientos, al final la aceptarían, porque, con toda seguridad, sería la mitad o menos del que se impondría a los trabajadores, y lo trasladarían a sus consumidores.
En el tema del Seguro Social, por la ofensiva desplegada en los medios de comunicación, se busca convencernos de que la Caja colapsará, a menos que los asalariados acepten, junto con el aumento de la edad de jubilación, de los años de cotización y de la cuota obrera, que se reduzcan el monto básico de las pensiones o que se las privatice y se eliminen o recorten sustancialmente las prestaciones de los beneficiarios.
La campaña sobre la inminente debacle del Seguro Social, que ha sido bien orquestada y matizada de terrorismo sicológico, ha conseguido, hay que reconocerlo, que los cotizantes jóvenes piensen que no llegarán a jubilarse. Y, además, que sólo se hable del difícil presente del Seguro Social, pero no del pasado ni de las causas que lo generaron.
Para que el debate sobre el Seguro Social pueda ser verdaderamente productivo, habría que comenzar por aclarar sus objetivos y discriminar los problemas reales, que no es uno solo sino varios, pero de naturaleza distinta. Por tanto, deben separarse según como afecten a cada uno de los diferentes programas que maneja la institución. Cada uno de ellos tiene problemas y soluciones diferentes y, por consiguiente, no deben mezclarse como si de un sancocho se tratara.
Como el monto total de las cuotas que recibe el Seguro Social se divide en porcentajes que se reparten entre los diferentes programas y cada uno tiene contabilidad separada, si hay un déficit en las cuentas del Programa de Administración, éste no tiene porqué afectar, por ejemplo, al de Riesgos Profesionales, o viceversa.
Tratar, como si fueran uno solo, los problemas que afectan a programas que son diferentes y separados no es la única confusión que impide centrar el debate sobre el Seguro Social. También contribuye a distorsionarlo que se mezclen el "déficit actuarial", que se refiere, exclusivamente, a las reservas del Programa de Vejez, Invalidez y Muerte, con el "déficit operativo", que se refiere a la falta de fondos para atender las actividades administrativas de la Caja.
El problema principal que existe en la Caja de Seguro Social radica en el Programa de Vejez, Invalidez y Muerte y, más específicamente, en el sistema de pensiones. En los otros programas no existe ninguna "crisis", como fácilmente puede demostrarse. Los problemas que puedan afectarlos tienen soluciones fáciles y a corto plazo, mediante medidas meramente administrativas y, por ello, no se deben magnificar.
En cuanto el sistema de pensiones, es innegable que éste "podría" confrontar una crisis, a mediano plazo, si no se adoptan los correctivos necesarios. Pero las soluciones que pudieran aplicarse no deben ser solamente "para de ahora en adelante", borrando el pasado. Se debe ir hacia atrás y revisar y exigir cuentas a todos los causantes de los problemas presentes. Entre ellos, las estafas millonarias de los programas de vivienda; las deudas millonarias acumuladas por los patronos que no pagaron sus cuotas y, además, se apropiaron las que descontaron a los trabajadores; y los incumplimientos del Estado de sus obligaciones con el Fondo Complementario y su indebida utilización para pagar jubilaciones especiales.
Como vienen presentándose las cosas, tal pareciera que los asalariados y sus beneficiarios son los causantes de los problemas que enfrenta el Seguro Social. Eso no sólo es injusto sino también falso y, por tanto, no deben ser los chivos expiatorios.
Por los avances que "han comenzado a filtrarse" las "medidas salvadoras" sólo afectarán a los asalariados. Si se aumentan las edades de jubilación, la cantidad de cuotas o su monto, en poco o nada se afectarían los dueños de empresas. Ellos no tienen problema para "mantener sus empleos" después de los 57 ó 62 años que ahora se exigen para la jubilación. Tampoco tienen problema para cotizar 5 ó 10 años más si el número de cuotas se aumenta a 240 o 300. Y en cuanto al aumento de la cuota patronal, aunque al inicio pudieran desplegarse en aspavientos, al final la aceptarían, porque, con toda seguridad, sería la mitad o menos del que se impondría a los trabajadores, y lo trasladarían a sus consumidores.
En el tema del Seguro Social, por la ofensiva desplegada en los medios de comunicación, se busca convencernos de que la Caja colapsará, a menos que los asalariados acepten, junto con el aumento de la edad de jubilación, de los años de cotización y de la cuota obrera, que se reduzcan el monto básico de las pensiones o que se las privatice y se eliminen o recorten sustancialmente las prestaciones de los beneficiarios.
La campaña sobre la inminente debacle del Seguro Social, que ha sido bien orquestada y matizada de terrorismo sicológico, ha conseguido, hay que reconocerlo, que los cotizantes jóvenes piensen que no llegarán a jubilarse. Y, además, que sólo se hable del difícil presente del Seguro Social, pero no del pasado ni de las causas que lo generaron.
Para que el debate sobre el Seguro Social pueda ser verdaderamente productivo, habría que comenzar por aclarar sus objetivos y discriminar los problemas reales, que no es uno solo sino varios, pero de naturaleza distinta. Por tanto, deben separarse según como afecten a cada uno de los diferentes programas que maneja la institución. Cada uno de ellos tiene problemas y soluciones diferentes y, por consiguiente, no deben mezclarse como si de un sancocho se tratara.
Como el monto total de las cuotas que recibe el Seguro Social se divide en porcentajes que se reparten entre los diferentes programas y cada uno tiene contabilidad separada, si hay un déficit en las cuentas del Programa de Administración, éste no tiene porqué afectar, por ejemplo, al de Riesgos Profesionales, o viceversa.
Tratar, como si fueran uno solo, los problemas que afectan a programas que son diferentes y separados no es la única confusión que impide centrar el debate sobre el Seguro Social. También contribuye a distorsionarlo que se mezclen el "déficit actuarial", que se refiere, exclusivamente, a las reservas del Programa de Vejez, Invalidez y Muerte, con el "déficit operativo", que se refiere a la falta de fondos para atender las actividades administrativas de la Caja.
El problema principal que existe en la Caja de Seguro Social radica en el Programa de Vejez, Invalidez y Muerte y, más específicamente, en el sistema de pensiones. En los otros programas no existe ninguna "crisis", como fácilmente puede demostrarse. Los problemas que puedan afectarlos tienen soluciones fáciles y a corto plazo, mediante medidas meramente administrativas y, por ello, no se deben magnificar.
En cuanto el sistema de pensiones, es innegable que éste "podría" confrontar una crisis, a mediano plazo, si no se adoptan los correctivos necesarios. Pero las soluciones que pudieran aplicarse no deben ser solamente "para de ahora en adelante", borrando el pasado. Se debe ir hacia atrás y revisar y exigir cuentas a todos los causantes de los problemas presentes. Entre ellos, las estafas millonarias de los programas de vivienda; las deudas millonarias acumuladas por los patronos que no pagaron sus cuotas y, además, se apropiaron las que descontaron a los trabajadores; y los incumplimientos del Estado de sus obligaciones con el Fondo Complementario y su indebida utilización para pagar jubilaciones especiales.
Como vienen presentándose las cosas, tal pareciera que los asalariados y sus beneficiarios son los causantes de los problemas que enfrenta el Seguro Social. Eso no sólo es injusto sino también falso y, por tanto, no deben ser los chivos expiatorios.