El Senado y los ensayos nucleares
Desoyendo el dramático llamado de más de 100 países reunidos en Viena la semana pasada, para que Estados Unidos diera el ejemplo y ratificara a través de su Congreso el Tratado de Proscripción Total de Ensayos Nucleares, el Senado se apresta a postergar indefinidamente la votación para evitar un categórico rechazo del convenio que fuera suscrito por el presidente Bill Clinton en 1996.
El mandatario, junto a un numeroso pero insuficiente grupo de parlamentarios, habían estado exhortando a una rápida aprobación del convenio y alertando acerca de los efectos desastrosos que sobre el resto de la comunidad internacional tendría un eventual rechazo del Senado.
Mas transcurrieron los días y, pese a los esfuerzos, el tratado no logró el apoyo de la mayoría republicana por considerar que "su adopción pondría en riesgo la seguridad nacional, al impedir el mantenimiento operacional de su arsenal nuclear", lenguaje usado como sinónimo de los trabajos de miniaturización de bombas atómicas para su posible empleo en guerras de baja y mediana intensidad.
La terminación de la Guerra Fría, que dejó como única superpotencia mundial a Estados Unidos, ha hecho obsoleta las viejas y pasadas bombas atómicas, cuyo empleo hoy más que ayer, se vislumbra remoto y absurdo, por no decir imposible. Además, el uso de bombas nucleares de gran potencia, después de la experiencia de Chernobil, tendría siempre connotaciones de suicidio, por la vulnerabilidad de la atmósfera, tierras y aguas, que comparten todos los habitantes de un planeta vital y en movimiento, afectando incluso a quienes tiren primero del gatillo.
Pero por otro lado, la postura del Senado no está ausente de un alto grado de arrogancia de quien se sabe poder supremo del mundo y para quien es innecesario guardar apariencias, dada la ausencia de contrapesos. Tratados similares, tan enconadamente negociados y suscritos con la antigua Unión Soviética, no tendrían sentido para el Estados Unidos de hoy.
Paralelamente, sin embargo, se advierte un grave grado de miopía en los senadores que critican el convenio, quienes olvidan que la tecnología de las armas atómicas está hoy en manos de un número creciente de países, entre ellos Corea del Norte, cuyos ensayos balísticos les ha permitido demostrar poder suficiente para alcanzar Hawaii y colocar satélites en órbita.
India y Pakistán, por ejemplo, periódicamente se trenzan en guerras fronterizas, teniendo cada cual un dedo en el botón nuclear. Irán, Israel e Irak también tienen capacidad nuclear y están en condiciones de exportar la tecnología a naciones cuyo radicalismo religioso y político pueden poner en peligro al mundo. Y en ese cuadro dantesco, la prohibición absoluta de los ensayos nucleares es el único freno a una carrera insensata hacia la autodestrucción. Pero el Senado aun no lo entiende, ni siquiera con el golpe militar en Pakistán y la inmediata puesta en alerta del ejército de India.
El mandatario, junto a un numeroso pero insuficiente grupo de parlamentarios, habían estado exhortando a una rápida aprobación del convenio y alertando acerca de los efectos desastrosos que sobre el resto de la comunidad internacional tendría un eventual rechazo del Senado.
Mas transcurrieron los días y, pese a los esfuerzos, el tratado no logró el apoyo de la mayoría republicana por considerar que "su adopción pondría en riesgo la seguridad nacional, al impedir el mantenimiento operacional de su arsenal nuclear", lenguaje usado como sinónimo de los trabajos de miniaturización de bombas atómicas para su posible empleo en guerras de baja y mediana intensidad.
La terminación de la Guerra Fría, que dejó como única superpotencia mundial a Estados Unidos, ha hecho obsoleta las viejas y pasadas bombas atómicas, cuyo empleo hoy más que ayer, se vislumbra remoto y absurdo, por no decir imposible. Además, el uso de bombas nucleares de gran potencia, después de la experiencia de Chernobil, tendría siempre connotaciones de suicidio, por la vulnerabilidad de la atmósfera, tierras y aguas, que comparten todos los habitantes de un planeta vital y en movimiento, afectando incluso a quienes tiren primero del gatillo.
Pero por otro lado, la postura del Senado no está ausente de un alto grado de arrogancia de quien se sabe poder supremo del mundo y para quien es innecesario guardar apariencias, dada la ausencia de contrapesos. Tratados similares, tan enconadamente negociados y suscritos con la antigua Unión Soviética, no tendrían sentido para el Estados Unidos de hoy.
Paralelamente, sin embargo, se advierte un grave grado de miopía en los senadores que critican el convenio, quienes olvidan que la tecnología de las armas atómicas está hoy en manos de un número creciente de países, entre ellos Corea del Norte, cuyos ensayos balísticos les ha permitido demostrar poder suficiente para alcanzar Hawaii y colocar satélites en órbita.
India y Pakistán, por ejemplo, periódicamente se trenzan en guerras fronterizas, teniendo cada cual un dedo en el botón nuclear. Irán, Israel e Irak también tienen capacidad nuclear y están en condiciones de exportar la tecnología a naciones cuyo radicalismo religioso y político pueden poner en peligro al mundo. Y en ese cuadro dantesco, la prohibición absoluta de los ensayos nucleares es el único freno a una carrera insensata hacia la autodestrucción. Pero el Senado aun no lo entiende, ni siquiera con el golpe militar en Pakistán y la inmediata puesta en alerta del ejército de India.