El servicio de transporte
Entre muchas cosas interesantes de esa ciudad llamó poderosamente mi atención la organización del servicio de autobuses. Alojado en un apartamento en las afueras, me transportaba al centro, donde se ubica el hospital y la Escuela de Salud Pública. Más que un servicio de autobuses, parecía un servicio de trenes. En cada parada se indicaba la hora a la cual el vehículo estaría llegando, de manera que podía aproximarse con precisión absoluta a la misma para abordar el transporte público, conducido por un conductor pulcramente uniformado, quien con suma cortesía recibía a los pasajeros. En el transporte había asientos reservados para las personas discapacitadas o de edad avanzada.
Indagando entre los compañeros, me percaté que el servicio de transporte público era administrado por una empresa municipal, la cual garantizaba, de ser necesario, el financiamiento de cualquier desbalance presupuestario. Los conductores eran empleados de la empresa, asalariados, cubiertos por un sistema de seguro social. En consecuencia, el servicio disponía (estimo que aún debe ser así) de vehículos en buenas condiciones, buen mantenimiento y diseñados para pasajeros. No se utilizaban buses escolares con asientos estrechos y menos, de segunda mano.
En estas circunstancias era de esperar que no se produjeran regatas entre los conductores para disputarse los pasajeros, ni se escuchara música estridente en su interior. No había "palancas", ni "pavos", ni dueños de autobuses. La ciudad (la comunidad, representada en el municipio), era la dueña del servicio, un servicio socializado en una sociedad capitalista.
Mi sorpresa fue aún mayor cuando, en ocasión de participar en la Asamblea Mundial de la Salud, como asesor técnico del Ministro de Salud, en 1981, en Ginebra, Suiza, el transporte público, también municipal, además de presentar las características organizativas del transporte colectivo de la ciudad de Baltimore, establecía el pago por servicio a través de un boleto adquirido en una máquina ubicada en la calle, con el cual se podía utilizar cualquier ruta urbana en el tiempo estipulado en el mismo.
¿Qué decirles de Madrid (1990)?, donde el estudiante puede adquirir una tarjeta para usar el servicio durante todo el año. A estas alturas me pregunto: ¿En qué siglo está el transporte público de la ciudad de Panamá (y del país)? El subdesarrollo más grave no es el económico, es el social y el cultural, y, peor aún, el ético. ¿Cómo es posible que a estas alturas de la civilización mundial, el transporte público sea objeto de lucro?
Solicito a las autoridades que transformen el servicio de transporte sobre el concepto de un servicio público sin fines de lucro, seguro y edificante.
A pesar de las deficiencias de la infraestructura vial, el transporte puede ser mejorado si:
Se establece un sistema público sin fines de lucro, administrado por el municipio o una organización no gubernamental.
Se prohíbe la importación de buses escolares para este servicio.
Se adquieren buses de pasajeros para seres humanos, con un pasillo central amplio, con buena distancia entre las filas de los asientos, donde haya espacio para panameños con una talla mayor de 1.85 metros y un fémur mayor de 70 cms.
Se contratan conductores con un salario que les permita sostener a su familia, e incorporado a la seguridad social, con un perfil psicológico equilibrado, evaluado periódicamente, con derecho a ascensos por buena conducta y satisfacción de los pasajeros.
Se establece rigurosamente el tránsito de autobuses por el paño interior.
Tal vez no se resuelva, con estas medidas, el problema del tiempo distancia, para lo que se requerirá mejora en la infraestructura vial; pero estoy seguro que contaríamos con un transporte público urbano humanizado y saludable, sobre todo si además ofrecemos música instrumental (lo que incluye música nacional), a un volumen agradable al oído.