¿El SIDA vencido?
No, no hay tal. La triple terapia mejora la calidad de vida de los enfermos, pero no los cura. Y la posibilidad de hallar una vacuna está aún muy lejana para un virus extremadamente complejo, que invade a los linfocitos de la sangre, que células que defienden al organismo contra infecciones los neutralizan alterando sus genes y los usan luego como vehículos para multiplicarse e invadir a más linfocitos, hasta acabarlos.
Mientras esa labor de invasión ocurre, el cuerpo queda vulnerable frente a enfermedades que antes podía combatir, se debilita, colapsa y muere. Por todo el torrente sanguíneo quedan restos de linfocitos muertos y sustancias resultantes, que revelan la destrucción que, al ser examinados con muestras de sangre a las que se aplican ciertos reactivos, revelan la presencia del virus. El grado de exactitud de la prueba es cercano a 100%. Y cuando es cruzada y reiterada, es absolutamente fiable, sobre todo cuando es positiva.
Precisamente lo último ocurrió en agosto de 2002 al ciudadano británico Andrew Stimpson. Fue detectado seropositivo en la Clínica Victoria, de Londres, en dos pruebas. Catorce meses después, regresó y - ¡sorpresa! - no hay rastros de enfermedad, está como si nunca hubiera sido infectado. Los científicos están patas arriba, como cucarachas, espaldas arriba, dando patadas al aire. No hay forma de explicar médicamente lo ocurrido.
Hasta hoy, nadie infectado de SIDA ha curado. Puede vivir con el mal y hasta morir de viejo, sin incomodar para nada al paciente. Pero está enfermo, puede contagiar a otros y, nunca se sabe cuándo el mecanismo de destrucción de sus linfocitos lo hará caer. El propio organismo y un coctel de drogas casi milagrosas pueden impedir que el virus siga multiplicándose, al "pintar" de color los linfocitos infectados y hacer que el resto de los linfocitos sanos los ataquen y destruyan. Mas no siempre funciona.
¿Qué ocurrió con Stimpson? ¿Puede repetirse con otros infectados? Debe estar millonario, con los más importantes laboratorios del mundo examinándolo por completo. Él no es un hombre especialmente religioso como para invocar un milagro, ni se sometió a nada especial para su cura. Los médicos descartan que su sistema inmunológico y el de cualquier ser humano sea capaz de crear por sí solo un misil de ingeniería genética capaz de hacer desaparecer el mal, sin dejar rastro.
Y mientras se rompen la cabeza, nace un nuevo rayo de esperanza para vencer al mal del siglo.
Mientras esa labor de invasión ocurre, el cuerpo queda vulnerable frente a enfermedades que antes podía combatir, se debilita, colapsa y muere. Por todo el torrente sanguíneo quedan restos de linfocitos muertos y sustancias resultantes, que revelan la destrucción que, al ser examinados con muestras de sangre a las que se aplican ciertos reactivos, revelan la presencia del virus. El grado de exactitud de la prueba es cercano a 100%. Y cuando es cruzada y reiterada, es absolutamente fiable, sobre todo cuando es positiva.
Precisamente lo último ocurrió en agosto de 2002 al ciudadano británico Andrew Stimpson. Fue detectado seropositivo en la Clínica Victoria, de Londres, en dos pruebas. Catorce meses después, regresó y - ¡sorpresa! - no hay rastros de enfermedad, está como si nunca hubiera sido infectado. Los científicos están patas arriba, como cucarachas, espaldas arriba, dando patadas al aire. No hay forma de explicar médicamente lo ocurrido.
Hasta hoy, nadie infectado de SIDA ha curado. Puede vivir con el mal y hasta morir de viejo, sin incomodar para nada al paciente. Pero está enfermo, puede contagiar a otros y, nunca se sabe cuándo el mecanismo de destrucción de sus linfocitos lo hará caer. El propio organismo y un coctel de drogas casi milagrosas pueden impedir que el virus siga multiplicándose, al "pintar" de color los linfocitos infectados y hacer que el resto de los linfocitos sanos los ataquen y destruyan. Mas no siempre funciona.
¿Qué ocurrió con Stimpson? ¿Puede repetirse con otros infectados? Debe estar millonario, con los más importantes laboratorios del mundo examinándolo por completo. Él no es un hombre especialmente religioso como para invocar un milagro, ni se sometió a nada especial para su cura. Los médicos descartan que su sistema inmunológico y el de cualquier ser humano sea capaz de crear por sí solo un misil de ingeniería genética capaz de hacer desaparecer el mal, sin dejar rastro.
Y mientras se rompen la cabeza, nace un nuevo rayo de esperanza para vencer al mal del siglo.