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El siglo XX aún en su tinta


El último siglo del segundo milenio, bufa como una locomotora frente a un campo de trigo, y en el recuento de sus días finales, nos conmueve con algunos actos de verdadero exorcismo para que sigamos creyendo en el futuro y en una buena cosecha.
El periodista y el escritor-cronistas de su tiempo- son dueños de un oficio aún en su tinta, en la era digital que almacena identidades, distribuye culturas y negocia con la imagen, la realidad y los sueños de cada día.
La palabra escrita se aferra y monta su propia Torre de Babel, tropieza y ordena su accidentado abecedario, en un mar de información que amenaza con ahogarnos en las tibias aguas de la indiferencia y en ele escueto pasillo de la incertidumbre.
No hemos llegado aún a cotizar en la bolsa, el alfabeto, las mayúsculas o consonantes, el verbo de cada día, la superflua y coqueta diéresis o el inocente hiato.
La historia humana nos devuelve en estos días la memoria borrada frente a un espejo ahumado, con los gestos, aleteos o guiños, que tienen el propósito de hacer verano al final de un siglo de grandes tempestades en el desierto.
Licencia de una época que culmina y quiere enmendar la palabra a una historia de iniquidades, pero que no ha llegado a su fin, mi estimado Francis Fukuyama, con la caída del muro de Berlín, porque el propio capitalismo viaja en distintas velocidades, vagones e itinerarios, y hacia estaciones igualmente diferentes. Tiene todo el tiempo del mundo para especular y hacer de la usura, su viejo truco de plaza pública ante la inocencia de una humanidad habituada a tropezar sobre la misma piedra.
Tiempos de exorcismo, eso sí. A estas alturas del siglo, el senador vitalicio de Chile, impune bajo la sombra de un tejido legal casi inexpugnable y hecho a su imagen y semejanza, cumplió un año de detenido en Londres, Inglaterra, por crímenes de lesa humanidad, hecho que abre un capítulo inédito en la jurisprudencia global del siglo XXI.
No vayamos más lejos de este nuevo milagro chileno, laboriosamente urdido en Madrid y puesto a caminar en Londres, una medianoche el sincronizado e inédito reloj de la justicia, para quienes fueron humillados por el obsceno olvido de una Historia infame.
Devaneos de nuestro fin de milenio, de un siglo manchado de sangre, cruel y tan próximo al tango "Cambalache", que a veces, él mismo quisiera apresurar su marcha para pasar cuanto antes a la historia.
Cada generación, a su turno, entierra sus muertos, pero este siglo tecnificado se las arregló desde un inicio-1914-y posteriormente-1945- con sendas guerras mundiales, para abrir una lápida y fosas comunes universales, sin fronteras, globalizadas, "justo a tiempo".
Siglo con sus bonanzas, fortalezas, primaveras, aciertos, logros duraderos, como la Ciencia y el Arte, únicos capaces de aminorar los dolores del cuerpo y alma, angustias permanentes en la modernidad y posmodernidad, de un siglo que se aferra al cambio.
Alberto Einstein-uno de los padres de la física- y Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomucemo María de los Remedios Crispín Crispiano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso, transformaron con sus teorías el siglo XX y son dos iconos indiscutidos en la centuria.
Todo es posible en el Arte a partir de Picasso, quien lo liberó y lo sacó de su paisaje habitual, aunque el listado de quienes transformaron el siglo y la humanidad, es mucho más amplio e incluye distintas disciplinas y direcciones en el pensamiento humano. Como debe ser y ocurre en el complejo quehacer humano en una centuria de alas, viajes, velocidad, que culmina con una Sociedad de la Información, de insospechado alcance y dominio de las mentes.
Es en este mar que tranquilo no nos baña, que sucede el último escenario del milenio, a veces con imagen de bonzo en pleno fuego, otras vestido de samaritano después de la tragedia, las más de las ocasiones-haciendo y deshaciendo, buscando-pero siempre en movimiento, tránsito, como si el pasado y el presente fueran una pesada atmósfera de soledad.
La arrugada esfera azul-la tierra-carraspea más allá de una simple y pasajera gripe, sus estornudos y temblores, no son fiebre que esté en la manta, sino en el propio cuerpo del planeta, que se sacude, eructa, cruje y envía señales que nos indican claramente que el hombre ha interrumpido de manera temeraria el sincronizado reloj biológico del ecosistema.
Vivimos aparentemente un inevitable cambio civilizatorio, época de profundas mutaciones en todos los órdenes de la vida cotidiana-Nación, familia, trabajo, empresa- y lo que viene diferenciará aun más al hombre del propio hombre, viejo lobo del cual a veces no conseguimos ni un solo pelo.
Humanidad que se ha deshumanizado-21 millones de exiliados en la actualidad- y le dio la espalda al bienestar social, donde la salud, educación, medio ambiente sano, solidaridad, son rara avis, de un paraíso realmente perdido o en vías de extinción, más bien retórica en un mundo plástico.
Fue el siglo de la física (átomos), sostienen los profetas y gurús del nuevo milenio, y desde luego, el trampolín hacia el ignoto, fantasioso y conmovedor espacio.
Es el turno de la biología catapultada por la informática: en síntesis el propio hombre, el más ilustre de los desconocidos en el planeta que él aniquila día a día.
En un mundo de especulaciones, las fantasías comienzan a ser realidad y las ficciones, mi estimado Julio Verne y Ray Bradbury, ya son cosas del pasado, y el hombre invasor por naturaleza desde la caverna, ve en el espacio un lugar para habitar.
Desde luego, la puerta está abierta.

101 años de Panamá América

 
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