El silencio
El silencio puede en algunas ocasiones ser cobardía; en otras, encubrimiento; en otras, bendición; en otras ineptitud y otras prudencia y hasta sabiduría.
Es cobardía cuando se debe hablar pero se calla; es encubridor cuando algo o a alguien de quien se desea saber una cosa o una acción, calla; es una bendición cuando se interrumpe un ruido exagerado y ensordecedor, como ocurre en muchos comercios por la ineptitud de los funcionarios, quienes que a pesar de las recomendaciones de los médicos y técnicos en acústica, no defienden la salud social ni ante el grave problema de que se hace ya creciente la sordera en los niños.
También puede ser prudente y hasta sabio, en especiales circunstancias.
En 1789, durante la Revolución Francesa, Roberpierre hizo llevar a la guillotina a mucha gente, incluyendo al rey, la reina y hasta a sus propios colegas en la Asamblea.
Unos de los representantes por la municipalidad de París, al reunirse los Estados Generales en el aludido 1789, fue Emmanuel Joseph Siéyes.
Durante toda la tumultuosa época del terror se mantuvo en silencio en los debates.
Una vez pasado el tiempo teñido de sangre, alguien, en tono recriminatorio, le preguntó: "¿Qué hiciste que jamás dijiste algo durante las deliberaciones?". La respuesta, inmediata y tajante fue: "He vivido".
Murió en 1830. Sobrevivió a la Revolución 41 años.
Es cobardía cuando se debe hablar pero se calla; es encubridor cuando algo o a alguien de quien se desea saber una cosa o una acción, calla; es una bendición cuando se interrumpe un ruido exagerado y ensordecedor, como ocurre en muchos comercios por la ineptitud de los funcionarios, quienes que a pesar de las recomendaciones de los médicos y técnicos en acústica, no defienden la salud social ni ante el grave problema de que se hace ya creciente la sordera en los niños.
También puede ser prudente y hasta sabio, en especiales circunstancias.
En 1789, durante la Revolución Francesa, Roberpierre hizo llevar a la guillotina a mucha gente, incluyendo al rey, la reina y hasta a sus propios colegas en la Asamblea.
Unos de los representantes por la municipalidad de París, al reunirse los Estados Generales en el aludido 1789, fue Emmanuel Joseph Siéyes.
Durante toda la tumultuosa época del terror se mantuvo en silencio en los debates.
Una vez pasado el tiempo teñido de sangre, alguien, en tono recriminatorio, le preguntó: "¿Qué hiciste que jamás dijiste algo durante las deliberaciones?". La respuesta, inmediata y tajante fue: "He vivido".
Murió en 1830. Sobrevivió a la Revolución 41 años.