El sueño de mañana
Al conmemorarse durante noviembre el "Mes de la Patria", nuestros pensamientos y acciones deben ser el reflejo de nuestros espíritus serenos que, al rememorar hechos históricos, sepamos planificar con ansiedad y pasión el futuro. Ser capaces de medir la dosis de futuro que podamos introducir al presente, como enseña Víctor Hugo. Nuestro deber patriótico nos llama, es cierto, a rendir homenaje a la Patria, a quienes forjaron desde el interior de nuestros pueblos nuestra alma nacional con elementos de grandeza, nobleza y patriotismo. Sin embargo, la situación socio-política por la que atraviesa hoy Panamá, nos impone el compromiso de lograr que el sentimiento de patrio esté por encima de cualquier otro sentimiento y que él mismo opaque toda ambición individual o político-partidista.
El honor de nuestra nación y de nuestra dignidad, debe pesar cada vez más para fortalecer nuestras instituciones, nuestras aspiraciones, nuestros ideales, para llenar la función creadora de esa voluntad nacional firme e indivisible para actualizar nuestro futuro y estar presentes en los cada vez más veloces cambios del mundo de hoy. No podemos aceptar continuar actuando como un registrador inexpresivo de acontecimientos congelados por el frío de los archivos y museos, como un compatriota lejano a las luchas del momento, como un oidor cuasi sordo a los vibrantes latidos del corazón nacional o como un ciudadano sin las aspiraciones extraordinarias que toda alma guarda.
La esencia de un pueblo, igual que la de un individuo, es su historia, y la historia es la reflexión que cada pueblo hace de lo que le sucede, de lo que sucede en ellos. La historia es, pues, los sucesos, que constituyen hechos, ideas hechas carne. Buscar en la historia la verdad de nuestras raíces, de nuestra nacionalidad, es la búsqueda de nuestro ser para poder encontrar el báculo fundamental para vivir el presente en función de Patria y construir el futuro, también en función de Patria. Podemos apreciar al tornar nuestra mirada atrás, en un esfuerzo limitado a lo imprescindible, cómo se ha formado la nación panameña; cómo todo en nuestra formación nace de las mezclas, el encuentro de razas, culturas y tradiciones; de cómo siendo parte de este continente debemos descubrir el sentimiento de nuestra identidad común, el sentimiento de la nacionalidad en un istmo "con una función geográfica anterior y superior a su propio destino, donde la historia se nutre de la savia universal", como bien expresara el ilustre panameño Don Víctor Florencio Goytía.
La nacionalidad hoy día, como fenómeno político va más allá que la nación. Lo anterior es importante para comprender el particularismo de los panameños.
A finales de 1820, el destino de la nación panameña estaba marcado. Los anhelos panameños eran ya un sentir generalizado en todo el Istmo, y así los patriotas de La Villa de Los Santos proclamaron la emancipación el 10 de noviembre de 1821. Los demás pueblos del interior se unieron a la empresa nacional, al sueño libertario. A partir de 1821 se presentan manifestaciones diáfanas del sentir determinante de los panameños. El acto de independencia nacional de 1821 se unió a lo que se creyó conveniente, la adhesión a la Gran Colombia, fijadas las esperanzas en la Unión Americana promovida por Bolívar. No obstante, pronto surgió el desengaño y se desvanecieron las esperanzas. Los sentimientos de independencia y los deseos de crear un Estado del Istmo crecieron y así, se dan los movimientos separatistas de 1830, 1831 y 1840.
Fueron efímeras esas separaciones, pero el espíritu continuó latente y no cesó de crecer y arraigarse en cada alma panameña. Algunos cuestionaron en esos momentos nuestra capacidad para ser independientes alegando que carecíamos de "elementos para ser nación". Sólo el paso del tiempo demostró que toda la historia forjada estimuló el sentimiento nacional y que Panamá era y lo es hoy, aún más, un pueblo "cosmopolita hasta el punto de hacer posible la paradoja de que nuestro regionalismo esté en nuestra propensión universalista".
Nuestra identidad nacional no está dada tanto por obras extraordinarias como por comportamientos extraordinarios. No todos los gobernantes que se sucedieron, tras nuestra separación de Colombia en 1903, han estado siempre atentos a los más altos intereses de nuestra Patria, disminuyendo así algunos valores de nuestra nacionalidad y creando en el sentir de los panameños reiterados sentimientos de decepción. Pero, no es sólo el ayer, el pretérito, el haber tradicional lo decisivo para que una nación exista, como nos enseña Ortega y Gasset. Las naciones se forman y viven de tener un programa para el mañana y el repasar de nuestra historia nos enseña que esa ha sido la savia que ha nutrido nuestra nación: el haber siempre tenido un programa para el mañana que, el gran teórico de nuestra nacionalidad, Don Justo Arosemena supo recoger en su obra y que particularmente expuso el 28 de Noviembre de 1850, en un discurso pronunciado en el Cabildo de Panamá.
De él y de todos nuestros próceres debemos aprender que los que integran una nación, un Estado, viven juntos para algo, son una comunidad de propósitos, de anhelos. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Ese sueño del mañana que debe movilizarnos hoy más que nunca a los panameños "en las cosas por hacer juntos", es el que urge forjar para conservar nuestra identidad, para unirnos más en la firme esperanza de alcanzar por fin la victoria.
(mabernal@sinfo.net)
El honor de nuestra nación y de nuestra dignidad, debe pesar cada vez más para fortalecer nuestras instituciones, nuestras aspiraciones, nuestros ideales, para llenar la función creadora de esa voluntad nacional firme e indivisible para actualizar nuestro futuro y estar presentes en los cada vez más veloces cambios del mundo de hoy. No podemos aceptar continuar actuando como un registrador inexpresivo de acontecimientos congelados por el frío de los archivos y museos, como un compatriota lejano a las luchas del momento, como un oidor cuasi sordo a los vibrantes latidos del corazón nacional o como un ciudadano sin las aspiraciones extraordinarias que toda alma guarda.
La esencia de un pueblo, igual que la de un individuo, es su historia, y la historia es la reflexión que cada pueblo hace de lo que le sucede, de lo que sucede en ellos. La historia es, pues, los sucesos, que constituyen hechos, ideas hechas carne. Buscar en la historia la verdad de nuestras raíces, de nuestra nacionalidad, es la búsqueda de nuestro ser para poder encontrar el báculo fundamental para vivir el presente en función de Patria y construir el futuro, también en función de Patria. Podemos apreciar al tornar nuestra mirada atrás, en un esfuerzo limitado a lo imprescindible, cómo se ha formado la nación panameña; cómo todo en nuestra formación nace de las mezclas, el encuentro de razas, culturas y tradiciones; de cómo siendo parte de este continente debemos descubrir el sentimiento de nuestra identidad común, el sentimiento de la nacionalidad en un istmo "con una función geográfica anterior y superior a su propio destino, donde la historia se nutre de la savia universal", como bien expresara el ilustre panameño Don Víctor Florencio Goytía.
La nacionalidad hoy día, como fenómeno político va más allá que la nación. Lo anterior es importante para comprender el particularismo de los panameños.
A finales de 1820, el destino de la nación panameña estaba marcado. Los anhelos panameños eran ya un sentir generalizado en todo el Istmo, y así los patriotas de La Villa de Los Santos proclamaron la emancipación el 10 de noviembre de 1821. Los demás pueblos del interior se unieron a la empresa nacional, al sueño libertario. A partir de 1821 se presentan manifestaciones diáfanas del sentir determinante de los panameños. El acto de independencia nacional de 1821 se unió a lo que se creyó conveniente, la adhesión a la Gran Colombia, fijadas las esperanzas en la Unión Americana promovida por Bolívar. No obstante, pronto surgió el desengaño y se desvanecieron las esperanzas. Los sentimientos de independencia y los deseos de crear un Estado del Istmo crecieron y así, se dan los movimientos separatistas de 1830, 1831 y 1840.
Fueron efímeras esas separaciones, pero el espíritu continuó latente y no cesó de crecer y arraigarse en cada alma panameña. Algunos cuestionaron en esos momentos nuestra capacidad para ser independientes alegando que carecíamos de "elementos para ser nación". Sólo el paso del tiempo demostró que toda la historia forjada estimuló el sentimiento nacional y que Panamá era y lo es hoy, aún más, un pueblo "cosmopolita hasta el punto de hacer posible la paradoja de que nuestro regionalismo esté en nuestra propensión universalista".
Nuestra identidad nacional no está dada tanto por obras extraordinarias como por comportamientos extraordinarios. No todos los gobernantes que se sucedieron, tras nuestra separación de Colombia en 1903, han estado siempre atentos a los más altos intereses de nuestra Patria, disminuyendo así algunos valores de nuestra nacionalidad y creando en el sentir de los panameños reiterados sentimientos de decepción. Pero, no es sólo el ayer, el pretérito, el haber tradicional lo decisivo para que una nación exista, como nos enseña Ortega y Gasset. Las naciones se forman y viven de tener un programa para el mañana y el repasar de nuestra historia nos enseña que esa ha sido la savia que ha nutrido nuestra nación: el haber siempre tenido un programa para el mañana que, el gran teórico de nuestra nacionalidad, Don Justo Arosemena supo recoger en su obra y que particularmente expuso el 28 de Noviembre de 1850, en un discurso pronunciado en el Cabildo de Panamá.
De él y de todos nuestros próceres debemos aprender que los que integran una nación, un Estado, viven juntos para algo, son una comunidad de propósitos, de anhelos. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Ese sueño del mañana que debe movilizarnos hoy más que nunca a los panameños "en las cosas por hacer juntos", es el que urge forjar para conservar nuestra identidad, para unirnos más en la firme esperanza de alcanzar por fin la victoria.
(mabernal@sinfo.net)