El Talón de Aquiles
PANAMÁ ESTÁ atravesando un período de extraordinario crecimiento económico, y viene más. No hay duda que la aprobación del plebiscito para la ampliación del Canal, el TLC con los Estados Unidos y las recientes escogencias de Panamá como uno de los mejores, o quizás el mejor lugar del mundo para jubilarse, ha despertado un interés mundial inusitado en el país; y el auge de la construcción y el crecimiento turístico es una manifestación temprana de ello. Todo esto es muy, pero muy bueno; sin embargo, no es suficiente.
Resulta que esa situación ya la hemos vivido; nuestra historia registra varios períodos similares, como el auge durante de las ferias de Portobelo, donde, en fugaces momentos cuando llegaba el oro de Perú, probablemente era per cápita "la ciudad más rica del mundo". Igual fueron de efímeras las bonanzas vividas durante la construcción del ferrocarril transístmico, luego durante el auge de la construcción del Canal; siguió la danza de millones durante la II Guerra Mundial, y quizás algunos otros episodios de menor importancia.
Pero estos períodos de rápido crecimiento no trajeron un verdadero desarrollo, pues ni siquiera lograron integrar a la población más pobre y menos aún a la que vivía fuera del área de tránsito, como tampoco trajeron un desarrollo de nuestros sectores económicos productivos primario y secundario, los cuales constituyen las bases de un desarrollo sostenible que sí pueda incorporar al progreso a esa mitad del país que siempre se queda atrás. Es claro que no habrá "pasaje al primer mundo" si no logramos un crecimiento integral y más balanceado.
Para que esta nueva "burbuja", como llaman algunos al auge actual, sea sustentable y se pueda transformar en un desarrollo permanente, existe un requisito indispensable: la confianza del que cree e invierte a largo plazo, confiado en la estabilidad y la institucionalidad del país. No cuenta tanto la inversión del desarrollista inmobiliario o del importador comerciante, que se arriesga a corto plazo, aunque también contribuye al bienestar general, sino la fe en el país del empresario nacional o extranjero que apuesta a largo plazo en proyectos de inversiones hoteleras, agroindustriales o industriales. Estas últimas son las que más efectivamente producen el desarrollo del país, pues pueden incorporan a la economía a más de los excluidos.
Esta confianza en un país, dentro de un sistema democrático, como el que afortunadamente vivimos, sólo la puede dar la solidez y confiabilidad de las instituciones tutelares, especialmente las que administran justicia.
Y en nuestro Panamá, esas instituciones están en un estado tan lamentable, que se refleja en las encuestas locales y hasta en las internacionales. Suscitan comentarios hasta de los diplomáticos, usualmente muy comedidos por profesión. Las historias de horror que cuentan algunos de los que han pasado por un proceso judicial son de antología. Y no se trata de sentarse a criticar o a lamentarse como usualmente hacemos los panameños. Se trata sí de realizar la urgencia que hay de apoyar y fortalecer a nuestras instituciones, principalmente las de administración de justicia, creando conciencia y una presión cívica suficientemente fuerte para que los funcionarios que gobiernan y los políticos que están en la oposición se convenzan de que la situación es grave y las consecuencias costosísimas para el país, y que la gente está cansada de tanta impunidad generalizada. Un país que pierde la confianza en sus instituciones de justicia corre a su propia ruina.
La poca confiabilidad, lentitud, incompetencia y, sobre todo, la penetración de ese cáncer que es la corrupción en nuestras instituciones gubernamentales y privadas, es nuestro Talón de Aquiles. No dejemos solos a los que calladamente desde adentro están dando la batalla. Si no tomamos esta situación muy en serio, con toda seguridad estaremos nuevamente perdiendo el tren del progreso, para desgracia de tantos de nuestros compatriotas que seguirán sumidos en la pobreza y la desesperanza.
Lamentablemente, y así nos lo han advertido actores tan importantes como la propia Procuradora y la Alianza por la Justicia, algunas de las modificaciones al Código Penal favorecerían la impunidad; o sea, a la corrupción.
Estos nubarrones en nuestro horizonte deben preocuparnos profundamente, pues de alguna manera tocan todos los órdenes de nuestras vidas, y presagian tristes días para nuestro país.
Resulta que esa situación ya la hemos vivido; nuestra historia registra varios períodos similares, como el auge durante de las ferias de Portobelo, donde, en fugaces momentos cuando llegaba el oro de Perú, probablemente era per cápita "la ciudad más rica del mundo". Igual fueron de efímeras las bonanzas vividas durante la construcción del ferrocarril transístmico, luego durante el auge de la construcción del Canal; siguió la danza de millones durante la II Guerra Mundial, y quizás algunos otros episodios de menor importancia.
Pero estos períodos de rápido crecimiento no trajeron un verdadero desarrollo, pues ni siquiera lograron integrar a la población más pobre y menos aún a la que vivía fuera del área de tránsito, como tampoco trajeron un desarrollo de nuestros sectores económicos productivos primario y secundario, los cuales constituyen las bases de un desarrollo sostenible que sí pueda incorporar al progreso a esa mitad del país que siempre se queda atrás. Es claro que no habrá "pasaje al primer mundo" si no logramos un crecimiento integral y más balanceado.
Para que esta nueva "burbuja", como llaman algunos al auge actual, sea sustentable y se pueda transformar en un desarrollo permanente, existe un requisito indispensable: la confianza del que cree e invierte a largo plazo, confiado en la estabilidad y la institucionalidad del país. No cuenta tanto la inversión del desarrollista inmobiliario o del importador comerciante, que se arriesga a corto plazo, aunque también contribuye al bienestar general, sino la fe en el país del empresario nacional o extranjero que apuesta a largo plazo en proyectos de inversiones hoteleras, agroindustriales o industriales. Estas últimas son las que más efectivamente producen el desarrollo del país, pues pueden incorporan a la economía a más de los excluidos.
Esta confianza en un país, dentro de un sistema democrático, como el que afortunadamente vivimos, sólo la puede dar la solidez y confiabilidad de las instituciones tutelares, especialmente las que administran justicia.
Y en nuestro Panamá, esas instituciones están en un estado tan lamentable, que se refleja en las encuestas locales y hasta en las internacionales. Suscitan comentarios hasta de los diplomáticos, usualmente muy comedidos por profesión. Las historias de horror que cuentan algunos de los que han pasado por un proceso judicial son de antología. Y no se trata de sentarse a criticar o a lamentarse como usualmente hacemos los panameños. Se trata sí de realizar la urgencia que hay de apoyar y fortalecer a nuestras instituciones, principalmente las de administración de justicia, creando conciencia y una presión cívica suficientemente fuerte para que los funcionarios que gobiernan y los políticos que están en la oposición se convenzan de que la situación es grave y las consecuencias costosísimas para el país, y que la gente está cansada de tanta impunidad generalizada. Un país que pierde la confianza en sus instituciones de justicia corre a su propia ruina.
La poca confiabilidad, lentitud, incompetencia y, sobre todo, la penetración de ese cáncer que es la corrupción en nuestras instituciones gubernamentales y privadas, es nuestro Talón de Aquiles. No dejemos solos a los que calladamente desde adentro están dando la batalla. Si no tomamos esta situación muy en serio, con toda seguridad estaremos nuevamente perdiendo el tren del progreso, para desgracia de tantos de nuestros compatriotas que seguirán sumidos en la pobreza y la desesperanza.
Lamentablemente, y así nos lo han advertido actores tan importantes como la propia Procuradora y la Alianza por la Justicia, algunas de las modificaciones al Código Penal favorecerían la impunidad; o sea, a la corrupción.
Estos nubarrones en nuestro horizonte deben preocuparnos profundamente, pues de alguna manera tocan todos los órdenes de nuestras vidas, y presagian tristes días para nuestro país.