El típico y la nacionalidad
Los panameños somos un pueblo extraordinariamente cosmopolita, fruto del transitismo geográfico, que desde la época precolombina nos hizo abiertos a lo extranjero y asimilar gran parte de sus patrones culturales, incluyendo la dieta, moda y música.
Pero el transitismo no impidió que, con los siglos, la población istmeña fuera poco a poco adquiriendo los perfiles de una nacionalidad propia, al margen de su integración formal al dominio español o grancolombino. Y en este aspecto, el folklore istmeño ha jugado un papel determinante en ese esculpir paulatino y constante de la panameñidad.
Razón tuvo la presidenta Moscoso cuando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, habló de la determinación de su gobierno por proteger el interior de la República, cuna y salvaguarda de las raíces nacionales.
Nuestra música, al margen del purismo folclórico, es el "típico" que, en distintas variantes es una mezcla de los ritmos de nuestra herencia africana e hispánica, con algunos aportes autóctonos y la influencia determinante del legado colombiano. Pero aunque en el fondo sean muy similares, -típico panameño y vallenato colombiano -, no suenan exactamente igual. Suele ser más sosegado y de ritmo menos entrecortado el nuestro.
Fuera de lo anterior, la evolución de nuestro típico en las últimas décadas ha sido tan vertiginosa como la globalización. Su capacidad de adaptación a la invasión de otros ritmos agresivos tipo "reggae" y "rock pesado", ha sido asombrosa. Y en ese inevitable choque cultural globalizante, el típico ha emergido saludable, renovado y vencedor.
De ese modo, la fuerza del típico ha amalgamado la nacionalidad panameña que continuó perfilándose a través de los años pese el trauma cultural de la presencia norteamericana en sus propias entrañas, lo que es admirable, considerando la energía tan absorbente y predominante de la última.
Todo esto no es teoría, es práctica, hechos comprobados. Sólo así se explica la sobrevivencia del nacionalismo panameño tras tanto tiempo de virtual matrimonio con tan grande potencia extranjera. Ciertamente, los poetas, cuentistas, demás escritores, pintores y políticos, dieron su aporte. Pero fue el típico lo determinante para mantener intacto el sentido de la nacionalidad por los apartados rincones patrios.
Por eso es que hemos insistido que, para un pequeño país, de pocos héroes y nombres de desconocidos nominando sus calles y escuelas, empeñado en construirse una imagen turística, que al mismo tiempo proyecte sus valores, debe erigirse un monumento, una villa, que recoja muestras de nuestro folclore, en el ambiente auténtico, en su misma cuna, en Los Santos.
Pero el transitismo no impidió que, con los siglos, la población istmeña fuera poco a poco adquiriendo los perfiles de una nacionalidad propia, al margen de su integración formal al dominio español o grancolombino. Y en este aspecto, el folklore istmeño ha jugado un papel determinante en ese esculpir paulatino y constante de la panameñidad.
Razón tuvo la presidenta Moscoso cuando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, habló de la determinación de su gobierno por proteger el interior de la República, cuna y salvaguarda de las raíces nacionales.
Nuestra música, al margen del purismo folclórico, es el "típico" que, en distintas variantes es una mezcla de los ritmos de nuestra herencia africana e hispánica, con algunos aportes autóctonos y la influencia determinante del legado colombiano. Pero aunque en el fondo sean muy similares, -típico panameño y vallenato colombiano -, no suenan exactamente igual. Suele ser más sosegado y de ritmo menos entrecortado el nuestro.
Fuera de lo anterior, la evolución de nuestro típico en las últimas décadas ha sido tan vertiginosa como la globalización. Su capacidad de adaptación a la invasión de otros ritmos agresivos tipo "reggae" y "rock pesado", ha sido asombrosa. Y en ese inevitable choque cultural globalizante, el típico ha emergido saludable, renovado y vencedor.
De ese modo, la fuerza del típico ha amalgamado la nacionalidad panameña que continuó perfilándose a través de los años pese el trauma cultural de la presencia norteamericana en sus propias entrañas, lo que es admirable, considerando la energía tan absorbente y predominante de la última.
Todo esto no es teoría, es práctica, hechos comprobados. Sólo así se explica la sobrevivencia del nacionalismo panameño tras tanto tiempo de virtual matrimonio con tan grande potencia extranjera. Ciertamente, los poetas, cuentistas, demás escritores, pintores y políticos, dieron su aporte. Pero fue el típico lo determinante para mantener intacto el sentido de la nacionalidad por los apartados rincones patrios.
Por eso es que hemos insistido que, para un pequeño país, de pocos héroes y nombres de desconocidos nominando sus calles y escuelas, empeñado en construirse una imagen turística, que al mismo tiempo proyecte sus valores, debe erigirse un monumento, una villa, que recoja muestras de nuestro folclore, en el ambiente auténtico, en su misma cuna, en Los Santos.