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El TLC con EU


EL FENÓMENO de la globalización dista mucho hoy en día de haberse concretado en un nuevo modelo de relación entre las distintas economías nacionales, ni siquiera en lo que se refiere a los países industrializados. Por el contrario, el escenario actual se caracteriza por la consolidación de zonas o bloques, en y entre los que toma cuerpo la nueva dinámica globalizadora.
En ese contexto, los tres polos más dinámicos -Japón, Alemania y EU- configuran en torno a sí espacios económicos en los que ampliar su potencial económico y hacer frente en mejores condiciones a los nuevos retos de la competencia internacional. De allí que la Unión Europea se halle mucho más vinculada a los avatares de la coyuntura económica alemana que a los grandes discursos europeístas que caracterizan a la cumbres de los Jefes de Estado hasta el punto que fue este país clave para la concertación europea. Japón, por su parte, ha venido tejiendo a lo largo de las últimas tres décadas una compleja red de relaciones productivas, financieras y comerciales con los países del este de Asia que, si no se ha traducido en un marco de integración en el sentido estricto del término, sí ha supuesto al menos la configuración de un área económica de creciente relevancia en el mundo. Por su lado, Estados Unidos (EU), tras varias décadas jugando un papel de absoluto liderazgo en la economía internacional, está, en especial con el surgimiento de la República Popular China, ante una nueva situación en la que la expansión de su economía y las negociaciones que deba emprender con sus principales competidores dependen en buena medida de su capacidad de configurar a su alrededor un área de influencia directa que se traduzca no sólo en un hipotético gran mercado, sino fundamentalmente en un espacio dinámico en el marco de la rentabilidad de sus inversiones.
Estas nuevas coordenadas, que dibujan un panorama en el que globalización y regionalización, aparecen como dos aspectos complementarios de una misma tendencia, determinan en buena el marco en el que se inscriben las nuevas orientaciones de los últimos gobiernos de EU respecto a América Latina. La "Iniciativa para las Américas" constituiría, en ese sentido, algo que iba más allá de una propuesta concreta de carácter más o menos coyuntural, para traducirse en un esquema abierto en el cual ir perfilando la construcción de un nuevo espacio regional. Esquema en el que los acuerdos parciales de carácter bilateral, TLC´s con países latinoamericanos se perfilaban ya desde el comienzo como el camino dibujado por los gobernantes de EU. En ese marco, la firma en 1992 del Tratado de Libre Comercio de América del Norte por parte de los gobiernos de EU, Canadá y México, y los que han venido posteriormente.
La firma del TLC supuso en la práctica, la primera concreción importante de la nueva política de EU hacia la América Latina, abriendo un nuevo horizonte para las relaciones hemisféricas y constituyendo una referencia imprescindible para las estrategias de futuro de los países latinoamericanos, entre ellos el nuestro.
El modelo integracionista que nos brinda el TLC puede lograr efectos en el corto plazo, tanto en lo referido al aumento de las exportaciones como en lo relativo a la mayor afluencia de capitales externos al país, aun cuando muchos lo ponen en tela de duda.
Ahora bien, los efectos negativos, especialmente en el caso de la ganadería, la agricultura y la pequeña industria, vienen a agravar los problemas sociales, como ha ocurrido en México. Las exigencias derivadas del proceso dejan poco margen de maniobra para actuar específicamente en esa dirección.
La solución de dichos problemas aparece vinculada inexorablemente al éxito de los resultados obtenidos en términos de crecimiento económico, que se deriven de la apertura comercial que es la base del tratado. Pero, en las actuales circunstancias, el tiempo constituye una variable importante y cabe preguntarse si algunos de los problemas sociales existentes pueden esperar las soluciones y los resultados que se supone debe traer aparejado el tratado de libre comercio o si, por el contrario, acabará reclamando un protagonismo propio en el diseño de la política económica.

101 años de Panamá América

 
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