El Toro embiste a Mireya
El Miura, con todo el peso de su corpulenta figura, sobre-alimentado los pasados cinco años en los pastos "bien verdes" de la hacienda del gobierno, va ingresando al ruedo. Sabido, ducho, corrido en nueve plazas distintas, fuertes unas, las del viejo pasado, débiles las subsiguientes, que terminaron olorosas a pólvora y humillaciones, hasta que tuvo la suya propia. Ingresa él cauteloso: mide a la Mataora de turno, la torera, fémina de poca corpulencia, no le parece peligrosa. La ha observado en su pose y gestos, acostumbrado el Toro a la observación experimentada, desde que no fue más que un ternerito pegado a ubres ajenas; mira también, de reojo, cola al aire, a la cuadrilla, al círculo íntimo, a los rejoneadores; les pasa revista y analizan sus potenciales. (¡Los encuentra sin duda desguarnecidos!)... Y, luego bufa, levanta polvo, apetitoso, orondo, conocedor del verde poder que hoy le ocasiona dolor y nostalgia, olvidado. Entonces se decide a embestir a la torera. Pero no de a una. No. De poco a poco, sesgado, utilizando la cornada irónica. Se piensa: ¿Le tendrán guardadas todavía filosas banderillas de sabor oriental?. ¿O crueles estocadas?. ¿Habrá pasado ya los peligros de las finales hirientes de su última corrida?... (¡Ay, quién tuviera el lenguaje especial, el argot taurino del magistrado César para describir bien la escena!).
Las primeras pisadas del Toro, dominicales, universales, fueron muy cautas, midiendo también la reacción, la emoción de las gradas, donde aprecia muy pocos sombreros finos, mantones de manila. ("Las gradas, se dice para su adentros, sólo la constituyen seres taciturnos, hambrientos, sin cálculos, que no conocen el intringulus real de las faenas del poder, del goce y tragedias de las plazas"). "Eran las cindo en punto de la tarde"... Recuerda a Lorca, a Hemingway, a los que sí supieron de eso. Esas luchas sórdidas entre mataores y astados. ¡Nunca antes de él (y nunca después, se dice) habrá otro que sea Toro y Mataor simultáneamente!. La que va ahora en el centro de la plaza, vestida de luces, espada en mano, le parece francamente una simple novillera, inhábil. Por eso, en su embestida del domingo doce de marzo, le lanza su cuerpo, menos asustado ya por los pecados pasados, por la sangre vertida, y utiliza los cachos de la ironía, que lo hicieron famoso (tira el cuerno y esconde el rabo), cuando pastaba, bien cebadito, en los potreros de la hacienda cuartelaria.
Por otro lado, en su propia hacienda tricolor, antes con emblemas de fusiles, no encuentra toros ni novillos poderosos que sepan hacer oposición a la novillera y a su cuadrilla. Sus compañeros, toritos y terneros sin peso, y vacas sin su experiencia, duermen el sueño eterno de las cornadas íntimas, las de su propia hacienda, sin tiempo de mirar hacia otros lados; la mayoría, ocupados en las preocupaciones de "las partidas". Y asustados de agredir a los dueños de la plaza y quedar con los cachos rotos. Muchos, más bien adulan y adulan a los de ahora. Ya que como decían los viejos bueyes, ya castrados para las batallas, "toros y vacas botaos no ponen cornadas". De nada de eso tiene que preocuparse él. Toros de grandes escenarios, refulgentes. Le duele ahora pasar por esos corredores, que antes le sonreían, siendo un toro más que pasa. Ya nadie le puede, como se dice por Andalucía, quitar lo bailao, con y sin cogidas. Por todo eso, hoy, una embestida irónica, tanteando. Mañana, piensa, meterá el cacho más profundo, buscando piel, hiriendo, matando si puede. Tal vez logre despedazar a la novillera, sin ayudnates diestros, bastante sola en la plaza enorme. ¡Y quién sabe, quién sabe, con unos arreglos en la plaza, unos cambios de reglas en las corridas, y vuelva a ser un toro vestido de luces, toro y torero a la vez, ordenando él mismo la bandas y fanfarrias!, ¡Qué Dios nos coja confesados!...
Las primeras pisadas del Toro, dominicales, universales, fueron muy cautas, midiendo también la reacción, la emoción de las gradas, donde aprecia muy pocos sombreros finos, mantones de manila. ("Las gradas, se dice para su adentros, sólo la constituyen seres taciturnos, hambrientos, sin cálculos, que no conocen el intringulus real de las faenas del poder, del goce y tragedias de las plazas"). "Eran las cindo en punto de la tarde"... Recuerda a Lorca, a Hemingway, a los que sí supieron de eso. Esas luchas sórdidas entre mataores y astados. ¡Nunca antes de él (y nunca después, se dice) habrá otro que sea Toro y Mataor simultáneamente!. La que va ahora en el centro de la plaza, vestida de luces, espada en mano, le parece francamente una simple novillera, inhábil. Por eso, en su embestida del domingo doce de marzo, le lanza su cuerpo, menos asustado ya por los pecados pasados, por la sangre vertida, y utiliza los cachos de la ironía, que lo hicieron famoso (tira el cuerno y esconde el rabo), cuando pastaba, bien cebadito, en los potreros de la hacienda cuartelaria.
Por otro lado, en su propia hacienda tricolor, antes con emblemas de fusiles, no encuentra toros ni novillos poderosos que sepan hacer oposición a la novillera y a su cuadrilla. Sus compañeros, toritos y terneros sin peso, y vacas sin su experiencia, duermen el sueño eterno de las cornadas íntimas, las de su propia hacienda, sin tiempo de mirar hacia otros lados; la mayoría, ocupados en las preocupaciones de "las partidas". Y asustados de agredir a los dueños de la plaza y quedar con los cachos rotos. Muchos, más bien adulan y adulan a los de ahora. Ya que como decían los viejos bueyes, ya castrados para las batallas, "toros y vacas botaos no ponen cornadas". De nada de eso tiene que preocuparse él. Toros de grandes escenarios, refulgentes. Le duele ahora pasar por esos corredores, que antes le sonreían, siendo un toro más que pasa. Ya nadie le puede, como se dice por Andalucía, quitar lo bailao, con y sin cogidas. Por todo eso, hoy, una embestida irónica, tanteando. Mañana, piensa, meterá el cacho más profundo, buscando piel, hiriendo, matando si puede. Tal vez logre despedazar a la novillera, sin ayudnates diestros, bastante sola en la plaza enorme. ¡Y quién sabe, quién sabe, con unos arreglos en la plaza, unos cambios de reglas en las corridas, y vuelva a ser un toro vestido de luces, toro y torero a la vez, ordenando él mismo la bandas y fanfarrias!, ¡Qué Dios nos coja confesados!...