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El trabajo infantil, ilegal e inhumano


EL TRABAJO infantil es el que realizan los niños y niñas menores de 14 años a través de faenas, tareas o esfuerzos, en jornadas fijas, remuneradas o no, destinadas a producir bienes o servicios y que ponen en peligro su salud, afectan su desarrollo o le impiden asistir a la escuela. Esta definición elemental deja en claro que no constituyen trabajo infantil las tareas domésticas dentro de la familia propia o las labores ocasionales que un niño o niña puede realizar de manera voluntaria en jornadas que no afecten su salud o su desarrollo o le impidan asistir a la escuela. Vale la pena esta distinción, pues pareciera haber quienes no pueden o quieren entender el verdadero sentido de lo que constituye el trabajo y la explotación de los menores, que campea a sus anchas por nuestras campiñas y ciudades.
En Panamá, decenas de miles de niños y niñas trabajan en condiciones de explotación en cafetales, cañaverales y cosechas diversas, así como en casas de terceros como empleados domésticos y en otras muchas tareas. Cuando, al fin, el Gobierno Nacional ha decidido hacer cumplir la Constitución que estipula en su artículo 70: "Se prohíbe el trabajo a los menores de 14 años y el nocturno a los menores de 16 años, salvo las excepciones que establezca la ley. Se prohíbe igualmente el empleo a menores de 14 años en calidad de sirvientes domésticos y el trabajo de los menores y de las mujeres en ocupaciones insalubres", leyes para impedir la explotación infantil, surgen voces que defienden esta aberración legal y moral con argumentos tan triviales y absurdos, que no merecerían mayor atención, si no fuera porque, publicados como editoriales o artículos de opinión y ventilados en programas de televisión, abogan, como una opción legítima, por la tolerancia del sufrimiento de miles de niños y niñas. Cuando a falta de argumentos, los defensores de la explotación infantil recurren a las anécdotas personales simplistas de empresarios y profesionales exitosos que fueron niños trabajadores y atribuyen su éxito a la disciplina adquirida en esas faenas, revelan su ignorancia de cuan brutal es la realidad de la que estamos hablando.
Hay entre estos argumentadores los que por ignorancia se pronuncian a favor de las bondades del trabajo infantil como instrumento para el desarrollo del carácter. Suponen que los niños que viven en la pobreza requieren de la dura práctica laboral desde temprana edad, como una experiencia educativa que seguramente no prescribirían para sus hijos y nietos. Estos últimos, por razones de su mejor ubicación social, no necesitan de tan cruel método para ser mujeres y hombres laboriosos y responsables, y son la escuela y las actividades deportivas y extracurriculares las prescritas para ellos. Por supuesto, que ninguno de los que se manifiesta a favor del valor formador de la explotación infantil sería capaz de aceptar públicamente que para ellos hay unos niños que son mejores que otros. Están también los que arropados en un discurso caritativo manifiestan su preocupación por la disminución de los ingresos de las familias de estos menores, ignorando el hecho de que constituyen mano de obra barata, que no recibe salario mínimo ni prestaciones sociales y que en el caso de las labores agrícolas la paga se calcula como parte del esfuerzo familiar colectivo y el aporte del menor recoger los granos o productos que han caído al suelo- se considera simbólico y no remunerable.
El trabajo que realizan los niños no tiene nada de infantil, por lo contrario es duro, mal o no remunerado y no conduce al desarrollo de habilidades que abran oportunidades futuras. De hecho, los que trabajan desertan del sistema escolar mucho antes que los no trabajadores como es el caso miles de niños Ngöbe-buglé para quienes el año lectivo termina en el mes de octubre, cuando inician la migración hacia las fincas de Boquete, Renacimiento y Costa Rica, movilizándose cientos de kilómetros desde sus comunidades de origen, recorriendo varias fincas según se desarrolla la cosecha. Llevan a cuestas sus pocas pertenencias y muchas veces a los hermanos menores, a los que cuidan y alimentan en barracas insalubres mientras sus madres recogen el café. Se alimentan básicamente de arroz, cocinado en fogones de leña improvisados dentro del mismo espacio donde duermen hacinados sobre tablones de madera. Todos están enfermos y desnutridos, con infecciones cutáneas y respiratorias típicas de las malas condiciones de vida. Nadie en su sano juicio puede argumentar que todo ese sufrimiento y miseria pueda justificarse en un país democrático que se dice cristiano y que aspira a enrumbarse por caminos del desarrollo y de la prosperidad compartida. Menos aún que estos niños puedan forjarse un futuro mejor y una vida plena a partir de un comienzo tan amargo y doloroso. Dicho todo esto y para quienes no valgan las razones de la más elemental humanidad y de la inteligencia valdrán, entonces, las de las leyes que por primera vez comienzan a cumplirse en nuestra nación.
ariyan@sinfo.net
Los que cerraban en Belén la puerta a María y José creían que le cerraban la puerta a un hombre pobre y a una mujer pobre y de hecho se la cerraban a Dios. Eso es exactamente el sentido comprometedor de la encarnación cada vez que le cerramos, no solo en diciembre, la puerta a un hombre y a una mujer pobre se la cerramos a Dios y así reclama el juez en el juicio que sí es definitivo: porque tuve hambre y no me diste de comer, fui forastero y no me hospedaste. (Mt. 25: 32-46)
La Navidad es una fiesta para todos, porque la redención es para todos. A los pobres, por ejemplo, la justicia debe llegarles no sólo en navidad sino todo el año. Ojalá cada uno de los casi tres millones de panameños podamos escuchar, una vez más, que nos ha nacido a nosotros, un Salvador. Que hay salvación y liberación para cada uno de nosotros. Feliz Navidad , en justicia y libertad.

101 años de Panamá América

 
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