El trabajo informal
Quienes critican las cifras de desempleo oficiales, para alegar que el problema es mucho más grave de lo que se presenta, señalan el trabajo informal como una de las formas predilectas para enmascarar la realidad y no enfrentarla.
Se admite que hay en el país poco menos del 13% de desempleados, que es una cifra pavorosa. Pero al mismo tiempo no se arroja estimado oficial alguno sobre la informalidad, que no se cuenta como parte del desempleo, entendida como aquella actividad económica de subsistencia que realiza una persona, al margen de los requisitos legales.
No tienen licencia comercial o permiso de operación, no cuentan con Seguro Social ni con número patronal, no están registrados ante los municipios, ni pagan impuestos. Navegan fuera de los radares del Gobierno, salvo cuando, víctimas de inspectores oficiales, son víctimas de soborno, persecución y multas. Entre los más evidentes de ellos figuran los vendedores callejeros, que los hay por legiones.
Los pobres, no tienen acceso a créditos ni a asesoría técnica, lo cual limita su capacidad de crecimiento. Pero son gente talentosa y muy meritoria. El mero hecho de tener la iniciativa de lanzarse a las calles con unos sacos de verduras al hombro o con un tanque de refrescos o una cajeta de empanadas, en vez de robar, mendigar o sentarse a esperar ociosamente a que el Gobierno lo resuelva o alguien cargue con él, es digno de elogio. Y por eso debemos darles apoyo, no perseguirlos. Debemos hacer todo lo que podamos para que puedan crecer y generar más riqueza. Lo ideal, obviamente, sería sacarlos de las calles y habilitarles sitios a orilla de las vías, con entradas y salidas rápidas. Pero hay que empezar inventariando el problema, calcular el aporte que hacen a sí mismos, a sus familias y a la economía. Podemos sorprendernos de su magnitud. Y, de paso, tendrá el MEF otro rubro más con qué inflar sus cifras fantasmagóricas de crecimiento y ampliar su base de déficit y endeudamiento galopante con los que nos tiene metidos hasta el cuello.
Se admite que hay en el país poco menos del 13% de desempleados, que es una cifra pavorosa. Pero al mismo tiempo no se arroja estimado oficial alguno sobre la informalidad, que no se cuenta como parte del desempleo, entendida como aquella actividad económica de subsistencia que realiza una persona, al margen de los requisitos legales.
No tienen licencia comercial o permiso de operación, no cuentan con Seguro Social ni con número patronal, no están registrados ante los municipios, ni pagan impuestos. Navegan fuera de los radares del Gobierno, salvo cuando, víctimas de inspectores oficiales, son víctimas de soborno, persecución y multas. Entre los más evidentes de ellos figuran los vendedores callejeros, que los hay por legiones.
Los pobres, no tienen acceso a créditos ni a asesoría técnica, lo cual limita su capacidad de crecimiento. Pero son gente talentosa y muy meritoria. El mero hecho de tener la iniciativa de lanzarse a las calles con unos sacos de verduras al hombro o con un tanque de refrescos o una cajeta de empanadas, en vez de robar, mendigar o sentarse a esperar ociosamente a que el Gobierno lo resuelva o alguien cargue con él, es digno de elogio. Y por eso debemos darles apoyo, no perseguirlos. Debemos hacer todo lo que podamos para que puedan crecer y generar más riqueza. Lo ideal, obviamente, sería sacarlos de las calles y habilitarles sitios a orilla de las vías, con entradas y salidas rápidas. Pero hay que empezar inventariando el problema, calcular el aporte que hacen a sí mismos, a sus familias y a la economía. Podemos sorprendernos de su magnitud. Y, de paso, tendrá el MEF otro rubro más con qué inflar sus cifras fantasmagóricas de crecimiento y ampliar su base de déficit y endeudamiento galopante con los que nos tiene metidos hasta el cuello.