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El tráfico de niñas: ¡Gran iniquidad!


Algunos días han transcurrido desde que la comunidad nacional se sintió conmovida y consternada ante las revelaciones efectuadas por un canal televisivo español, que identificaba a Panamá como un país que, además de poseer la cintura más flexible y estratégica para el rápido tránsito marítimo, se tornaba flexible y estratégico para la exportación e intercambio sexual de mujeres, tal vez porque "las mujeres son entregadas en matrimonio, tomadas en batallas, enviadas como tributo, intercambiadas, compradas y vendidas" (Gayle Rubin, El Tráfico de Mujeres. Notas sobre... p 111) Sólo que en este caso no se trataba de un producto acabado, mayor por el contrario, asomándose apenas a la rendija de la vida y ya eran involucradas en una de las actividades más deleznable a la que pueda ser sometida una mujer: La venta de su cuerpo y su de alma; a muy tierna edad, cifrando acaso los 10, 11, 13, 17, 18 años era impelida al abismo del vicio y la degradación del que le será muy difícil escapar.
Panamá, tierra de fértil campiña, donde dos mares se besan; cuyo cosmopolitismo nos enorgullece, es también un sitio de tránsito, el paso obligado de mares y tierras; de norte a sur; de este a oeste. Por este "camino de cruces" hallaron sus pisadas príncipes y reyes; filibusteros y bucaneros; mercaderes y mercancías; capitales; droga y prostitución. Era de esperarse, muy fuerte su economía descansa en el renglón terciario, el de bienes y servicios, como dicen los economistas. Vendemos de todo y compramos de todo, y de la misma manera las relaciones humanas se han transformado en una mercancía: se compra, se vende y se alquila amor. Algunas lo hacen para no morirse de hambre, otras para llenarse de lujo y confort; para poseer dinero fácil. Muchas con pleno criterio y conciencia, otras, las que aún no han alcanzado ni la madurez ni el juicio crítico, como consecuencia de la seducción de adultos inescrupulosos, delincuentes de cuello blanco, enquistados a veces en las altas esferas de poder, como evidencia el reportaje español. Ha bajado el vapor de la denuncia, los panameños tenemos eso, nos subimos como la Alka Seltzer y nos bajamos igual. La mayor alharaca dura ocho días, sólo hay que darle tiempo, es cuestión de días para que todo se olvide y aquí no ha pasado nada, si al fin de cuentas sólo se trataba de una afirmación, tal vez una película barata de venta de mujeres, de mujeres y... de niñas. Esto pareciera la dinámica que adquieren los hechos, sólo que al respecto existen rumores de vieja data. Recuerdo que hace varios años estudiantes universitarios hicieron una investigación que les arrojaba datos bastante certeros de la prostitución de menores (niñas de la calle que "parqueaban" en los semáforos, según el argot de los grupos entrevistados y que por menos de un balboa le hacían sexo oral a una clientela automovilística). Comentarios parecidos se siguen escuchando, pero todos nos hacemos sordos y ciegos. Al fin y al cabo el peso de la ley se inclina usualmente hacia la prostituta, la pecadora que le puso y la masticó la manzana a Adán, esa que lo conduce inerme hacia el pecado. Quien la induce, la manipula y la corrompe, no tiene ninguna responsabilidad, no es considerado reo, no importa que el estupro sea consignado como delito, eso es letra muerta.
Ahora bien el escándalo ha trascendido nuestros límites geográficos y el eco se repite en todas las latitudes del planeta. Inútil es que hagamos como el avestruz, o lo enfrentamos o nos desborda. El silencio no puede acallarlo, no importa quién o quiénes estén involucrados. Es nuestra personalidad moral la que está en juego, es la decencia del país la que está comprometida; esta la responsabilidad gubernamental con los asociados; es el correcto y sano juicio el que debe imponerse. Hay que atacar el mal y atacarlo de raíz, no importa quién caiga, ni de quién es hermano(a), primo(a). Peor si es político o política. No hacerlo es tolerar y auspiciar la corrupción. La investigación debe ir hasta las últimas consecuencias. Lo exige la salud pública y social. Lo reclama nuestro deber con las actuales y próximas generaciones, lo demanda el pacto con la niñez, los derechos humanos de los niños y las niñas; lo demanda nuestra integridad ciudadana.
Si la prostitución es una lacra social, la prostitución infantil es una de las vilezas más deleznables en que puede caer un ser humano; nos referimos por supuesto a quienes la promueven y propician, los proxenetas y toda la red que la mercadea, incluidos los usuarios, enfermos sexuales que ameritan que se les saque de circulación, porque su conducta alcanza un grado de alta peligrosidad social. No sólo se degradan a ellos mismos, sino que degradan a los demás. Su delito es un crimen contra lesa humanidad, no puede ser tratado con medias tintas, ni con contemplaciones. No cabe paños tibios, ni manejar el asunto como si se tratara de algo intrascendente. Esperamos que la justicia se haga presente, se reivindique, procesa con prontitud y eficacia.

101 años de Panamá América

 
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