El trágico dilema español
Habríamos apostado a que Al-Qaeda se conformaría con los frutos inmediatos del 11 de marzo. Las elecciones españolas habían dado un vuelco inesperado a favor del candidato de la oposición socialista en perjuicio del gobernante Partido Popular que hasta ese momento era favorecido por las encuestas. Para colmos, el triunfante presidente electo, Rodríguez Zapatero, tan pronto hubo conocido los resultados, declaró que retiraría las tropas de su país de Irak para junio próximo, salvo que recibiera un mandato especial de las Naciones Unidas que justificara su permanencia la que, hasta ahora, es a título de invasor y ocupante de esa nación árabe, junto con fuerzas de Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Japón, Centroamérica y otros.
Nos equivocamos; una muestra más de que el mundo está frente a una nueva forma de terrorismo ilógico y de objetivos indefinidos. Ilógico, porque el sentido común indicaba que entraría en un breve compás de espera, para ver si, asumido el poder por el nuevo gobierno socialista, se concretaba el retiro de las tropas españolas, dando así un paso decisivo hacia el aislamiento de Estados Unidos en la cada vez más complicada guerra; al mismo tiempo que se hacía realidad el reintegro político de España hacia una Europa más inclinada hacia una postura dialogante con el extremismo islámico, encabezada por Alemania y Francia. Objetivos indefinidos, porque nadie ha dicho hasta ahora con certeza qué es lo que persiguen Al Qaeda atacando a Occidente.
Pero el hallazgo de dos nuevas y poderosas bombas, atadas a los rieles de otra ruta de ferrocarril, no deja lugar a dudas que el terrorismo no quedó satisfecho con lo hecho el 11 de marzo. Es posible - buscando otra vez la lógica en la sinrazón- que pretenda la rendición incondicional de España, manifestada en el retiro inmediato e incondicional de sus tropas. Pero el riesgo que corre Al Qaeda es cosechar a cambio una costosa doble reacción en contrario, esto es, que Europa abandone en algún grado su postura de paños tibios frente al terrorismo por solidarizarse con su afligido socio; y que al mismo tiempo fuerce a la radicalización de España, empujándola hacia una guerra total y a muerte, que hasta el momento había evitado -incluso contra la insurgencia interna de ETA- previa aceptación nacional del precio a pagar. Repetimos, no porque lo quiera sino porque el terrorismo no le deja alternativa. Y en ese terreno, hallará en España a un enemigo más peligroso que el que creen porque, a diferencia de Estados Unidos y sus aliados, ella lleva siglos de conocer al islamismo por dentro, de llevarlo en su pr opia sangre y cultura. Y la prueba es lo rápido que ubicó a los responsables del 11 de marzo.
Nos equivocamos; una muestra más de que el mundo está frente a una nueva forma de terrorismo ilógico y de objetivos indefinidos. Ilógico, porque el sentido común indicaba que entraría en un breve compás de espera, para ver si, asumido el poder por el nuevo gobierno socialista, se concretaba el retiro de las tropas españolas, dando así un paso decisivo hacia el aislamiento de Estados Unidos en la cada vez más complicada guerra; al mismo tiempo que se hacía realidad el reintegro político de España hacia una Europa más inclinada hacia una postura dialogante con el extremismo islámico, encabezada por Alemania y Francia. Objetivos indefinidos, porque nadie ha dicho hasta ahora con certeza qué es lo que persiguen Al Qaeda atacando a Occidente.
Pero el hallazgo de dos nuevas y poderosas bombas, atadas a los rieles de otra ruta de ferrocarril, no deja lugar a dudas que el terrorismo no quedó satisfecho con lo hecho el 11 de marzo. Es posible - buscando otra vez la lógica en la sinrazón- que pretenda la rendición incondicional de España, manifestada en el retiro inmediato e incondicional de sus tropas. Pero el riesgo que corre Al Qaeda es cosechar a cambio una costosa doble reacción en contrario, esto es, que Europa abandone en algún grado su postura de paños tibios frente al terrorismo por solidarizarse con su afligido socio; y que al mismo tiempo fuerce a la radicalización de España, empujándola hacia una guerra total y a muerte, que hasta el momento había evitado -incluso contra la insurgencia interna de ETA- previa aceptación nacional del precio a pagar. Repetimos, no porque lo quiera sino porque el terrorismo no le deja alternativa. Y en ese terreno, hallará en España a un enemigo más peligroso que el que creen porque, a diferencia de Estados Unidos y sus aliados, ella lleva siglos de conocer al islamismo por dentro, de llevarlo en su pr opia sangre y cultura. Y la prueba es lo rápido que ubicó a los responsables del 11 de marzo.