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El transporte mercantilista


Si se mira el transporte como una mercancía a vender y a la que hay que sacar el máximo de ganancia, tendremos el transporte público que padecemos. Si desligamos el medio de traslado de personas de su carácter social, de su carácter humano, de que los usuarios no son cargas que se apretujan en un camión para trasladarla sin miramientos a varios kilómetros, tendremos la deshumanización del transporte público que nos degrada. Si al dueño de los buses sólo le interesa que cada viaje circuital reporte tanto, tendremos los resultados del nefasto y salvaje "juega vivo". La Ley de la selva, de la incivilidad, del guapo y malhechor busero y palancas, aunque se les uniforme y perfume.
Mientras el chofer busero y sus palancas no reciban un salario justo por su arduo y riesgozo oficio no podremos evitar el desorden que se crea al querer alocadamente adelantarse al compañero para robarle al cliente. Mientras la sociedad no considere que el chofer es otra persona digna, con derecho a una subsistencia adecuada y estable, con seguro y seguridad social, su ánimo oscilará pendularmente entre el resquemor hacia su patrón y su venganza velada contra el usuario a su merced.
¿Qué es un niño? ¿Quién es el niño? ¿Quién es el parvulillo uniformado que le hace señas para poder ir a su escuela, que lo haga detenerse, haciéndole perder los clientes de más adelante, en "paradas" o no, y que sí pagan? ¿Qué es ese montículo uniformado si al policía de tránsito, con uniforme y con pistola, tampoco le hace caso? ¿La dama anciana, a quien cuesta un mundo subirse los empinados peldaños de su carcacha? Un molestoso bulto humano que le retrasa su "modus vivendi". Su afán obsesionante por arrebatar a un infeliz colega un pasajero más lo lleva a menudo a maltratar de palabra a la angustiada anciana y hasta empujarla físicamente con absoluto irrespeto.
El mercantilismo del transporte público en su fase operativa conduce irremediablemente a la deshumanización del mismo, a la inadmisible insolvencia ética y al terrorismo de hecho.
¿Qué otra cosa puede ser el conducir un enorme autobús con cincuenta pasajeros, en forma brutal, jugando con sus vidas al conducirlos desbocados en los corredores, queriendo pasar a un menos descuidado chofer o correr en una arteria congestionada aumentando la velocidad sin límites para abrirse paso entre los otros vehículos menores y llegar a la parada primero que otro? ¿No se llama "secuestro involuntario", al que se someten todos los pasajeros? He allí el terror, he allí el error del sistema.

101 años de Panamá América

 
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