El triunfo de Barack Obama
Sucedió lo que se preveía, y el hecho habla muy bien de la sociedad norteamericana. No porque haya ganado un candidato de color, que de por sí es un hito bien recibido, sino por la voluntad y la decisión demostrada. La alta concurrencia, en comparación con las elecciones ocurridas desde 1964 a la fecha, muestran al mundo el alto grado de protagonismo que ha ejercido la ciudadanía estadounidense, movida quizás por el número plural de problemas que se ha acumulado en los últimos años. Una mayoría como ésa no daba espacio para otra cosa que no fuera el reconocimiento de su decisión.
¿Qué se puede esperar de Obama? Mucho. Pero lo mejor será observar. Nada nuevo resulta el que un candidato que asuma la primera magistratura de un país con una alta votación, luego no corresponda a los más elementales objetivos de sus votantes.
Y es lógico que así sea. Porque, mientras que la beligerancia ciudadana cobra expresión contundente cada cuatro años, el rejuego de las distintas fuerzas políticas e intereses actúa diariamente con metas bien definidas, con propósitos abiertos y a veces ocultos.
Obama tiene un gran reto por delante, más que cualquier otro presidente estadounidense, porque a las demandas normales que sus predecesores han tenido, se suman los derivados de lo que él mismo ha llamado "la audacia de la esperanza", y ese voto sí pesa, sobre todo, si en algún momento se asoma un matiz de frustración.