El triunfo final de Francisco Peña Gómez
No le alcanzó vida para saborear el triunfo de su discípulo Hipólito Mejía, un virtual desconocido en la arena política, perteneciente a su social demócrata Partido Revolucionario Dominicano (PRD), quien acaba de ganar las elecciones presidenciales de su país.
Donde quiera que esté, Francisco Peña Gómez, debe estar aun celebrado la victoria que siempre le fue siempre ingrata, pese a sus incontables méritos. No obstante, fue él, Peña Gómez, el verdadero artífice del triunfo de Mejía. Y por eso es que, en una de sus intervenciones iniciales, tras confirmarse el triunfo, lo primero que hizo el presidente electo fue dedicar su victoria al fallecido líder populista.
De orígenes humildes, perdidos en lejanos parajes, en una vivienda de cartón edificada sobre el fango, Peña Gómez pasó de la extrema pobreza a la ilustración universitaria, limpiando antes zapatos y dedicándose a tareas de mera subsistencia, con las que se batía a diario contra el hambre y sus secuelas. Sobrevivió y se superó por su talento.
De tez tan negra como brillante sus ideas y verbo encendido como látigo, Peña Gómez se hizo desde muy joven, a los 27 años, del liderazgo de su partido, que fuera fundado por otro de esos monstruos que han monopolizado la vida política de su país, Juan Bosh. Este se había marginado del PRD en 1973, el cual había fundado para desafiar a otro de los grandes titanes, Joaquín Balaguer, seis veces presidente de República Dominicana.
José Francisco Peña Gómez, se catapultó a la cima de su partido cuando se hizo cargo de él y gestó la insurrección constitucionalista de 1965 en ausencia de Bosch que había sido exiliado en 1962. Superada la crisis nacional, Bosh retorna en 1971, pero para ese entonces, tropezó con el nuevo liderazgo del joven Peña Gómez, quien empezó a adversarlo con su propuesta de ampliar la base democrática del partido, en vez del verticalismo preconizado por el viejo caudillo como estrategia para enfrentar a Balaguer.
Su estatura política y proyección internacional le permitieron trascender sus fronteras patrias, llegando a desarrollar una estrecha relación con los dirigentes políticos más importantes de su tiempo, entre ellos el español Felipe González, el venezolano Carlos Andrés Pérez, el cubano Fidel Castro, el panameño Omar Torrijos Herrera, el presidente francés Francois Mitterand y el canciller alemán Billy Brandt. Hasta 1998 ocupó la vicepresidencia de la Internacional Social Demócrata.
Entre 1994 tras un colosal fraude en su contra, pierde las elecciones con Balaguer, pero fuerza una reforma constitucional que suprime la reelección inmediata y obliga a una segunda vuelta con el obvio propósito de impedir que Balaguer siga ganando la presidencia en buena y mala lid. Ese fue quizás su principal aporte legislativo a la democracia dominicana.
Se ha dicho con razón que lo que diferenció los liderazgos de Bosch y Balaguer con el de Peña Gómez en su país, ha sido su visión de origen. Los dos primeros tendieron al estatismo, predicando soluciones impuestas de arriba hacia abajo, del Estado hacia el pueblo. En cambio la de Peña Gómez fue a la inversa, predicaba que correspondía a unas masas participativas proveer sus propias soluciones. Su aporte a la construcción de la democracia dominicana es imperecedero y el triunfo de su partido hoy, es suyo, forjado con sus manos.
Donde quiera que esté, Francisco Peña Gómez, debe estar aun celebrado la victoria que siempre le fue siempre ingrata, pese a sus incontables méritos. No obstante, fue él, Peña Gómez, el verdadero artífice del triunfo de Mejía. Y por eso es que, en una de sus intervenciones iniciales, tras confirmarse el triunfo, lo primero que hizo el presidente electo fue dedicar su victoria al fallecido líder populista.
De orígenes humildes, perdidos en lejanos parajes, en una vivienda de cartón edificada sobre el fango, Peña Gómez pasó de la extrema pobreza a la ilustración universitaria, limpiando antes zapatos y dedicándose a tareas de mera subsistencia, con las que se batía a diario contra el hambre y sus secuelas. Sobrevivió y se superó por su talento.
De tez tan negra como brillante sus ideas y verbo encendido como látigo, Peña Gómez se hizo desde muy joven, a los 27 años, del liderazgo de su partido, que fuera fundado por otro de esos monstruos que han monopolizado la vida política de su país, Juan Bosh. Este se había marginado del PRD en 1973, el cual había fundado para desafiar a otro de los grandes titanes, Joaquín Balaguer, seis veces presidente de República Dominicana.
José Francisco Peña Gómez, se catapultó a la cima de su partido cuando se hizo cargo de él y gestó la insurrección constitucionalista de 1965 en ausencia de Bosch que había sido exiliado en 1962. Superada la crisis nacional, Bosh retorna en 1971, pero para ese entonces, tropezó con el nuevo liderazgo del joven Peña Gómez, quien empezó a adversarlo con su propuesta de ampliar la base democrática del partido, en vez del verticalismo preconizado por el viejo caudillo como estrategia para enfrentar a Balaguer.
Su estatura política y proyección internacional le permitieron trascender sus fronteras patrias, llegando a desarrollar una estrecha relación con los dirigentes políticos más importantes de su tiempo, entre ellos el español Felipe González, el venezolano Carlos Andrés Pérez, el cubano Fidel Castro, el panameño Omar Torrijos Herrera, el presidente francés Francois Mitterand y el canciller alemán Billy Brandt. Hasta 1998 ocupó la vicepresidencia de la Internacional Social Demócrata.
Entre 1994 tras un colosal fraude en su contra, pierde las elecciones con Balaguer, pero fuerza una reforma constitucional que suprime la reelección inmediata y obliga a una segunda vuelta con el obvio propósito de impedir que Balaguer siga ganando la presidencia en buena y mala lid. Ese fue quizás su principal aporte legislativo a la democracia dominicana.
Se ha dicho con razón que lo que diferenció los liderazgos de Bosch y Balaguer con el de Peña Gómez en su país, ha sido su visión de origen. Los dos primeros tendieron al estatismo, predicando soluciones impuestas de arriba hacia abajo, del Estado hacia el pueblo. En cambio la de Peña Gómez fue a la inversa, predicaba que correspondía a unas masas participativas proveer sus propias soluciones. Su aporte a la construcción de la democracia dominicana es imperecedero y el triunfo de su partido hoy, es suyo, forjado con sus manos.