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El turismo y la ecología


El potencial turístico de Panamá es indudable. Precisamente por ello es difícil comprender algunas conductas que, por un lado, demandan que se concentren esfuerzos en desarrollarlo; pero, por el otro, se oponen a las iniciativas encaminadas en esa dirección. Con frecuencia hemos escuchado y leído cómo se ponderan los resultados obtenidos por algunos países vecinos para promover el ecoturismo y, a la vez, se reclama que debiéramos imitarles, dado que Panamá posee alternativas iguales o superiores para atraer visitantes que buscan explorar parajes excepcionales por su flora y fauna, como los que nuestro istmo ofrece. Esa exhortación tiene todo el sentido, pero no lo tiene que cuando se toman iniciativas para propiciar, precisamente, el desarrollo de esas áreas especiales, entonces se tenga que enfrentar un mundo de objeciones, muchas de ellas formuladas por aquellos que reclamaban contra la ausencia de las mismas. En otras palabras, se reclama y se objeta de manera contradictoria.
La isla de Coiba fue por decenas de años un estigma para nuestro país. Allí operó un establecimiento penitenciario de ingrata recordación. Desde siempre se reclamó su cierre y que se la dedicara a mejores y productivos fines. Por sus condiciones sería un sitio ideal para desarrollar turismo ecológico y actividades de pesca, que ya existen pero que podrían incrementarse, sobre todo, porque en los alrededores de la isla existe uno de los bancos coralíferos más grandes, sino el más grande, del mundo.
En principio, me hace mucha lógica que ese paraíso natural se desarrolle para la explotación turística, planificadamente desde luego. Por el tamaño de la isla, reputada como la más grande del litoral pacífico del continente americano, es difícil entender que en ella no puedan caber instalaciones para alojar a los turistas que la visitarían y, a la vez, preservar su riqueza ambiental.
Comprendo las preocupaciones que han expresado organizaciones ambientalistas de nuestro país para que se cuide el entorno ecológico de la isla, pero no comprendo los extremos a que ha llegado la oposición de algunos que objetan cualquier iniciativa de desarrollarla para fines turísticos.
En todas partes del mundo, en las que se desarrolla el turismo ecológico se trata de que las facilidades que se construyen se integren con la naturaleza y no veo porqué en Panamá no podría ser igual y hasta mejor logrado ese objetivo, ya que se cuenta con muchas experiencias acumuladas en otras latitudes que podrían aprovecharse con ventaja.
Por otra parte, me parece absurdo que una de las objeciones más fuertes que he escuchado a la legislación que se discute en la asamblea para regular la materia esté dirigida a la composición del organismo rector. Asumir que la presencia de ministros daría lugar a decisiones inconvenientes para preservar la riqueza ambiental de la isla es reflejo de una actitud prejuiciada. Por disponerlo la ley vigente, cualquier proyecto que se pretenda desarrollar en Coiba tendría que contar con una evaluación ambiental favorable, y para eso se requerían los estudios técnicos que fueran necesarios, pero ello no significa que la presencia de los ambientalistas sea imprescindible para tomar decisiones políticas, en el buen sentido.
De un tiempo a esta parte, parece que en nuestro país estuviéramos fomentando como norma de conducta oponernos a todo, antes de averiguar o como fórmula para lograr notoriedad.

101 años de Panamá América

 
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