El valor del voto
En un sistema democrático basado en la libertad, la justicia, el bienestar común y el respeto a las instituciones, al individuo y a las minorías, las elecciones representan el recambio o la continuidad del gobierno que ostenta la representación ciudadana.
A lo largo de la historia que, contrario a lo que se cree, no transcurre en el tiempo sino que en la vida de los pueblos es el tiempo mismo, como lo comprueba la repetición transtemporal de los hechos. La muerte, el exilio y la cárcel han sido, son y serán el resultado de la imposición política cuando se vota con la espada. A menudo sin otra autoridad moral que la fuerza bruta. Es justo, aunque igualmente doloroso, reconocer que la restauración democrática en defensa de la libertad también ha costado “sangre, sudor y lágrimas”.
Porque el valor del voto es la paz, la responsabilidad del ciudadano que lo emite vale tanto o más que todo un gobierno. Cuando el ciudadano se dispone a emitir concienzudamente su voto, también emite una opinión irrefutable sobre quienes serán sus representantes en el manejo de la cosa pública.
El voto no sólo es un mensaje de paz, es un mandato de conciencia, una orden de ejecutar las promesas que nos han hecho y un compromiso personal para defenderlo con la Constitución y la ley en la mano.
Cuando el ciudadano vota, acepta tácitamente, como integrante inseparable del Estado, la responsabilidad que comparte con los gobernantes que elige. Ciudadanía y gobierno hacen el Estado. Tanto peca uno como el otro, por acción o desidia, cuando se quiebran las reglas que rigen a la sociedad.
Pero el voto no es todo. No vale ir a cada elección sin haberse informado detalladamente de las propuestas hechas por los distintos candidatos, haberlas evaluado anteponiendo el interés del país, aunque de eso dependa un empleo, un nombramiento o una escalada social. Si cada uno votara por sus intereses y no por el rumbo del país poco importarían los candidatos que se escojan. Se votaría en plancha por el color de los partidos y a dormir otra vez por cuatro años.
Creo que es un gran error para el desarrollo de nuestra joven democracia el sistema de voto en plancha, porque bajo la bandera del partido a menudo se cuelan aves de rapiña que luego tenemos que sufrir o que nos avergüenzan. Tampoco favorece a la transparencia el cuarto menguante o el medio cociente ni los “llaneros solitarios” que no representan a nadie más que al Tribunal Electoral.
Seamos ciudadanos de una democracia moderna y participemos con nuestros principios y valores en la construcción de una sociedad organizada y progresista. El voto no se acaba cuando se lo deposita en la urna. Debemos defenderlo con la voz, con la pluma y con la ley. Comprendamos de una vez por todas que el país que soñamos no depende del dinero corrupto, de la propaganda mentirosa o del acoso económico, sino de la voluntad, el valor y la persistencia de nuestras convicciones.