El vino y la soledad contemporánea
El vino y la soledad contemporánea
La crisis mundial del vino no es solo una cuestión de clima, mercado o salud pública. Es, sobre todo, un síntoma social. La caída sostenida del consumo de vino en los países ricos dice menos sobre el gusto de las nuevas generaciones y más sobre la forma en que vivimos, comemos y nos relacionamos.
Durante siglos, el vino fue un acto colectivo. Acompañó cenas largas, conversaciones pausadas y encuentros que no tenían prisa. No era la bebida del exceso, sino de la compañía. Hoy, ese ritual se desvanece. Las cifras son claras. Se bebe menos vino en Francia, en Estados Unidos, en Reino Unido y en China. No porque el vino haya empeorado, sino porque las ocasiones para compartirlo se han reducido.
Vivimos cada vez más solos. Aumentan los hogares unipersonales y se multiplican las comidas frente a una pantalla. Comer dejó de ser un acto social para convertirse en una tarea funcional. En ese contexto, el vino pierde sentido. No encaja bien con la cena improvisada, con el microondas ni con el silencio del celular. El vino exige tiempo y presencia. Y eso es precisamente lo que escasea.
Se suele explicar esta tendencia apelando a la salud. Es cierto que existe mayor conciencia sobre los riesgos del alcohol. También es cierto que los jóvenes beben de otra manera y buscan experiencias distintas. Pero los datos muestran que no han abandonado el alcohol. Han abandonado, más bien, los espacios donde el vino tenía un lugar natural. La cerveza y los destilados se adaptan mejor a encuentros rápidos, a eventos masivos o a consumos individuales. El vino no.
La soledad no empuja necesariamente a beber más. De hecho, ocurre lo contrario. La evidencia sugiere que las personas beben más cuando están de buen ánimo y acompañadas. El alcohol, para la mayoría, no es una vía de escape solitaria, sino un lubricante social. Si la vida social se reduce, también lo hace el consumo de vino.
Este fenómeno tiene consecuencias que van más allá del sector vitivinícola. La pérdida de comidas compartidas está asociada a menor bienestar, peor salud mental y menor satisfacción con la vida. Compartir la mesa importa tanto como el empleo o el ingreso. No es nostalgia. Es evidencia.
Algunos productores intentan adaptarse con formatos individuales o experiencias guiadas que recrean artificialmente la sociabilidad perdida. Otros buscan recuperar el encuentro prolongado. Ambas estrategias revelan lo mismo. El vino ya no puede darse por sentado como parte de la vida cotidiana.
La crisis del vino no es una moda pasajera ni una simple corrección del mercado. Es un reflejo de sociedades más fragmentadas, más solas y más aceleradas. Tal vez el problema no sea que bebamos menos vino. Tal vez el verdadero problema sea que tengamos cada vez menos con quién brindar.