Elecciones de una pequeña gran nación
La espléndida mañana soleada del pasado 2 de mayo, presagió desde su inicio el triunfo de la transparencia, tolerancia y trazó un nuevo y promisorio derrotero a la nación istmeña, al concluir el segundo milenio y un siglo marcado por la convulsión, la dependencia, y sobre todo, la incesante búsqueda del perfeccionamiento de la independencia.
Hay actos públicos y nacionales que tienen la peculiaridad de fijar hitos, señalar rumbos a gobernantes y pueblos, a fecundar la memoria nacional y sembrar futuro.
Nuestro futuro, dijo, en medio de los comicios, el presidente Ernesto Pérez Balladares, "depende sólo de nosotros". Horas después, la presidencia electa, Mireya Moscoso, señalaba en su mensaje de candidata triunfante ante la Nación: "somos los dueños de nuestro propio destino".
Toda una historia de cinco siglos signada por la dependencia comienza a derrumbarse con ambas afirmaciones coincidentes al aproximarse el nuevo milenio, donde la entrega del mítico Canal de Panamá rompe la espada de Damócles, pendiente sobre el Istmo, desde que se suscribió con Estados Unidos el Tratado Hay Buneau Varilla en 1904
Feliz coincidencia la de estos comicios, que adquirieron el bien ganado mote de fiesta cívica, porque todos los hechos trascendentes, la extraordinaria participación -ordenada, respetuosa, masiva- son la mejor carta de presentación a nivel internacional, de un país que ya es objeto de la atención mundial por el reto que tiene de administrar sabiamente su principal y estratégico recurso: la vía interoceánica.
Atinada respuesta la de una comunidad que se sabe dueña de su propio destino y que su principal recurso, su credibilidad, es el verdadero patrimonio nacional para poner en marcha un proyecto internacional, que será para beneficio nacional y marcará además el sendero de la autodeterminación.
Período excepcional para el estratégico Istmo,- único, irrepetible- donde el Protectorado da paso a la República, y cuya agenda para el siglo XXI está tácitamente escrita: unidad nacional para una gobernabilidad eficaz.
Cayeron o quedaron en el closet del pasado, la sombra del fraude, los temores de la arbitrariedad, para beneficio de un proyecto común, postergado, quizás, durante todo este siglo.
Se abre, cuando menos, un nuevo panorama político repleto de expectativas, donde "ganadores y perdedores", están realizando su balance y reacomodando estrategias para enfrentar el escenario que se avecina, a pocos meses de la recuperación del mítico Canal, y de la inauguración de un gobierno que ha prometido singulares cambios.
El siglo XXI, a la vuelta de la esquina, demanda serios compromisos a los países pequeños y emergentes como Panamá, y les reclama no sólo una promoción con voluntad de cambios hacia las mayorías marginadas, sino una coherencia con el mundo internacional y sus instituciones rectoras de la economía.
¿Cómo conciliar ambos derroteros obligantes? Es la agenda a desarrollar en este quinquenio: con coherencia, conocimiento, pragmatismo, sentido común, racionalidad y, sobre todo, voluntad política.
Un lema de fin de siglo pudiera ser: No hay que dejar para mañana el sueño de hoy, frase que recorrió el Istmo como un fantasma desde que se suscribió un Tratado "que ningún panameño firmó", en los albores de la recién instalada República.
Hay actos públicos y nacionales que tienen la peculiaridad de fijar hitos, señalar rumbos a gobernantes y pueblos, a fecundar la memoria nacional y sembrar futuro.
Nuestro futuro, dijo, en medio de los comicios, el presidente Ernesto Pérez Balladares, "depende sólo de nosotros". Horas después, la presidencia electa, Mireya Moscoso, señalaba en su mensaje de candidata triunfante ante la Nación: "somos los dueños de nuestro propio destino".
Toda una historia de cinco siglos signada por la dependencia comienza a derrumbarse con ambas afirmaciones coincidentes al aproximarse el nuevo milenio, donde la entrega del mítico Canal de Panamá rompe la espada de Damócles, pendiente sobre el Istmo, desde que se suscribió con Estados Unidos el Tratado Hay Buneau Varilla en 1904
Feliz coincidencia la de estos comicios, que adquirieron el bien ganado mote de fiesta cívica, porque todos los hechos trascendentes, la extraordinaria participación -ordenada, respetuosa, masiva- son la mejor carta de presentación a nivel internacional, de un país que ya es objeto de la atención mundial por el reto que tiene de administrar sabiamente su principal y estratégico recurso: la vía interoceánica.
Atinada respuesta la de una comunidad que se sabe dueña de su propio destino y que su principal recurso, su credibilidad, es el verdadero patrimonio nacional para poner en marcha un proyecto internacional, que será para beneficio nacional y marcará además el sendero de la autodeterminación.
Período excepcional para el estratégico Istmo,- único, irrepetible- donde el Protectorado da paso a la República, y cuya agenda para el siglo XXI está tácitamente escrita: unidad nacional para una gobernabilidad eficaz.
Cayeron o quedaron en el closet del pasado, la sombra del fraude, los temores de la arbitrariedad, para beneficio de un proyecto común, postergado, quizás, durante todo este siglo.
Se abre, cuando menos, un nuevo panorama político repleto de expectativas, donde "ganadores y perdedores", están realizando su balance y reacomodando estrategias para enfrentar el escenario que se avecina, a pocos meses de la recuperación del mítico Canal, y de la inauguración de un gobierno que ha prometido singulares cambios.
El siglo XXI, a la vuelta de la esquina, demanda serios compromisos a los países pequeños y emergentes como Panamá, y les reclama no sólo una promoción con voluntad de cambios hacia las mayorías marginadas, sino una coherencia con el mundo internacional y sus instituciones rectoras de la economía.
¿Cómo conciliar ambos derroteros obligantes? Es la agenda a desarrollar en este quinquenio: con coherencia, conocimiento, pragmatismo, sentido común, racionalidad y, sobre todo, voluntad política.
Un lema de fin de siglo pudiera ser: No hay que dejar para mañana el sueño de hoy, frase que recorrió el Istmo como un fantasma desde que se suscribió un Tratado "que ningún panameño firmó", en los albores de la recién instalada República.