Elecciones en Tontilandia
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae
Como observador de la Liga de las Naciones, me correspondió vigilar una elección en Tontilandia, una pequeña nación en el sur del mundo. Pregunté por qué se hacía en un día hábil y no en domingo, perdiéndose así un ingreso importante para todos. Mi contraparte me dijo: es la ley. Enseguida observé que estaba todo cerrado, y al preguntar se me respondió que era para facilitar el acto solemne, que requiere de tiempo y tranquilidad. Después observé que la gente se demoraba en votar entre 30 minutos y un par de horas.
Cerca del mediodía invité a mi nuevo amigo a tomarnos un aperitivo. No se puede, a menos que vayamos a un hotel de turismo caro. Lo que pasa, me explicó, es que a los tomadores los pueden encerrar, emborrachar y convencer. Además, con el alcohol se ponen belicosos y pelean. Agregó que no importaba que en otros días del año tomaran, pero no durante el proceso electoral. Pero podrían tener licor guardado del día anterior, le dije. Me miró con sorpresa y afirmó que no importaba que se sacaran la mugre en la casa con los parientes y amigos.
Observé que los hombres y las mujeres votaban en lugares distintos. Mi amigo me dijo que las elecciones producían una gran excitación y que había que ser prudente. No comprendí.
Al llegar a las mesas de votación observé que todos mostraban una tarjeta y pregunté de qué se trataba. Es la cédula única de identidad. ¿Qué es eso? Pues un documento oficial, obligatorio, que dice que usted es usted y además le da un número, como hacían los nazis en los campos de concentración. Es como otro certificado, que antes se usaba mucho, y que informaba que usted está vivo. Pero la obligatoriedad, sostuve, viola sus derechos personales y tiene costos pecuniarios. Además, hay otras formas de identificarse. Mi contraparte me miró con desprecio y me dijo: así era antes, pero ahora hemos progresado y tenemos a todos numerados. Aquí nadie vota sin la cédula de identidad, salvo que sea ministro del Interior.
Noté una gran cantidad de votantes y para hacerme el simpático comenté sobre su conciencia ciudadana. Mi amigo, ya con unos tragos, me dijo que era una obligación, y que al que no cumplía lo multaban. Y me agregó que en parte por esto los jóvenes no se inscribían. Cuando le dije que en democracia las identificaciones y las votaciones debieran ser voluntarias, me explicó que eso es así en las sociedades liberales, pero que en Tontilandia esa etapa estaba superada. Al preguntar si el trabajo de los vocales de mesa era pagado, recibí una mirada de incomprensión. Agregué que esa gente perdía un día entero y que sólo un gran sentido del deber ciudadano explicaría su presencia. Mi amigo me dijo que era una obligación y que si alguien fallaba, a la prisión.
Observé que el sistema era muy artesanal y anticuado. Es una suerte de rito, me explicó mi contraparte un tanto molesta. ¿Será por eso, le pregunté, que al final, le manchan el dedo con una unción indeleble? Mi amigo se puso serio y me dijo: Mira, ¡así son las elecciones en Tontilandia, y ahorita que abrieron los clandestinos, nos vamos a ir de copas y al avión!
Como observador de la Liga de las Naciones, me correspondió vigilar una elección en Tontilandia, una pequeña nación en el sur del mundo. Pregunté por qué se hacía en un día hábil y no en domingo, perdiéndose así un ingreso importante para todos. Mi contraparte me dijo: es la ley. Enseguida observé que estaba todo cerrado, y al preguntar se me respondió que era para facilitar el acto solemne, que requiere de tiempo y tranquilidad. Después observé que la gente se demoraba en votar entre 30 minutos y un par de horas.
Cerca del mediodía invité a mi nuevo amigo a tomarnos un aperitivo. No se puede, a menos que vayamos a un hotel de turismo caro. Lo que pasa, me explicó, es que a los tomadores los pueden encerrar, emborrachar y convencer. Además, con el alcohol se ponen belicosos y pelean. Agregó que no importaba que en otros días del año tomaran, pero no durante el proceso electoral. Pero podrían tener licor guardado del día anterior, le dije. Me miró con sorpresa y afirmó que no importaba que se sacaran la mugre en la casa con los parientes y amigos.
Observé que los hombres y las mujeres votaban en lugares distintos. Mi amigo me dijo que las elecciones producían una gran excitación y que había que ser prudente. No comprendí.
Al llegar a las mesas de votación observé que todos mostraban una tarjeta y pregunté de qué se trataba. Es la cédula única de identidad. ¿Qué es eso? Pues un documento oficial, obligatorio, que dice que usted es usted y además le da un número, como hacían los nazis en los campos de concentración. Es como otro certificado, que antes se usaba mucho, y que informaba que usted está vivo. Pero la obligatoriedad, sostuve, viola sus derechos personales y tiene costos pecuniarios. Además, hay otras formas de identificarse. Mi contraparte me miró con desprecio y me dijo: así era antes, pero ahora hemos progresado y tenemos a todos numerados. Aquí nadie vota sin la cédula de identidad, salvo que sea ministro del Interior.
Noté una gran cantidad de votantes y para hacerme el simpático comenté sobre su conciencia ciudadana. Mi amigo, ya con unos tragos, me dijo que era una obligación, y que al que no cumplía lo multaban. Y me agregó que en parte por esto los jóvenes no se inscribían. Cuando le dije que en democracia las identificaciones y las votaciones debieran ser voluntarias, me explicó que eso es así en las sociedades liberales, pero que en Tontilandia esa etapa estaba superada. Al preguntar si el trabajo de los vocales de mesa era pagado, recibí una mirada de incomprensión. Agregué que esa gente perdía un día entero y que sólo un gran sentido del deber ciudadano explicaría su presencia. Mi amigo me dijo que era una obligación y que si alguien fallaba, a la prisión.
Observé que el sistema era muy artesanal y anticuado. Es una suerte de rito, me explicó mi contraparte un tanto molesta. ¿Será por eso, le pregunté, que al final, le manchan el dedo con una unción indeleble? Mi amigo se puso serio y me dijo: Mira, ¡así son las elecciones en Tontilandia, y ahorita que abrieron los clandestinos, nos vamos a ir de copas y al avión!