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Elegido y elector


Son dos condiciones que se atraen mutuamente y cuyas existencias son dependientes. La categoría de elegido supone la expresión de la voluntad de los electores. Esta voluntad por lo general se expresa en las urnas y viene a ser el mejor activo con el que se distingue al elegido. Por ello, éste en razón de esta realidad, asume una extraordinaria responsabilidad con la sociedad en su conjunto.
El elegido tiene como principal soporte su propuesta programática, la cual podrá ser validada en la medida en que su ejecución sea respaldada e impulsada por el elector. Porque si se da la sustracción del elector de la dinámica política del elegido, inexorablemente se da la desmovilización de éste y por consecuencia la negación de los objetivos propuestos.
No obstante, la experiencia histórica-política nacional ha demostrado con marcada regularidad el desvínculo entre el elegido y el elector, lo cual ha conducido, la mayoría de las veces, al fracaso. Por lo general el elegido se distancia del elector, convirtiéndose en una supra-clase que crea su propia cosmovisión, la cual resulta a la postre ilusoria.
Por su parte el elector que es la base sólida del elegido es excluido, integrando una sub-clase, la cual es negada. Igualmente crea su propio universo, el cual no se corresponde con el del elegido.
Pareciera que esa relación simbiótica solamente tiene existencia durante los procesos electorales.
Pero ese mundo de espejismo construido por el elegido lo será en la medida en que el elector no asuma su responsabilidad, que es la de hacer que ese mundo utópico adquiera matices reales. El así mismo, asumirá el compromiso de su exclusión, siempre que adopte una actitud pasiva que no obligue, por ello, al elegido a cumplir.
Precisamente lo contemplativo y apático de ese comportamiento es lo que deforma la relación elegido-elector, y la modela en los términos de crear una gran dependencia del elector respecto del elegido.
Esa conducta a la que hacemos alusión del elector, no lo hace consciente de que cuantitativamente tiene el peso mayoritario en la relación, y que es esa razón , la que lo convierte en una fuerza. De la misma manera, esa inconsciencia, no lo lleva a reconocer que la entrega de su voluntad al elegido para que lo represente, se hace en función de un pacto tácito, el cual tendrá verdadero contenido, en la medida en que se administre y se desarrolle en función de los intereses colectivos y no particulares. Desafortunadamente el elector no tiene claridad se su ubicación en la relación, y asume como bueno el rol de instrumento de uso que le da el elegido.
Como quiera que el poder político queda entonces en sus manos, el elegido asume la parte activa en la relación, imponiendo su voluntad y sus intereses.
El resultado final es una relación atrofiada en virtud de la óptica de uno y otro elemento, pero fundamentalmente la del elegido que entiende una vez alcanzado sus objetivos que debe asumir otra actitud, que desde luego, dista mucho de la conducta original comprometida en el pacto de caballero hecho en la campaña electoral.
Es menester que el elegido y el elector ganen conciencia de su existencia, porque en esa conexión dicotómica y dialéctica, la consistencia de las partes será factor esencial para la mantención de la relación.
La correspondencia es mutua, y no en los términos de superioridad e inferioridad. Se trata de que no hay elegido si no hay elector y éste no tendría razón sino existe el primero.

101 años de Panamá América

 
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