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En defensa de la democracia


Hoy no hay peligros de golpes de Estado, pero los que tenemos memoria observamos síntomas que nos resultan familiares: crisis económica, desprestigio de la clase dirigente, descreimiento de la sociedad en las soluciones democráticas y una estructura social que en lugar de integrar, expulsa a través de la desocupación y el abandono.
El empobrecimiento progresivo de los sectores medios es otra de las típicas señales de peligro. Las clases medias urbanas y rurales asustadas o empobrecidas, han sido históricamente la base de operaciones de las soluciones dictatoriales. Que las instituciones se hayan podido mantener a pesar de esta realidad deplorable, demuestra que a los partidarios de las soluciones autoritarias les sigue costando mucho armar una propuesta medianamente creíble en esa dirección. Pero que no lo hagan hoy, no quiere decir que no lo puedan hacer mañana. Y por las dudas, y atendiendo a la historia de nuestro país y a lo que está pasando en el mundo, no debemos jugar con fuego.
El desafío que se nos presenta a los panameños es cómo logramos salir de la crisis sin sacrificar las libertades. Hoy la economía es un caos y el sistema democrático no se ha derrumbado, pero lentamente las instituciones se están deteriorando. Por este camino, tarde o temprano, la tentación de un reajuste institucional es inevitable. Para colmo de males, las crisis de este tipo no hacen más que poner en evidencia los peores vicios de un sistema.
Políticos ladrones y corruptos siempre los ha habido, pero en tiempos de prosperidad pasan desapercibidos porque la gente está más ocupada en disfrutar de los beneficios que en prestar atención a los sinvergüenzas que gozan de la ubre gubernamental. Pero, cuando llegan los momentos duros, es como que la escena se iluminara y colocara bajo la luz de los potentes faros de la opinión pública, las lacras del sistema. Es entonces cuando se ponen de moda los discursos moralizantes, las descalificaciones generalizadas y las actitudes irresponsables. La sensación de que se están viviendo los momentos más trágicos de la historia nos domina a todos. Creemos que peor de lo que estamos no se puede estar, que las libertades no sirven para nada e imperceptiblemente empezamos a creer en soluciones providenciales y en los salvadores de la patria. En esas condiciones, un pueblo está dispuesto a aprobar y hasta entusiasmarse por los cantos de sirena del primer aventurero que le diga lo que quiere oír.
No hay que olvidar que la democracia no se pensó como un sistema para resolver mágicamente los problemas; por el contrario, su fortaleza y su debilidad consiste en colocarnos a cada uno de nosotros ante la tremenda responsabilidad de decidir quién nos manda y cómo nos manda. Los ejemplos demasiado recientes de Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela, golpean a nuestra puerta y no debemos ignorarlos.



101 años de Panamá América

 
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