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En defensa de lo nuestro


El período que atraviesa nuestra agricultura es de transición y aconseja la adopción de medidas necesarias que sean apoyadas con una gran voluntad política. Esta transición debe desembocar en un nuevo nivel de modernidad, que permita sostener competitivamente las actuales actividades productivas e incorporar nuevas opciones de producción en lugares donde la agricultura es la principal fuente de empleo y actividad económica y, en cierta forma, también un modo de vida.
Las cifras de desempleo, la existencia de signos no alentadores para la presente temporada y las tendencias de algunos rubros en los mercados internacionales, no pueden soslayar los problemas y desafíos que enfrentará la actividad agrícola. Es preferible señalarlos con claridad, recalcando al mismo tiempo nuestra voluntad de enfrentarlos decididamente.
Aunque la competitividad del sector agrícola está vinculada a un conjunto de factores, sin duda ésta se asocia muy directamente a los márgenes de rentabilidad, que las diversas actividades permiten obtener. En este sentido, es evidente que hay rentabilidades decrecientes en diversos rubros productivos.
Los precios internacionales de los productos agrícolas presentan una tendencia a la baja. Ello se asocia de un lado a la mayor oferta mundial derivada de los mayores rendimientos y las mejores tecnologías, pero también a las políticas de subsidios aplicados en las principales economías agrícolas del mundo y a las distorsiones que presentan los mercados internacionales, en especial los llamados comodities.
Al margen de esto, existen productos agrícolas en donde se ha generado un cambio entre un mercado demandante de los 80 y otro oferente de los 90. Los países en vías de desarrollo adoptaron una economía de mercado abierta con énfasis en la producción exportable, lo cual se tradujo en la participación creciente de nuevos oferentes de productos que compiten internacionalmente. Este es el caso del mercado hortofrutícola, donde ya hoy participan Costa Rica (hortalizas), Colombia y Ecuador (flores), Perú (espárrago), Brasil y Argentina (frutas), India (uvas de mesa), Sudáfrica (frutas), etc. A ello se añade la aplicación de métodos más eficientes de conservación y la persistencia de medidas proteccionistas especialmente en los Estados Unidos y en la Unión Europea. Todo lo anterior ha afectado el nivel de precios, en especial de tomates, papa y otros que compiten con similares nacionales.
En materia de costos de producción, es preciso distinguir entre cultivos con altos rendimientos de mano de obra, como hortalizas y frutales, y otros de requerimientos menor como arroz y leguminosas. Los primeros exhiben costos crecientes, asociados a un valor de la mano de obra que se ha reajustado con el pasar de los años. En cambio, con los cultivos tradicionales, sus costos directos de producción han sufrido reajustes menores, pero sus márgenes brutos han disminuido en forma significativa por el impacto de menores precios externos.
Una parte importante de los productores ha enfrentado estos problemas, elevando sustancialmente su nivel de productividad. Mientras en 1985 una hectárea de arroz producía un promedio de 72 quintales, trece años después el rendimiento ha subido a 90 quintales. Algo similar se observa en el caso del melón, sandía, banano y zapallo. Pero, estos promedios ocultan una gran diversidad de rendimientos individuales y no necesariamente están asociados a aumentos proporcionales de rentabilidad.
Las productividades de los frutales se han mantenido más estables, alcanzando en promedio niveles menores a los de otros países productores. Y como resultado de los factores antes mencionados, aquellos situados en los niveles inferiores de productividad, enfrentan dificultades para sostener su actividad en niveles competitivos.
En todos los casos, inclusive entre quienes concentran su actividad en rubros tradicionales como el arroz, las cifras revelan la existencia de productores que logran buenos niveles de rentabilidad mediante incrementos sostenidos en su productividad, reducción de costos, mayor eficiencia en la asignación de los recursos, modernización de la gestión empresarial y búsqueda de nuevas opciones productivas y tecnologías asociadas a nuevos mercados. Estas son experiencias necesarias de recoger y ampliar.
Otro factor clave de competitividad en las actuales condiciones de los mercados internacionales, es la calidad de los productos. Aquellos de mala calidad no sólo tienen un menor precio, que incide directamente en su propio resultado económico, sino que afectan al conjunto del mercado. Con esto provocan una baja en el precio de productos similares, pero además inducen a su sustitución por otros productores. En consecuencia, los esfuerzos efectuados a lo largo de todo el proceso productivo para aumentar la homogeneidad y niveles de calidad de nuestros productos, deben ser parte de una estrategia orientada a defender la competitividad de la producción agrícola nacional.

101 años de Panamá América

 
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