En La Habana: Fidel, la Gioconda, Aristóteles y Job
Las cumbres resultan ser de unas alturas inalcanzables. Todo este siglo, el hombre no ha hecho más que volar y volar. El cielo le imanta más que la tierra: lo inalcanzable violenta sus sentidos desde que la humanidad tiene uso de razón, aunque a veces pierde la cabeza colectivamente.
Everest, Himalaya, Los Andes, pequeños puntos en el iceberg de los sueños humanos, cumbres para abrir el apetito, alturas a flor de tierra, al alcance de la mano.
El hombre no se conforma ni con alcanzar las estrellas, lo motiva el espacio infinito, y como a Alicia en el País de las Maravillas, le invaden los espejos y las fantasías.
Pero volviendo a la tierra, a las cumbres borrascosas humanas, esas alturas y distancias que el hombre se ha impuesto así mismo, infranqueables, a veces, y otras que cada año parecieran correrse un poco más a la orilla.
La Habana, la más española de las Américas, ciudad mítica, de portales y columnas, cañoneada por la historia, sobreviviente así misma y a los embates del tiempo, amada por poetas e historiadores, olvidada de riquezas, pero no de sueños, protagonista ruidosa y silenciosa, fue escenario de la IX Cumbre Iberoamericana de Presidentes.
Desde hace nueve años los gobiernos de América Latina, España y Portugal, trazaron una ruta común para unir posiciones e insertar a América latina en el competitivo y voraz mundo global, para sobrevivir el vértigo en el tobogán de las finanzas y el hueco negro de las especulaciones de la economía de casino.
Insertar, no ensartar a América latina, en la mesa de las grandes negociaciones, con autonomía, dignidad y resultados prácticos, que no continúen desmadejando las deshilachadas economías de la región, cuyo tejido social pareciera que fue encargado a Penélope.
Las Cumbres Iberoamericanas, con la ausencia del Tío Sam, aspiran a que esta parte del mundo hecha de parches, zurcida, remendada hasta la saciedad, manca y coja, no sea devorada por el canibalismo de la desunión y de poderes supranacionales: algo así como un gigante de mil cabezas que duerme la siesta en un continente, trabaja en otro a miles de kilómetros, se divierte en su casa a otros tantos miles y tiene tiempo para vigilarte por si te portas mal.
En el telón de fondo de la cumbre en La Habana: cómo participar en el diseño de una nueva arquitectura financiera internacional, buscar una solución justa para la deuda Externa y fortalecer las instituciones democráticas.
Sin telón y afondo, los países rechazaron enérgicamente la aplicación unilateral y extraterritorial de leyes nacionales que infrinjan el Derecho Internacional. Cualquier comentado asociado al Caso Pinochet y de los militares argentinos solicitados por el juez español Baltasar Garzón, no es mera coincidencia, sino forma parte de la Cumbre de la Habana.
Pero el telón mayor era la propia Cuba y su gran protagonista a partir de 1959, el presidente de Consejo de Estado y Gobierno, Fidel Castro Ruz, a pesar de la primera visita de Reyes españoles a la Mayor de las Antillas, en más de 500 años.
Joder, los Reyes fueron parte decorativa de la Cumbre Borrascosa que muchos esperaban en la díscola Habana, capital de la revolución y del turismo, tan caribeña como española, negra y mulata, de piel canela y corazón ardiente.
La cita de La Habana contó con la mítica sonrisa de La Gioconda, La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, del iluminado de Anchiano que nos legó hace 500 años una inventiva sin fin y la belleza de su pintura inmortal de la dama florentina pintada sobre una tabla de álamo de 75X53.
El rosa pálido de los pómulos de la enigmática dama, brilló por años en el dormitorio de Napoleón Bonaparte, junto al cielo azul y el lago, con que Leonardo enmarcó la belleza.
La Mona Lisa nos mira hace 500 años y su sonrisa pareciera reflejarnos que el enigma humano es indescifrable.
El día de la inauguración del foro presidencial, el anfitrión, Fidel Castro puso su mensaje sobre la mesa: "gente docta y sabia se dieron a la tarea de persuadir a Cuba de que debía abandonar los caminos de la revolución y el socialismo" Cual si tuviéramos por preceptor al mismísimo Aristóteles, advirtió Fidel Castro, escuchábamos educadamente sus consejos, con la sonrisa de la Gioconda y la bíblica paciencia de Job."
Frases para el mármol, porque la historia parece no cambiar, por lo pronto, en Cuba.
Everest, Himalaya, Los Andes, pequeños puntos en el iceberg de los sueños humanos, cumbres para abrir el apetito, alturas a flor de tierra, al alcance de la mano.
El hombre no se conforma ni con alcanzar las estrellas, lo motiva el espacio infinito, y como a Alicia en el País de las Maravillas, le invaden los espejos y las fantasías.
Pero volviendo a la tierra, a las cumbres borrascosas humanas, esas alturas y distancias que el hombre se ha impuesto así mismo, infranqueables, a veces, y otras que cada año parecieran correrse un poco más a la orilla.
La Habana, la más española de las Américas, ciudad mítica, de portales y columnas, cañoneada por la historia, sobreviviente así misma y a los embates del tiempo, amada por poetas e historiadores, olvidada de riquezas, pero no de sueños, protagonista ruidosa y silenciosa, fue escenario de la IX Cumbre Iberoamericana de Presidentes.
Desde hace nueve años los gobiernos de América Latina, España y Portugal, trazaron una ruta común para unir posiciones e insertar a América latina en el competitivo y voraz mundo global, para sobrevivir el vértigo en el tobogán de las finanzas y el hueco negro de las especulaciones de la economía de casino.
Insertar, no ensartar a América latina, en la mesa de las grandes negociaciones, con autonomía, dignidad y resultados prácticos, que no continúen desmadejando las deshilachadas economías de la región, cuyo tejido social pareciera que fue encargado a Penélope.
Las Cumbres Iberoamericanas, con la ausencia del Tío Sam, aspiran a que esta parte del mundo hecha de parches, zurcida, remendada hasta la saciedad, manca y coja, no sea devorada por el canibalismo de la desunión y de poderes supranacionales: algo así como un gigante de mil cabezas que duerme la siesta en un continente, trabaja en otro a miles de kilómetros, se divierte en su casa a otros tantos miles y tiene tiempo para vigilarte por si te portas mal.
En el telón de fondo de la cumbre en La Habana: cómo participar en el diseño de una nueva arquitectura financiera internacional, buscar una solución justa para la deuda Externa y fortalecer las instituciones democráticas.
Sin telón y afondo, los países rechazaron enérgicamente la aplicación unilateral y extraterritorial de leyes nacionales que infrinjan el Derecho Internacional. Cualquier comentado asociado al Caso Pinochet y de los militares argentinos solicitados por el juez español Baltasar Garzón, no es mera coincidencia, sino forma parte de la Cumbre de la Habana.
Pero el telón mayor era la propia Cuba y su gran protagonista a partir de 1959, el presidente de Consejo de Estado y Gobierno, Fidel Castro Ruz, a pesar de la primera visita de Reyes españoles a la Mayor de las Antillas, en más de 500 años.
Joder, los Reyes fueron parte decorativa de la Cumbre Borrascosa que muchos esperaban en la díscola Habana, capital de la revolución y del turismo, tan caribeña como española, negra y mulata, de piel canela y corazón ardiente.
La cita de La Habana contó con la mítica sonrisa de La Gioconda, La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, del iluminado de Anchiano que nos legó hace 500 años una inventiva sin fin y la belleza de su pintura inmortal de la dama florentina pintada sobre una tabla de álamo de 75X53.
El rosa pálido de los pómulos de la enigmática dama, brilló por años en el dormitorio de Napoleón Bonaparte, junto al cielo azul y el lago, con que Leonardo enmarcó la belleza.
La Mona Lisa nos mira hace 500 años y su sonrisa pareciera reflejarnos que el enigma humano es indescifrable.
El día de la inauguración del foro presidencial, el anfitrión, Fidel Castro puso su mensaje sobre la mesa: "gente docta y sabia se dieron a la tarea de persuadir a Cuba de que debía abandonar los caminos de la revolución y el socialismo" Cual si tuviéramos por preceptor al mismísimo Aristóteles, advirtió Fidel Castro, escuchábamos educadamente sus consejos, con la sonrisa de la Gioconda y la bíblica paciencia de Job."
Frases para el mármol, porque la historia parece no cambiar, por lo pronto, en Cuba.