En torno a la Unidad del Panameñismo
EN LAS últimas semanas, han sido publicados en los principales diarios del país varios trabajos de opinión que versan sobre la necesidad de reunificar el Panameñismo: Primero fue el diputado Miguel Fanovich, después el abogado Fernando Arias y por último, el Sr. Eduardo Lazo.
Como un ciudadano más de a pie, fui uno de los miles de electores que en 1999 comprometieron su fe en el futuro al votar por Unión Por Panamá, creyendo en la promesa de un verdadero cambio en el país.
Este cambio se suponía que iba a corregir los abusos del gobierno voraz y arbitrario del PRD; que iba a adecentar a la bochornosa cosa pública; que iba a responderle a los pobres y a la clase media con medidas de recuperación económica, justicia y equidad social; que iba a darle la espalda al neoliberalismo salvaje y vendepatria, que liquidó ilegalmente a las empresas estatales y que festinó con el patrimonio del pueblo panameño. Ibamos a levantar este país del suelo y a limpiarle el rostro.
Pero cinco años después, la historia fue otra, muy distinta: El Programa Electoral "Nuestro Compromiso por el Cambio" fue abandonado e incumplido, casi en su totalidad y muy desde el principio.
A lo largo del quinquenio, fuimos testigos estupefactos de un montón de desafueros, cometidos por oportunistas y negociantes que se aprovecharon de sus vínculos con el gobierno para cometer sus tropelías bochornosas, superando todos los récords de envilecimiento habidos hasta la fecha en Panamá, tal como está aflorando ahora. El Gobierno "del Cambio" renegó de sus principios y de sus compromisos, para terminar convertido en una grandiosa y embarazosa decepción. Terminó su gestión con muchísimas penas y muy pocas glorias, dejando al país hundido en una crisis material y moral, sumamente grave y totalmente imperdonable.
Su obra cumbre fue, quizás, la antropofagia paranoica: terminó alienando a muchos de sus mejores miembros y acabó devorándose los intestinos, persiguiendo "traidores" inexistentes, desangrándose y automutilándose hasta terminar en la caricatura que es hoy. ¿Cómo pretender recuperar lo perdido, especialmente la credibilidad pública? ¿Cómo generar una propuesta alternativa creíble, que le restituya la fe ciudadana en aquellos principios doctrinales que el Panameñismo nunca debió abandonar? ¿Cómo ganar las conciencias, los corazones del pueblo y de sus nuevas generaciones? La respuesta es bastante simple y obvia, en verdad, pero conlleva asumir medidas muy duras.
A la gangrena hay que cercenarla y de raíz. No hacerlo es enfrentar la muerte. Esa es, precisamente, la disyuntiva de los arnulftistas hoy: renovarse o desaparecer.
Para comenzar este proceso, el Partido Arnulfista debe hacer una sincera y profunda autocrítica. Debe reconocer sus graves deslices y feos desenfrenos en la conducción del país durante el quinquenio pasado, de frente al Pueblo. Y debe comprometerse a rectificar.
El electorado debe ver, con hechos concretos, que este colectivo busca corregir honestamente sus errores y superar sus vicios, mismos que allanaron el triunfo del PRD en el 2004.
Segundo, es necesario que tengan carácter y entereza suficiente como para recuperar la doctrina panameñista. Los principios del panameñismo auténtico deben ser rescatados y reivindicados. Tal reivindicación debe darse mediante múltiples acciones de militancia política cotidiana y de presión social sobre el gobierno, recuperando el liderazgo y la autoridad moral perdida.
Tercero, es fundamental depurar integralmente las estructuras directrices de este Partido, desde la cabeza para abajo. En otras latitudes, dirigencias culpables de tan aparatosos fiascos electorales y tan manchadas de descrédito, hubieran voluntariamente dimitido en menos de 24 horas.
La actual camarilla dirigente se niega a actuar con la nobleza y vergüenza que le correspondería. Por ende, es menester que la membresía se rebele y actúe desalojando a su actual dirigencia y a sus acólitos del poder, de una manera total y permanente. Ellos deben ser los primeros en cargar con su propia culpa y su oprobio ante Dios, la ciudadanía y la Ley.
Cuarto, deben reconocer y corregir los evidentes vicios antidemocráticos de su vida partidaria interna.
Un gravísimo problema del panameñismo (y cuya solución es cada vez más urgente) es la necesidad de acabar con la arbitrariedad, con el nepotismo y con el gamonalismo. Deben extirpar esa abominable tendencia a la persecución y a la intolerancia interna. Deben acabar con el régimen del miedo y de la descalificación hacia cualquier forma de disidencia.
En síntesis, deben proceder a democratizar y modernizar integralmente el cuerpo y el alma de este Partido, sin más pretextos.
Quinto, deben entender que reunificar a los Panameñistas demandará de serias rectificaciones y reparaciones morales hacia muchas figuras cimeras del panameñismo ortodoxo (Guillermo Endara, Alberto Vallarino, Alejandro Posse, entre muchos otros), que fueron denostados y separados en una forma bastante innoble. Todos deben volver al seno de este Partido, sin condiciones y por la puerta ancha.
Como han dicho los autores mencionados al principio, solamente la Unidad puede garantizar la renovación y la regeneración de un Partido Panameñista Auténtico. Pero esa Unidad tiene que ser real y darse sobre bases serias, de compromiso programático y de honestidad intelectual y moral.
Solo así se podría hablar del eventual renacimiento de un partido capaz de contender por el poder y de instaurar un verdadero gobierno popular y democrático en el 2009, eficiente, honesto y con visión social, según los postulados del Doctor Arnulfo Arias.
(luis.wong@lycosmail.com)
Como un ciudadano más de a pie, fui uno de los miles de electores que en 1999 comprometieron su fe en el futuro al votar por Unión Por Panamá, creyendo en la promesa de un verdadero cambio en el país.
Este cambio se suponía que iba a corregir los abusos del gobierno voraz y arbitrario del PRD; que iba a adecentar a la bochornosa cosa pública; que iba a responderle a los pobres y a la clase media con medidas de recuperación económica, justicia y equidad social; que iba a darle la espalda al neoliberalismo salvaje y vendepatria, que liquidó ilegalmente a las empresas estatales y que festinó con el patrimonio del pueblo panameño. Ibamos a levantar este país del suelo y a limpiarle el rostro.
Pero cinco años después, la historia fue otra, muy distinta: El Programa Electoral "Nuestro Compromiso por el Cambio" fue abandonado e incumplido, casi en su totalidad y muy desde el principio.
A lo largo del quinquenio, fuimos testigos estupefactos de un montón de desafueros, cometidos por oportunistas y negociantes que se aprovecharon de sus vínculos con el gobierno para cometer sus tropelías bochornosas, superando todos los récords de envilecimiento habidos hasta la fecha en Panamá, tal como está aflorando ahora. El Gobierno "del Cambio" renegó de sus principios y de sus compromisos, para terminar convertido en una grandiosa y embarazosa decepción. Terminó su gestión con muchísimas penas y muy pocas glorias, dejando al país hundido en una crisis material y moral, sumamente grave y totalmente imperdonable.
Su obra cumbre fue, quizás, la antropofagia paranoica: terminó alienando a muchos de sus mejores miembros y acabó devorándose los intestinos, persiguiendo "traidores" inexistentes, desangrándose y automutilándose hasta terminar en la caricatura que es hoy. ¿Cómo pretender recuperar lo perdido, especialmente la credibilidad pública? ¿Cómo generar una propuesta alternativa creíble, que le restituya la fe ciudadana en aquellos principios doctrinales que el Panameñismo nunca debió abandonar? ¿Cómo ganar las conciencias, los corazones del pueblo y de sus nuevas generaciones? La respuesta es bastante simple y obvia, en verdad, pero conlleva asumir medidas muy duras.
A la gangrena hay que cercenarla y de raíz. No hacerlo es enfrentar la muerte. Esa es, precisamente, la disyuntiva de los arnulftistas hoy: renovarse o desaparecer.
Para comenzar este proceso, el Partido Arnulfista debe hacer una sincera y profunda autocrítica. Debe reconocer sus graves deslices y feos desenfrenos en la conducción del país durante el quinquenio pasado, de frente al Pueblo. Y debe comprometerse a rectificar.
El electorado debe ver, con hechos concretos, que este colectivo busca corregir honestamente sus errores y superar sus vicios, mismos que allanaron el triunfo del PRD en el 2004.
Segundo, es necesario que tengan carácter y entereza suficiente como para recuperar la doctrina panameñista. Los principios del panameñismo auténtico deben ser rescatados y reivindicados. Tal reivindicación debe darse mediante múltiples acciones de militancia política cotidiana y de presión social sobre el gobierno, recuperando el liderazgo y la autoridad moral perdida.
Tercero, es fundamental depurar integralmente las estructuras directrices de este Partido, desde la cabeza para abajo. En otras latitudes, dirigencias culpables de tan aparatosos fiascos electorales y tan manchadas de descrédito, hubieran voluntariamente dimitido en menos de 24 horas.
La actual camarilla dirigente se niega a actuar con la nobleza y vergüenza que le correspondería. Por ende, es menester que la membresía se rebele y actúe desalojando a su actual dirigencia y a sus acólitos del poder, de una manera total y permanente. Ellos deben ser los primeros en cargar con su propia culpa y su oprobio ante Dios, la ciudadanía y la Ley.
Cuarto, deben reconocer y corregir los evidentes vicios antidemocráticos de su vida partidaria interna.
Un gravísimo problema del panameñismo (y cuya solución es cada vez más urgente) es la necesidad de acabar con la arbitrariedad, con el nepotismo y con el gamonalismo. Deben extirpar esa abominable tendencia a la persecución y a la intolerancia interna. Deben acabar con el régimen del miedo y de la descalificación hacia cualquier forma de disidencia.
En síntesis, deben proceder a democratizar y modernizar integralmente el cuerpo y el alma de este Partido, sin más pretextos.
Quinto, deben entender que reunificar a los Panameñistas demandará de serias rectificaciones y reparaciones morales hacia muchas figuras cimeras del panameñismo ortodoxo (Guillermo Endara, Alberto Vallarino, Alejandro Posse, entre muchos otros), que fueron denostados y separados en una forma bastante innoble. Todos deben volver al seno de este Partido, sin condiciones y por la puerta ancha.
Como han dicho los autores mencionados al principio, solamente la Unidad puede garantizar la renovación y la regeneración de un Partido Panameñista Auténtico. Pero esa Unidad tiene que ser real y darse sobre bases serias, de compromiso programático y de honestidad intelectual y moral.
Solo así se podría hablar del eventual renacimiento de un partido capaz de contender por el poder y de instaurar un verdadero gobierno popular y democrático en el 2009, eficiente, honesto y con visión social, según los postulados del Doctor Arnulfo Arias.
(luis.wong@lycosmail.com)